Blanca García Álvarez

De aquí y de allí

Blanca García Álvarez


Fuera de lugar

23/11/2023

La generación que me precede fue la primera en salir de casa siendo niños. Mis tíos eran los 'paletos' de campo cuando llegaron a una clase de Burgos. Ellos conocían de los tiempos y las herramientas del campo, de lo que importa de verdad, pero les faltaba ser capaces de manejarse en una capital. Imagino a mi madre y sus trenzas recién salidas del pueblo cuando me encuentro en un lugar que no me pertenece. Da igual que ella y yo tengamos cada una dos carreras, que hayamos vivido en ciudad toda nuestra vida o que nunca me haya faltado nada, tantas veces soy yo la niña de las trenzas.

Las segundas generaciones corremos el peligro de romantizar, exagerar o ignorar directamente los dolores y consecuencias de la historia familiar. Ocurre con la islamización de los nacidos en Occidente de padres migrantes, con la radicalización en Gaza de los que conocen las historias de sus mayores o, más cercano, con la capacidad de hacernos de menos a los que venimos del trigo y la cebada cuando no sabríamos ni diferenciar estos cereales. No hemos pisado en nuestra vida una tierra pero vivimos con un síndrome del impostor cuando damos un paso educativo más que nuestros padres, damos una conferencia o nos invitan a un evento rodeados de la socialité nacional. No significa no merecerlo, sino no saber encajarlo.

«Hija mía, me alegro mucho por ti pero, hasta que no salga Pedro Sánchez en la tele, no se lo digas a nadie, no vaya a ser que se haya equivocado». Así reaccionó desde un pueblo de Aragón de 400 habitantes la madre de la nueva portavoz del Gobierno, la ministra Pilar Alegría, al nombramiento. Su hermana, desde la misma localización, le dejó con la palabra en la boca: «espera un momento, Pili, que estoy en la panadería, te cuelgo».

Vivo rodeada de cultura, familias de bien capitalinas y sus ceros en la cuenta. Tengo días -más de los que me gustaría- en los que me veo fuera de lugar; tengo otros tantos en los que entiendo a Alegría: imagínense la sensación de Pili (discúlpeme, ministra) entrando a La Moncloa y con la educación del país en sus manos cuando se viene de campo.