Fernán Labajo

Plaza Mayor

Fernán Labajo


La vida sin reserva

23/02/2024

Una de las cosas que más odio en el mundo son los viajes programados. Que alguien me ponga un horario de visitas a museos, catedrales o monumentos históricos y me haga sentir culpable si me salto alguna de estas citas imprescindibles. Para mí, viajar es una aventura anárquica, alejada de los dogmas del buen turista. O sea, que si voy a París y me marcho de allí sin ver la Torre Eiffel no pienso que para eso era mejor irme a Guadalajara.

Puedo decir con orgullo que a lo largo de los años he conseguido que mi pareja se impregne de mi conducta viajera, aparentemente excéntrica. Las primeras vacaciones me convenció para hacer un planning que seguimos al dedillo sin que yo pusiese pegas. Dos años después, compramos los vuelos y hasta la semana anterior ni siquiera teníamos mirado el alojamiento. Y así hasta que una nueva moda se instauró en la sociedad para dar al traste con mi apreciada forma de vida: ahora resulta que sin reserva no llegas a ningún sitio. 

No estamos hablando sólo del transporte. Ah, qué tiempos aquellos en los que aparecían huecos de última hora en un avión a Wroclaw por 30 euros ida y vuelta. Te habías visto una ciudad que no sabías ubicar en el mapa un jueves tonto de abril. Ahora eso no existe ni cinco meses antes. Mucho menos los hoteles, abarrotados por individuos que bloquean habitaciones con un año de antelación con cancelación gratuita por si cambian de idea. Miserables. 

El colmo de todos los despropósitos es que sea misión imposible buscar restaurantes a una semana vista de la llegada a una ciudad. Mucho menos si el destino es una capital europea. Tengo correos en los que se ríen cuando pido mesa para tres. Es más probable encontrar al monstruo del Lago Ness. La vida sin reserva se ha terminado. Comienza una nueva era, pero esto no es vida.