En Bañuelos está el mar

R. PÉREZ BARREDO / Bañuelos
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Visitamos el pueblo de La Bureba que está en boca de todo el mundo gracias al éxito de la preciosa y delicada película 'El maestro que prometió el mar', sobre Antoni Benaiges y candidata a cinco premios Goya

El método Benaiges - Foto: JESÚS J. MATÍAS

La carretera serpea entre pardos alcores mientras desciende suavemente el portillo. Hay rapaces engolosinándose con el viento en la mañana gris. Apenas se ve el cielo, que es un lienzo tachonado de nubes. El pueblo que se otea abajo, en la hondonada, está siendo nombrado estos días más que nunca. No es un pueblo costero; ni tan siquiera lo baña un río caudaloso. Nos hallamos en La Bureba. Y, sin embargo, en Bañuelos, que así se llama la aldea, está el mar. O, al menos, la memoria de un sueño que se llamó así; la memoria como un luminoso sedimento que hubiese permanecido encapsulado en ámbar y ahora, gracias a un sortilegio -a la magia del cine- ese recuerdo varado en el tiempo se hubiera despertado con todo su azul, con el rumor de las olas y la finura de la arena, con espuma blanca y graznido de gaviotas. Metáfora de vastedad, de infinidad, de anhelo, en Bañuelos, que es tierra de cereal, el mar es todo un símbolo personificado en Antonio Benaiges, el maestro que en el malhadado verano de 1936 hizo a sus alumnos la promesa de llevarlos a ver su inmensidad.

Una preciosa película, candidata a cinco 'Goyas', ha puesto a este pequeño pueblo de la Bureba en el mapa: desde hace dos semanas, las salas de cine de toda España en las que se proyecta esta conmovedora historia se están llenando. Taquillazo tras taquillazo, decenas de miles de espectadores han conocido ya la hermosa y trágica peripecia de un audaz maestro catalán que no pudo cumplir su palabra porque fue detenido, torturado, fusilado y desaparecido ante el estupor, el dolor y la incomprensión de unas criaturas que lo adoraban; niñas y niños a las que había despertado -con su brillante y novedosa manera de enseñar y de estar en el mundo- la curiosidad, las ganas de aprender, de conocer, de saber. El maestro que prometió el mar es una película tierna y triste, pero también esperanzadora porque habla de la educación y la cultura como antítesis de la barbarie y la infamia.

Hay pocas almas en el caserío de Bañuelos en la mañana de noviembre, pero una de las más activas (y a la que tanto debe la memoria de aquel represaliado docente) atiende al nombre de Javier, uno de los impulsores de la Asociación Escuela Antoni Benaiges, maravilloso proyecto que ha pasado por la rehabilitación de la casa en la que aquel impartió su corto pero eterno magisterio. No se puede recorrer sus estancias sin escalofrío, como si pudiera percibirse el alma de Benaiges y el latir de cualquiera de las clases que tan felices hizo a sus alumnos. Hay algo de sacralidad entre sus muros, como si en ellos hubiese estado emparadada una historia cuyo conocimiento se hacía necesario. La película es la guinda a esa revelación que lleva años reivindicándose. Lo admite Javier, que se muestra feliz de que la historia de Benaiges y Bañuelos ande en boca de todo el mundo. «Muchos de los que vivimos aquí y llevamos años peleando por arreglar la escuela y por que se conozca esta historia estamos contentos, felices. Está teniendo un éxito importante, como lo tuvo la obra de teatro», explica.

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