Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


La monja II

17/05/2024

Con los años, es perceptible cómo cosas que eran importantes dejan de serlo y otras que pasaban desapercibidas ahora tienen un peso específico relevante. Por azar del destino, la prosperidad disfrutada por las democracias durante la segunda mitad del siglo XX ha confundido nuestro análisis colectivo. El fracaso económico y ecológico del comunismo, aceptado pacíficamente por sus propios partidos, ha facilitado que asumamos que la riqueza y el bienestar es una realidad cotidiana y un derecho humano.

Desde un punto de vista histórico, la afirmación es falsa, ya que la prosperidad que disfrutamos en Occidente es reciente temporalmente y circunscrita a una parte pequeña del planeta. La libertad facilita el crecimiento, pero no es suficiente aunque su ausencia garantice que no se extienda al conjunto de la sociedad. La nueva izquierda, presente irónicamente en Occidente, asume que la clave está ahora en la distribución de la riqueza y no en su creación.

Los países pobres, que ya lo han intentado todo, son conscientes que lo fundamental es crecer, ya que lo otro ha sido probado con penoso resultado. Por desgracia, algunas naciones despistadas e instaladas en dictaduras de facto siguen los consejos de economistas de economías prósperas los cuales son ignorados en sus lugares de origen. No hay una respuesta sencilla de por qué se produce esta disfunción.

Da la impresión de que confundimos los deseos con la injusticia. No tenemos derecho a muchos bienes que damos por supuesto, ni el Estado está obligado a proveer ciertas cosas; todo depende de si se puede financiar.

La libertad individual se ajusta a nuestra dignidad, pero la misma no se ve respetada por el bienestar económico. Ser libre no garantiza que todo lo que queramos ser o hacer deba obtenerse. Precisamente nuestras decisiones personales marcan el futuro de nuestras vidas y somos responsables por esos actos. Las consecuencias de nuestras acciones o del entorno no tienen nada que ver con la injusticia del evento.

En todas las esferas vitales, la mala suerte tiene un protagonismo relevante; cuando se carece de ella, la existencia se complica. Las nuevas tecnologías nos permiten conocer, sea cierto o no, las desgracias que acompañan a nuestro paso en la tierra. Solo un tonto puede creer que no se producen fallos médicos, pero es un error dudar por principio del sistema sanitario y de sus magníficos profesionales. Tenemos unas expectativas irrealistas sobre lo que creemos que es justo en la vida.

ARCHIVADO EN: Siglo XX, Comunismo