«Atreverse con Velázquez, Goya o El Greco es una osadía»

R. PÉREZ BARREDO / Madrid
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El burgalés Leo Ortega, que es uno de los más veteranos copistas del Museo del Prado, atesora ya una magnífica colección de los grandes genios de la pintura universal

El burgalés Leo Ortega posa con algunos de los cuadros que ha copiado durante los últimos años en la salas del Museo del Prado. - Foto: Juan Lázaro

Leo Ortega es un tipo discreto y humilde, aunque más de una vez haya reconocido cierta vanidad y hasta soberbia al concluir uno de sus cuadros. No es para menos: si el resultado ha sido bueno, cómo no vanagloriarse de haber clavado una obra de Velázquez, Rubens, Tiziano, El Bosco, Goya o El Greco. Porque este burgalés natural de Amaya, que ha sido profesor de Latín y Griego en Madrid hasta su reciente jubilación, es uno de los pocos privilegiados a los que el Museo del Prado permite trabajar en sus salas como copista, que empieza a ser un 'oficio' en extinción. Reconoce el burgalés que es un lujo y una fortuna inmensas; ambos sentimientos son recíprocos por parte de los responsables de la pinacoteca madrileña, que tienen en muy alta estima a Ortega, al que consideran de los mejores. Es uno de los copistas más veteranos del museo. En sus ya quince años habitando las salas del Prado, tratando de tú a los grandes genios de la pintura, ha acumulado ya un más que respetable número de obras, que conserva en su mayoría con mimo y orgullo, si bien no todas cuelgan de las paredes de su casa «porque sería insufrible padecer un permanente Síndrome de Stendhal; no se puede estar rodeado de tanta belleza. Pero es un Museo del Prado con cierta dispersión», confiesa con humor.

Se recuerda siempre, desde bien pequeño, dibujando, incluso en el colegio, durante las clases -«lo que no significaba que no estuviera atendiendo al maestro», apostilla-. Jamás imaginó, entonces, que un día instalaría su caballete en las salas de uno de los museos más importantes del mundo; menos aún tratándose de un pintor autodidacta. «He tenido varios momentos, varias etapas. Cuando empecé, sentía temor, miedo escénico porque además el público te mira, y un enorme respeto por la institución. Pero a medida que fui haciendo obras me pasó como cada vez que inicio un cuadro: voy cogiendo confianza, y hasta cierto punto lo convierto en rutina. Lo que siento siempre es respeto y consideración por el lugar, que impone; es como la sacralidad de las iglesias. Es un templo del arte. Con razón se llama museo, que es la palabra griega que significa templo de las musas. Es un honor. Siento mucho agradecimiento».

Una treintena aproximada de obras contemplan ya a este prestigioso copista. Cada obra a la que se enfrenta es un desafío. Distingue el burgalés entre difícil y trabajoso, y considera que Velázquez es el autor que constituye siempre para él un reto. «Es, a la vez, el más difícil y el más fácil. Una vez que uno asimila la espontaneidad, la pincelada, su naturalidad, se hace hasta cierto punto fácil. En este sentido, es el que menos trabajo da. Una vez que uno le ha cogido esa medida sin amanerarse demasiado, sin intentar ser perfeccionista, tratando de darle cierto aire acercándose al maestro en su espontaneidad, resulta más sencillo». El genio más complicado, asegura sin discusión, es Rubens: «El cuadro de 'Las tres Gracias' es el que más me costó. Lograr que se pareciera el tono de las carnosidades, esa voluptuosidad, la iluminación, la combinación de ligeros tonos azules con tonos cálidos que tiene la carne fue realmente complicado».

Tantos años de estudio e intimidad con los grandes genios de la historia de la pintura le han permitido a Leo Ortega maravillarse aún más con estos. «Los copistas intentamos emular, imitar; pero hay algo que suele sucederme cuando termino una obra: vuelvo a ver la original creyendo haber estado a la altura del maestro y me doy cuenta de que no, de que me falta mucho. Cuando uno está realizando la obra a veces se pierde un poco la perspectiva y no terminas de apreciarlo en toda su dimensión». Reflexiona este cultísimo burgalés acerca del hecho de copiar a los más grandes y no duda en afirmar que lo que hace es una osadía. «Atreverse a enfrentarse con Velázquez o el Greco es una osadía. A veces, algún visitante, me ha dicho que de haber podido verme algún maestro se sentiría orgulloso. Pero yo diría que no. Que lo sentiría como un atrevimiento de un pequeño imitador, de un mequetrefe que sólo intentar copiar sus técnicas. El gran Tiziano, por ejemplo, no dejaba a nadie entrar en su taller para que nadie aprendiera de él. Solían ser muy celosos. Me siento un osado; privilegiado, pero un atrevido».

¿Por qué no? Decidió intentarlo -convertirse en copista- después de deambular muchas veces por sus estancias y ver en distintas salas cómo había pintores volcados sobre sus caballetes. «Es cierto que yo dibujar y pintar lo he llevado dentro desde siempre, pero un día me dije: ¿por qué no? Y me atreví. Y ya han pasado muchos años y sigo haciéndolo». Aunque también ha recibido algún encargo, Leo Ortega se ha quedado para sí la mayor parte de sus obras (también algún amigo cuenta con cuadros pintados por él). «Es pura afición, recreación, lo que más me mueve». Aunque todas sus copias son impecables (hecho reconocido por el mismo Museo del Prado), siente especial predilección por esa maravilla que es 'Las hilanderas o La fábula de Aracne', de Velázquez. «Me gustó mucho. Di rienda suelta a mi espontaneidad y creo que quedó mejor que si hubiese sido escrupulosamente cuidadoso. Me he sentido muy orgulloso de varias copias que he realizado del gran Velázquez, como es el caso de la última, que es 'Retrato de Felipe IV'.

Puede tardar en torno a un mes y medio en concluir una obra, aunque admite que depende de cuánto se recree o de los días que vaya al museo (a los copistas se les permite trabajar cuatro a la semana). «A veces, en media hora, se adelante más que en cinco días. Porque estás más acertado, más inspirado, más lúcido, más suelto... Depende. 'El caballero de la mano en el pecho', de El Greco, lo terminé en tres semanas porque supe que iban a llevárselo a una exposición, que es uno de los avatares, de las circunstancias a las que nos tenemos que enfrentar a veces los copistas».

No se considera Leo Ortega un artista. «Esa palabra me da mucho respeto. Me considero copista». Anda estos días el burgalés dándole vueltas a cuál será su próxima obra. Se está debatiendo entre 'La pradera de San Isidro', de Goya; 'Los niños de la concha', de Murillo; o un detalle de 'El Lavatorio', de Tintoretto. «Tengo que decidirme, pero será alguna de esas tres». Para el burgalés, ninguna obra constituye mayor desafío -y no descarta abordarlo algún día aunque no sea sencillo porque no puede instalarse ningún caballete cerca de la obra- que copiar 'Las meninas', de Velázquez. «Es el Himalaya que todos tenemos. Estoy dándole vueltas a la idea de intentarlo pintando una sala, que sí se puede; y escoger la que tiene 'Las meninas'. Es una posibilidad, aunque sea desde lejos, utilizando unos prismáticos, por ejemplo. Lo estoy valorando», concluye Ortega, que es todos los artistas y ninguno. Pero es muy bueno.