Sabemos de él que acude todos los días a su trabajo en bicicleta (porque la deja aparcada a la puerta) y que la mascarilla oculta a un buen hombre que no se anda con contemplaciones. Es, para entendernos, un 007 con licencia para matar, aunque lo suyo no son las pistolas con silenciador sino un horno de esterilización -un autoclave para los entendidos-, el terror de las bacterias y los virus.

Como si fuesen barras de pan, hogazas y bollos ‘preñaos’, su día a día consiste en depositar contenedores negros sellados en una cámara de esterilización para someterlos a baños de vapor de más de 130 grados de temperatura. No hay vida en su interior que escape a este infierno, aunque se esconda en el último repunte de las batas, las gasas, los guantes o las mascarillas del sanitario más contaminado del hospital. Lo suyo es una incineración sin llamas, sin daños colaterales, sin lágrimas y sin velatorio.

Pocos se han enterado en los últimos meses de que el otro muro de la pandemia también estaba aquí, en el vertedero de Cortes, en un edificio que el pasado año achicharró 700 toneladas de basura biológica procedente de hospitales, centros de salud, laboratorios, residencias de ancianos... Porque este virus tristemente famoso por matar a miles de personas y destrozar economías, nace, se reproduce desaforadamente y también tiene que morir en algún lado.

Nuestro amigo no aprieta gatillos sino que pulsa un botón rojo que cierra una compuerta y no la vuelve a abrir hasta que los microorganismos hayan desaparecido en un proceso invisible a nuestros ojos. Es una tarea sin abrazos entre compañeros, sin reconocimientos, sin premios y casi sin fotografías si no fuese por Diario de Burgos. Es más, muchos sentirían pánico a la hora de entrar en algo así como un crematorio de virus, la planta de residuos hospitalarios del Ecoparque de Cortes, pero lo que hacen aquí dentro y en todo el complejo una treintena de trabajadores es tan fundamental para la salud de todos como el trabajo en los hospitales.

Gracias por ello y sigan ejecutando.