Una intelectual asombrosa

ANGÉLICA GONZÁLEZ / Burgos
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El libro 'María Goyri. El feminismo regeneracionista' rescata la figura de esta filóloga, primera española en obtener un doctorado y ardiente y pionera defensora de los derechos de las mujeres, que pasó temporadas en Celada del Camino

María Goyri, en un punto indefinido de la Ruta del Destierro del Cid, en una imagen hecha por su marido, Ramón Menéndez Pidal. - Foto: Fundación Ramón Menéndez Pidal

«Tenía una grandísima capacidad de trabajo, fue una enorme erudita y una pionera que defendió los derechos de las mujeres y, sobre todo, su acceso a la educación en igualdad de condiciones con los hombres para tener una independencia económica. Hizo lo que quiso, trabajó, viajó... Era muy fina, muy irónica en sus escritos, que leídos ahora resultan tremendamente contemporáneos. Pero toda su gran labor se quedó en el olvido y por eso hemos querido recuperarla y darla a conocer». Son las palabras que utiliza Sara Catalán, biznieta de María Goyri (1873-1954), para presentar a esta licenciada en Filosofía y Letras, filóloga, primera española en obtener un doctorado, investigadora y una de las principales activistas del incipiente feminismo de principios del siglo XX del país, cuyos primeros escritos acaban de publicarse en la Editorial Renacimiento. 

María Goyri. El feminismo regeneracionista -que se presentará en Burgos próximamente- recoge, entre otros textos, su intervención -cuando apenas tenía 18 años- en el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano. A esas alturas, Goyri era ya institutriz, profesora de Comercio y alumna de la Escuela Normal, nada extraño si se tiene en cuenta que su madre (también audaz para su tiempo, pues la tuvo de soltera) siempre le dio una importancia trascendental a la cultura y al conocimiento, la educó en casa porque en ese tiempo la ley lo permitía y, después, encomendó su formación a una de las entidades más progresistas de su época y una de las cunas del feminismo español, como la denominó la propia Goyri, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer. 

En aquel encuentro, la precoz intelectual no solo exigió con ardor que las mujeres pudieran formarse y ejercer todas las profesiones para, así, nunca depender económicamente de un hombre, sino que tiró de una cierta sorna y se dirigió a los varones presentes en estos términos: «No temáis la concurrencia; trabajad no ahogando las aptitudes de la mujer sino siguiendo vuestro camino como hasta hoy, pues habéis partido antes que nosotras, tenéis más camino andado, y al volver la vista para ver a qué distancia venimos, no hacéis más que perder el tiempo, y así quizás os alcanzaremos antes». Recuerden, tenía 18 años, y era 1892, un tiempo en que las mujeres eran consideradas menores de edad a todos los niveles, prácticamente propiedad de los varones con los que vivían y se vetaba -si no legalmente de forma explícita, sí por la fuerza de la costumbre- su educación más allá de las cuatro reglas.

En aquel evento estaba la mismísima Emilia Pardo Bazán, «que la abrazó efusivamente», según recordaría años después Ramón Menéndez Pidal, marido de María. La autora de Los pazos de Ulloa escribiría después sobre aquella joven en estos términos: «El caso de María Goyri es singular: las mujeres españolas con conocimientos son autodidactas, sus estudios solitarios y sus lecturas al azar les han servido suficientemente para su formación».

No es mala forma de empezar una carrera. Goyri, según se recoge en el libro recién publicado -una cuidada edición a cargo de Susana Martín Zaforas, con prólogo de Antonio Cid, presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal- nació en Madrid de una familia de origen vasco «con la que mantuvo una estrecha relación y con la que María pasaría temporadas en Bilbao y Algorta y en la localidad de Celada del Camino (Burgos) en la casa familiar de su tío abuelo, Bartolomé Goyri, bisabuelo de la escritora María Teresa León». 

Relatos en la provincia. Cabe decir en este punto que Bartolomé fue alcalde de Burgos entre los años 1864 y 1866 y que anteriormente había sido concejal del Ayuntamiento en 1845, 1855, 1859 y 1860. Terminada su carrera política se retiró a su residencia de Celada del Camino, donde gozó «de fama de integridad, sensatez y prudencia», según la página web de la localidad. En una de las estancias de María en el pueblo burgalés de su tío escribió unos relatos adaptados para niños que serían el origen del Romancero escolar, una de sus obras. El Romancero, junto con Lope de Vega, fueron sus grandes campos de trabajo.

Antonio Cid aporta más datos sobre la relación de Goyri con Burgos que pasan, además de su parentesco con María Teresa León, a quien prologa Cuentos para soñar en 1928, obra editada por Hijos de Santiago Rodríguez, por su matrimonio con Menéndez Pidal. El erudito, que fue presidente de la Real Academia de la Lengua, no solo estudió aquí el Bachillerato sino que su padre falleció en esta tierra, de la que su hermano mayor fue gobernador civil. Posteriormente intervino de forma muy activa en el Milenario de Castilla y en el asesoramiento de erección de la estatua del Cid, de Juan Cristóbal, y de las del Puente de San Pablo. «Una vez dijo don Ramón en una entrevista que no tuvo la suerte de nacer en Burgos y que por eso se casó con una burgalesa. Realmente María no era burgalesa de nacimiento, pero sí de vinculación familiar». 

