Some lovely memories

ANGÉLICA GONZÁLEZ / Burgos
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Las burgalesas Emi y América de la Torre viajaron con sus padres a la ciudad australiana de Echuca, en el estado de Victoria, en 1961, y pasaron allí su infancia y parte de la adolescencia

Emi y América revisan antiguas fotos de Australia en el coqueto bar Esmol Jaus, decorado al estilo de los 60 y 70. - Foto: Patricia

Son todos buenísimos recuerdos los que Emi y América tienen de la década que vivieron en Australia. Los olores, los colores, las amistades que allí forjaron, los espacios abiertos, su casa con jardín... y hasta el cerdo Timoteo, con el que ambas tienen una foto en la que apenas levantan unos pocos palmos del suelo, les evocan unos tiempos estupendos. Ambas sonríen y, a la vez, se conmueven al repasar las imágenes en blanco y negro de su infancia en inglés y al hablar de aquella década en la que se hicieron mayores a miles de kilómetros del pueblo del que sus padres salieron a buscar mejor fortuna. 

Él, Ramiro, era un fino ebanista de Hontoria del Pinar que tras sufrir un revés económico y enterarse de que se organizaban viajes para trabajar en aquel lejano país, se lo propuso a Ascensión, su mujer. Ella dijo que sí y en junio de 1961 -Emi tenía 5 años y América apenas uno- hicieron las maletas y zarparon en el buque Roma con otras tantas familias burgalesas. Por delante, un mes largo de travesía entre Barcelona y Melbourne, desde donde fueron a la ciudad de Echuca, que les acogió durante toda su estancia.

«Estaba todo muy bien organizado y cada familia fue instalada en una especie de barracón individual con todos los gastos pagados hasta que encontraran un empleo. También se hacían cargo de la educación de los niños, a los que escolarizaron rápidamente», explica América, en cuya voz se percibe un sutil acento inglés, que es el idioma que ha enseñado a lo largo de tres décadas en la escuela pública. También Emi -que fue secretaria de dirección hasta que se jubiló- tiene un deje parecido. «Nosotras hablábamos siempre en inglés, pero en casa nos obligaban a hacerlo en español y obedecíamos a regañadientes y nos costaba, por eso tuvimos que aprenderlo cuando volvimos».

Una década después, la familia toma la decisión de hacer el viaje de vuelta, para disgusto de Emi, que ya tenía 15 años, muchísimas amigas y un medio novio. «Quizás nuestros padres pensaron que si nos quedábamos más tiempo y nosotras nos casábamos allí iba a ser más difícil volver; de todas formas ya se habían comprado piso en Burgos, por lo que la idea de regresar sí que la tenían». Así que aquellas jovencitas de vaqueros y camisetas de colores se dieron de bruces con el Burgos aún oscuro y rancio de 1971: «Yo quería una falda plisada y unos zapatos castellanos para ir vestida como las otras niñas y al cabo de un tiempo, ya mayores, me dijeron que les daba envidia lo moderna que era», cuenta América, entre risas. Emi lo pasó peor y es la única de las dos que ha vuelto por allí de vacaciones. Para ambas queda la dulce experiencia de haber tenido una infancia única.