La última derrota del Rancho Bill

R. PÉREZ BARREDO / Burgos
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El mítico establecimiento de la carretera de Soria que fue sala de fiestas y conciertos antes de devenir en club de alterne languidece abandonado y expuesto a los desmanes de los vándalos, que han vuelto a hacer de las suyas

La última derrota del Rancho Bill - Foto: Luis López Araico

Arrumbada al fondo de lo que un día fue el escenario está la caja fuerte, que exhibe signos de haber sido violentada. Su imagen constituye una metáfora exacta del lugar en el que se encuentra, que desde hace mucho tiempo es un no-lugar: un espacio que pasó del esplendor al ocaso y que hoy languidece en el más oscuro de los olvidos, arruinándose hacia adentro, como si cada día y cada noche le fueran arrebatando la memoria de lo que fue, hasta que se quede en los puros huesos, apenas sostenido por una estructura cada vez más precaria, pero que aún exhibe su inconfundible perfil de Far West castellano. El Rancho Bill, aquella sala de fiestas y conciertos con restaurante que devino a última hora en club de alterne, en sórdido prostíbulo, se asoma a la carretera de Soria como un esqueleto fantasmal. Fue vandalizado hace unos años hasta que sus propietarios tapiaron todos los posibles accesos para evitar que sucediera alguna desgracia entre los grafiteros, curiosos y transeúntes que no dejaron de hollarlo después de que quedara definitivamente abandonado.

Como perdido entre los robles y la carretera por la que silban los coches y los camiones, tanto olvido ha provocado que, de nuevo, el Rancho Bill haya sido asediado por los vándalos, que han abierto un enorme agujero en el muro trasero para someterlo a una última derrota: de su interior apenas queda nada ya susceptible de ser saqueado, y si su último aspecto ya presentaba la imagen desoladora de un edificio recién bombardeado, ahora es la quintaesencia de la ruina. En su interior permanecen, como mudos testigos de lo que fue, las dos barras en las que se despachaban las bebidas y restos de los espejos de sus paredes. El suelo está alfombrado de cristales, esquirlas de espejo, latas de spray, pedazos de yeso y pladur de los techos que, agujereados, muestran sus vientres de cables colgando como sogas sin ahorcados.

En el centro de la sala principal yace, sobre dos ruedas, el cadáver oxidado de un jacuzzi; también hay latas de cerveza, botellas rotas, papeles ajados de periódico, todo escoltado por unas paredes grafiteada: ni un solo centímetro de superficie se ha salvado de la llamativa pintura de spray. La tarima de madera del escenario es una trampa: en muchas partes se encuentra hundida, abierta en peligrosos boquetes que, con escasa luz, podrían causar un accidente a quienes osaran caminar sobre ella como en su día hicieron grandes estrellas de la música y el espectáculo de variedades, de la recientemente desaparecida María Jiménez a Dyango pasando por el Ballet de la Scala de Barcelona, Luis Aguilé, José Luis Moreno o Kiko Legard en la década de los 70; o Los Secretos, Ilegales, Obús o Niágara ya en los 80.

Todos los baños del local presentan el mismo estado: si no faltan, están arrancados, reventados, hechos añicos, lo mismo que la mayor parte de los espejos que había en casi todos los rincones. Uno de los pocos que se ha salvado de la inquina de quienes aman la barbarie presenta una pintada amenazadora: Murder (Asesinato), es lo que se lee en un espejo, acaso como un grito fantasmagórico que procediera de la propia memoria del lugar. Apenas quedan vestigios del uso anterior al puticlub; en la puerta de acceso al comedor se mantiene, heroico y como inmune a todo, un papel escrito a mano en el que se informaba de los horarios: comidas, de dos a tres y media; cenas, de ocho a diez y media.

No queda rastro ni utensilio alguno de lo que fue la cocina, y escaleras arriba, en las numerosas habitaciones, tampoco queda huella humana salvo los rellenos de los colchones. Todos los tabiques se encuentra destrozados, nada queda en los armarios y sólo un jacuzzi permanece anclado en su sitio. El resto es escombro, ventanales abiertos, marcos desguazados y pintadas, muchas pintadas. La planta del sótano, al que se accede por unas escaleras amplias y tétricas, desvela más corredores y estancias más recientes que las que ocupan las otras plantas. Hay restos de otra barra y lo que en apariencia debió ser -si es que llegó a serlo un día- una fuente hecha de rocas. Un bidón ennegrecido delata que un día se hizo allí una fogata. Poco más. El resto es silencio, ruina y olvido.

El exterior del recinto presenta el mismo estado de abandono que el interior; se diría que las partes menos visibles del Rancho Bill se han convertido en un vertedero en el que se marchitan restos de todo tipo de materiales: colchones, hierros, maderas, ladrillos, ruedas de coches, tubos, sacos y cristales, muchos cristales, metáfora impecable de un establecimiento mítico con resonancias de western ibérico, de pasado con brillos, luces y música, también de prostitución y droga, y con un presente sin futuro. Su inconfundible silueta está cada vez más marchita, parece cada vez más ajena. Es la última derrota del Rancho Bill.