scorecardresearch
María Jesús Jabato

Señales de vida

María Jesús Jabato


Las cabinas

30/07/2021

Telefónica va a retirar de las calles sus viejas cabinas porque desde hace tiempo, se esté donde se esté, para llamar por teléfono solo hay que sacar el móvil del bolsillo. Las cabinas se han convertido en un trasto molesto que no sirve para nada, y antes de que el chatarrero triture sus huesos, el Ayuntamiento ha pedido a la operadora que le ceda cinco para que la Asociación de Comerciantes de Gamonal las decore con arte efímero. Las cabinas de Telefónica no son como las de Londres, de las que salen lores con bombín y bastón; en las de Telefónica siempre está José Luis López Vázquez aporreando los cristales, aunque ya no los tienen, y son el cascarón vacío y triste de un tiempo arrollado por la urgencia. 

No nos andaremos por las ramas; las cabinas son feas, han sido siempre feas, aunque útiles. García Lorca hablaba por teléfono con el amor desde una cabina -Tu voz regó la duna de mi pecho/ en la dulce cabina de madera/-, y solo por estos dos versos de un soneto merecen consideración, pero de ahí a prolongar su decadente vida reutilizándolas como soporte de grafiti hay un trecho. No van a dejar de ser feas y viejas, y perderán, además, el sentido testimonial que pudieran tener de la historia de la telefonía. 

Las cabinas no se salvarán por el arte efímero, que es el de este siglo velocísimo que corre mientras habla por teléfono y habla por teléfono mientras corre, sin fijarse en nada, pero el arte tendrá un espacio más para expresarse y conquistar la calle, aunque sea por un ratito, ya que en el arte efímero donde uno pinta, otro repinta y así sucesivamente. Después de largos años de afonía, la voz que se escuchaba en los teléfonos de las cabinas, la lejana y dulce voz amortecida de Lorca, va a convertirse en la voz modernísima de los creadores que hablarán, dirán, contarán a través de su arte, inspiración mediante, pero las cabinas no dejarán de ser feas y viejas, y en ellas seguirá encerrado López Vázquez, como hace cuarenta años, golpeando los cristales en protesta por la incompetencia de los servicios públicos. 

En esto poco o nada hemos cambiado, aunque, menos mal, ahora no podemos ahorcarnos, como él, con el cable del teléfono.