Cuando la joven pareja se conoció, ella hacía un trabajo sobre el Cid, campo en el que él era una autoridad. Quizás por ese cúmulo de coincidencias, el viaje de novios tras su boda el 5 de mayo de 1900 fue recorrer a pie y en burro la ruta del destierro para estudiar la topografía del Cantar. Y en una de las paradas de esa singular luna de miel fue donde María descubrió «que los romances de tradición oral procedentes de Castilla estaban vivos y que ellos los estaban escribiendo por primera vez desde que dejaron de recogerse en el Siglo de Oro». Fue por casualidad. Estaban en Burgo de Osma (Soria) y Goyri comenzó a recitar el romance de La boda estorbada a una lavandera con la que conversaban, quien, de forma inmediata, reconoció que se lo sabía. La mujer resultó ser burgalesa, en concreto de La Sequera de Haza, un pueblo de la Ribera.

Sus escritos, llenos de ironía, resultan muy contemporáneos"
Sara Catalán, biznieta de María Goyri

En ese momento la carrera académica de Goyri ya había arrancado tras un tortuoso camino hacia la universidad. En las aulas comenzó de oyente, con un permiso especial y teniendo que ser acompañada por un teniente coronel, y más tarde, como alumna oficial después de que todos los catedráticos fueran consultados sobre si su presencia «pudiera hacer temer la alteración del orden de las clases». Se graduó con sobresaliente y una década después sería la primera española en obtener un doctorado.

Paralelamente, tuvo una fructífera presencia en los medios de comunicación a través de decenas de artículos donde se mostraba indestructiblemente feminista pero, como dice el título del libro, promotora de un feminismo 'regeneracionista' que impulsara a las mujeres hacia la cultura como forma de que la sociedad y el país en su conjunto avanzaran hacia cotas de mayor bienestar. Escribió una sección titulada 'Crónicas femeninas' en la Revista Popular abordando cuestiones como la dignificación del trabajo de las mujeres, su papel en la agricultura y las industrias relacionadas o en las disciplinas científicas, y en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza ILE), entidad a la que siempre estuvo muy unida, publicó un artículo a propósito del congreso feminista que iba a celebrarse en Londres en 1899.

En definitiva, María Goyri, como dice Antonio Cid, presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal, «de joven brilló mucho, pero después prefirió quedarse en un segundo plano y aunque en su casa fue una matriarca, de puertas para afuera prefirió que brillaran los demás». Y no solo su marido sino sus hijos, que tuvieron también carreras muy plenas: Jimena, ilustre pedagoga y fundadora del colegio Estilo, basado en la pedagogía de la ILE, y que se casó con el científico Miguel Catalán; su hijo Enrique, reconocido historiador, y hasta su nieto, Diego Catalán, gran filólogo y dialectólogo.

Poniendo en su sitio a Schopenhauer. Décadas después de los obstáculos que María Goyri tuvo que superar para acceder a la universidad y frente a los que nunca se arredró -una de sus características personales era esa, la de «ser una luchadora», en palabras de Antonio Cid, presidente de la Fundación Ramón Menéndez Pidal- se los contó con detalle a la revista Estampa, que publicó un reportaje ya en los años 30 de las primeras universitarias españolas. Recordó en aquellas páginas la estudiosa todas las dificultades sufridas, que habían empezado mucho antes. En el congreso pedagógico de 1892, por ejemplo, donde se pidió que las mujeres tuvieran el mismo derecho a que sus asignaturas de Bachillerato fueran convalidadas en las Escuelas Normales igual que las de los hombres, la propuesta contó con una gran oposición, recordaba ella. «¿Y en qué se fundaban para establecer esa diferencia tan absurda?», le preguntó el periodista. Ella tiró, una vez más, de su fina ironía.

«En lo de siempre... Sesudos y doctos varones recordaron la famosa frasecita de Schopenhauer, asegurando que las mujeres éramos unos animalitos de cabellos largos e ideas cortas. Sostuvieron que nuestro deber era zurcir calcetines, guisar, mimar al marido y que todo eso era incompatible con el estudio de la filosofía. Sin embargo yo jamás he advertido esa incompatibilidad y me he ocupado siempre de mi casa como si no hubiera leído otra cosa que el Manual de la perfecta cocinera. Pero esos señores que tan violentamente se oponían a que la mujer realizase trabajos intelectuales, no recordaban (o no querían recordar) a las infinitas obreras que, al despuntar el alba, abandonaban sus casas para ganar un jornal miserable en los talleres; ni a las señoritas pobres, las huérfanas, las viudas que por carecer de instrucción se veían obligadas a ganar su vida de una manera bochornosa. No pensaban en eso, no. Pero ponían el grito en el cielo ante la idea de vernos con un título académico... y ante la posibilidad de que tomáramos parte, con éxito, en las oposiciones que antes se reservaban exclusivamente».