No es mi intención amargarles el lunes, pero no sé si es porque el verano comienza a languidecer o porque ya nos hemos tenido que poner la chaqueta en nuestro querido Burgos, ya les aviso, esta columna me va a quedar un poco... de lunes, aunque el mío hoy sea privilegiado de vuelta a la tele. 
Rodeados por las incertidumbres y desvelos por la vuelta al cole, será por deformación profesional o por pasión personal, yo me pregunto cómo será la vuelta del deporte, también del deporte base. Porque aunque arrancamos una semana que nos abre un horizonte de ilusión con el primer entrenamiento del Burgos, público viendo balonmano y el regusto de orgullo por el triunfo del San Pablo ante el campeón ¿qué va a pasar con los niños y niñas? Una pregunta que amén de hacérmela a mí misma he trasladado a algunos clubes y organismos deportivos. Y más allá de algún protocolo en papel, poca respuesta. Ni fechas, ni certidumbre ninguna. El coronavirus ha hecho saltar por los aires todas.
¡Pobres niños! Van a tener que ir al cole con mascarilla, muchos no se atreven ni a abrazar a sus abuelos y ahora ni siquiera saben cuándo van a poder hacer deporte, siendo como es éste uno de los pilares de su crecimiento físico y personal. ¿Hasta cuándo les va a robar este virus esos valores de superación, esa convivencia, esos instantes de felicidad? Porque no se puede competir con mascarilla y la mejor escuela de vida para los pequeños también está en peligro. Pues de nosotros depende en parte que vuelva una pasión que por cierto también es industria de la que vive mucha gente. Ahora que acaba de arrancar el Tour recuerdo que el epidemiólogo de la Vuelta a Burgos, José Luis Yáñez, en vísperas de la rentrée del ciclismo me destacaba el carácter asceta de los ciclistas como un elemento importante para minimizar el riesgo de contagios. Difícil ser optimista, así que al menos seamos responsables, ascetas, y por favor, científicos, encuentren la vacuna.



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