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Inés Praga

Esta boca es mía

Inés Praga


La arboleda infinita

21/01/2022

Siempre que estoy lejos de Burgos, como es ahora el caso, añoro la arboleda que recorre la ciudad junto al río, su fiel aliado. Una arboleda que me condujo durante décadas a mi trabajo en la universidad y que ha sido el marco de mis meditaciones en la adversidad y en la alegría, además de un gran estímulo para mi labor académica. Recuerdo aquellas mañanas en que llegaba a clase henchida de verde y agua, como diría un poeta, sembrada de energía.

Muchas plumas ilustres han glosado la figura del caminante y sus placeres. Rousseau habla de la holganza del cuerpo y el espíritu que experimenta y Borges subraya el recogimiento y la mística que le envuelve, mientras que para Thoreau la reflexión fértil solo se alcanza andando. Burgos es sin duda un lugar sublime para el paseante solitario, pero también lo es para el tesoro de caminar y conversar con el amigo. Porque la arboleda está siempre atenta a la celebración colectiva de la vida: por ejemplo los grupos de jubilados en las mañanas de Fuentes Blancas, ellas muy parlanchinas, más silenciosos los hombres, todos apurando el paso como si apurasen la juventud. Luego los deportistas al caer la tarde, mezclando el sudor con esa última luz que también cobija entre árboles a los enamorados. Y ciclistas jóvenes y no tan jóvenes, creando coreografías por el carril con el vigor del cuerpo joven sobre el sillín o el encomiable esfuerzo de los que ya peinamos canas pero nos sigue molando la bici. La arboleda es distinta cuando se la contempla pedaleando, a veces compitiendo con esos niños que aprenden a la vera del padre/madre con pasos torpes, todos en procesión. O cuando acoge mesa, mantel y tortilla; o las estampas más curiosas: recuerdo el pasado verano unos aguerridos cachas luciendo tableta en el gimnasio al aire libre, mientras un grupo de abueletes les contemplaba asombrados, cachava en mano. Los comentarios, como ya imaginarán, no tenían desperdicio. 

Nada refleja mejor el curso de la vida que la arboleda al renovarse en cada estación, año tras año, pintando la ciudad de oro, o de verde, o exhibiendo el esqueleto de sus ramas. Pero a mí me transmite un atisbo de eternidad cuando me espera allí, majestuosa, infinita, indiferente al vértigo del tiempo que se escapa, siempre compañera. 

ARCHIVADO EN: Burgos, Fuentes Blancas