Muere con 88 años el poeta Antonio Rodríguez Llanillo

José Matesanz del Barrio *
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Luto en las letras locales por el fallecimiento del talentoso maestro y escritor burgalés

Antonio Rodríguez Llanillo, en 2013 con su libro ‘Racimo y gavilla’. - Foto: Patricia

La poesía burgalesa de la segunda mitad del siglo XX y primeras décadas del XXI ha tenido una gran vitalidad y calidad literaria con nombres tan destacados en su camino como Tino y Jesús Barriuso, José Luis Camarero, Bernardo Cuesta Beltrán, Carlos Frühbeck de Burgos, Manolo L. Bouza, Rafael Núñez Rosáenz y Jorge Villalmanzo, entre otros representantes de diversas generaciones sucesivas, que hoy rememoramos a través de los recuerdos personales y la presencia perenne de sus 'letras'.

Dentro de este colectivo, debemos incluir también, de forma obligada, a Antonio Rodríguez Llanillo, al que es necesario rendir un cumplido homenaje con motivo de su muerte.

Doblemente maestro, dada su honda condición de profesor reconocida en la provincia de Burgos por sus compañeros y alumnos, y la de 'maestro' de la palabra dibujada con el verso que el río de la vida transporta, en torno al que como pescador le gustaba dirigirse para disfrutar de la naturaleza, y pasión compartida con su mujer e hijos, y algunos amigos que, como el ya citado Bernardo Cuesta, que le acompañaban en sus paseos luminosos.

También el mar, la mar, presente en la espuma de sus sueños veraniegos junto al Cantábrico y el horizonte de un cielo infinito.

Y junto a un vaso de vino, en una tasca, mostrando que las páginas de un libro, el de la propia existencia, se nutren de capítulos diversos que componen lo que cada uno es.

Canciones de amor a la escuela (Premio Diputación de Burgos 1980), Al aire y al agua (1984) y Racimo y gavilla (2012) son posadas del verso que Antonio cultivó con sencillez, hondura y ritmo, presentes en uno de sus admirados autores de cabecera, Antonio Machado. La antología breve de poesía religiosa Mil años después preparada por él y el estudio El castellano, nuestro origen son, asimismo, otras muy notables aportaciones del escritor, nacido a la sombra de Peña Amaya. 

La presencia de Antonio Rodríguez Llanillo en el 'ágora' de la cultura burgalesa está ligada a algunas de las propuestas más estimulantes que se han producido en la vieja 'Caput Castellae': grupos poéticos y revistas literarias, Alfoz, Arista, Páramo y Artesa, pero también instituciones como el Círculo de la Unión y puntos de encuentro de las 'musas' en el querido bar Miraflores.

Con letras mayúsculas, no sólo las de los nombres propios, o las que acompañan el inicio de las frases, fue reconocido su trabajo por prestigiosos galardones. Buena cuenta de ello lo certifican los premios Antonio Machado, Andrés Manjón y Alforjas para la poesía, que confirmarían su talento y voluntad hacia la escritura.

Pero Antonio Rodríguez Llanillo es para mí, y para otras muchas personas, mucho más que una fecunda senda literaria. En nuestro diario se nos presenta como amigo que ha estado presente en distintos pasajes de nuestra romería. 

Yo le recuerdo junto a mi padre durante mi niñez, en un episodio de juego en el río Arlanzón. También en el prólogo a un recital poético en la Casa de Cultura de Gamonal, recién llegado de Valladolid, ciudad en la que yo estudié Historia del Arte. Y sus consejos sobre literatura y vida, sobre el pasado y el presente recorridos, sin pedir nada a cambio.

Hoy te ofrezco mi más sincero reconocimiento por la tarea que concluyes, con sus luces y sombras, alegrías y tristezas por abrigo.

Y en las noches hermosas buscaré, tal como indicas en el poema dedicado en silencio a Conchita, una estrella, para iluminar la palabra, el verso, la naturaleza y el eco de la voz cada mañana.

* José Matesanz del Barrio, académico numerario de la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes Institución Fernán González