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Roberto Peral

Habas Contadas

Roberto Peral


De verbena

27/06/2022

Ni conciertos de postín, ni arabescos pirotécnicos, ni vertiginosos artilugios de feria: resulta que, para pasmo general, lo que de verdad vuelve mochales a la chavalería burgalesa durante las fiestas de San Pedro son las verbenas de toda la vida de Dios, esos bailes nocturnos llenos de banderitas de colores y amenizados por orquestas de medio pelo en los que (si la cosa no ha cambiado mucho desde que uno los frecuentaba) lo mismo se puede bailar un pasodoble bien amarrado que un temazo de Tequila, donde conviven sin regañar las arrebatadas tecno-rumbas de Camela con la rabia rockera de Los Suaves y en los que nunca puede faltar a última hora una buena conga que avance en gráciles meandros al ritmo del chacachá del tren.

El gusto de los mozos y mozas del siglo XXI por los bailes de barrio ha cogido desprevenido al mismísimo alcalde de nuestro robusto poema tallado en granito, que anunció un programa festero con una sola verbena y hubo de incluir deprisa y corriendo cuatro más para apaciguar al personal más joven, que ya aireaba su indignación en las redes sociales. El fenómeno, al parecer, no es endémico de Burgos: en toda España se puede detectar esa misma afición verbenera, que los estudiosos del comportamiento humano relacionan con las incontenibles ganas de vivir y de relacionarse con el prójimo que los más jóvenes sienten tras el distanciamiento físico impuesto por la pandemia.

Pueden servirse sobrada ración de verbenas en todos esos pueblos que recuperan este verano sus fiestas patronales y vuelven, por tanto, a dar la bienvenida a las orquestas pachangueras y a los forasteros que llegan en son de paz. Pero tampoco conviene excederse: la psicología ha alumbrado un concepto nuevo, la resaca social, para definir la sensación de agotamiento emocional e incluso físico en que puede derivar un afán desmedido por relacionarse con los demás tras las limitaciones que nos trajo el coronavirus. Y la verdad es que, si de resacas se trata, uno se inclina también por las más tradicionales, esas que estallan unas horas después de que hayamos destrozado a gritos A quién le importa, de Alaska, delante de un camión-escenario.