Un fantasma llamado Pompeyo

Ó.C. / Miranda
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El jubilado espera en Miranda el juicio en el que se le acusa de terrorismo por el envío de 6 cartas bomba. En su piso de la calle Clavel lleva una vida muy discreta, alejada de los vecinos, pero sí que defiende su inocencia

Imagen del momento en el que la Policía Nacional sacó a Pompeyo de su vivienda tras el registro a la misma. - Foto: Alberto Rodrigo

Muchos en el barrio mirandés de La Charca no sabían quién era Pompeyo. Su peculiar nombre es de los que se queda cuando se escuchan por primera vez, y así ocurrió cuando medios nacionales e internacionales contaron su detención, una mañana de enero, en su casa de la calle Clavel. Aun así, meses después todavía hay vecinos que no ponen cara a una persona que se enfrenta a un juicio por terrorismo, porque le acusan de haber enviado seis cartas bomba, entre ellas al presidente del Gobierno. Antes de saltar a la escena pública, mantenía una vida totalmente normal, pero ahora su discreción ha crecido y se mueve como un fantasma, pese a que algunos vecinos con los que tiene 'relación' reconocen que defiende su inocencia.

«Dice que hay muchas cosas que tienen que probar, porque él niega haber viajado a algunos sitios de los que dicen y que tampoco es delito tener algunas fotos en casa», explica una mujer, que le conoce desde hace años. Ella vive ahora con su marido en La Puebla de Arganzón, y por eso justifica que «la última vez que estuvimos con él estaba en Vitoria, porque allí va mucho», revela. Además, destaca que «siempre ha tenido un gran comportamiento, incluso cuando hemos tenido reuniones de vecinos, él era el que apaciguaba».

Sobre su comportamiento indica que «era de los que si tenía que pagar la comunidad de golpe lo hacía», y defiende que «no tiene problemas de dinero, por lo que se ha  buscado una buena abogada en Madrid». Su caso lo lleva la Audiencia Nacional y el 14 de abril salió en libertad, tras varios meses en prisión porque en un primer momento se entendió que había riesgo de fuga. «Eso es una tontería», tilda la vecina, que considera que se han dicho «algunas cosas que no son ciertas».

Más allá de aquel encuentro casual por las calles de Vitoria, los vecinos no saben mucho más. En la ciudad, en un quiosco del centro sí que recuerdan «un día en el que compró un periódico». Era el Diario de Burgos, pero no lo define como «cliente habitual y sí que nos sorprendió», afirma el quiosquero. Volviendo al barrio, la zona con más vida está en el entorno de la iglesia El Buen Pastor. Allí hay unos bares, la farmacia y una frutería. Nadie sabe nada. Tampoco en la parte de la carretera Logroño y en la mayoría de los lugares reconocen que «yo creo que si entra ni me doy cuenta», afirman en una panadería, porque su apariencia además juega a su favor, ya que ayuda a que pase desapercibido. Como un jubilado más.

En una tienda muy próxima a su portal incluso desconocían que vivía cerca. «Llevo tres meses trabajando aquí y no sabía ni que era vecino, reconoce la dependienta. Un matrimonio que vive justo en el portal frente al de Pompeyo confiesa «que se le ve muy poco y siempre por las mañana muy pronto». Su rutina cambia poco, «porque sale con la basura y se va a comprar a un supermercado, porque igual luego le ves con las bolsas que vuelve», confiesan. Su figura no despierta temor con 74 años cumplidos, sobre todo porque «nunca ha tenido una mala palabra», indican los vecinos. Así sigue Pompeyo, con una vida discreta, en la que pasa desapercibido, pese a que su nombre sonó en todo el mundo, en un caso en el que se llegó a apuntar a los servicios secretos rusos.