Rosalía Santaolalla

Sin entrar en detalles

Rosalía Santaolalla


Infancia

06/01/2024

Además de salir a cantar números sin parar, intentando no equivocarse a pesar de los nervios, con millones de ojos pendientes de ellos, los niños y niñas de San Ildefonso han tenido que aguantar este año decenas de insultos y comentarios racistas en las redes sociales. No los voy a reproducir aquí porque sería darle más bola a los impresentables. Pero en esta ocasión, a los individuos que se dedicaron a volcar sus frustraciones contra los chavales igual no les sale gratis: una asociación se ha dedicado a recopilar todo el despropósito y lo ha trasladado a la Fiscalía para que sea investigado como un presunto delito de odio. 

Lo que da más miedo del ambiente de polarización -la palabra del año se queda escasa para definir lo que está ocurriendo- es que hay quienes no se cortan en manifestar públicamente el rencor que antes disimulaban o que solo confesaban a su círculo cercano y afín. Ahí los tenemos: orgullosos xenófobos, antidemócratas practicantes y personajes de parecida ralea, gritando en las calles, inundando internet de porquería y fomentando el enfrentamiento, sin que pase nada. 

Ni a los niños respetan, aunque eso ya lo comprobamos cuando vimos cómo la ultraderecha comparaba de forma torticera la pensión de la abuela con lo que el Estado gasta en la atención a menores inmigrantes no acompañados. Menores, recuerden. 

Claro, que también a los niños que nacen en situaciones aparentemente privilegiadas los hacen vulnerables. Como los de esos padres y madres influencer que alimentan con ellos sus redes. O como esa pequeña que su abuela/madre ha encargado previo pago y cobra exclusivas por enseñarla en las revistas del corazón o esa otra criatura a la que seguramente dentro de unos años le llegará una portada antigua de una publicación de crónica social, en la que su padre declaraba a los cuatro vientos que no piensa ejercer como tal. Los niños, por mucho que digan, en realidad no les importan.