El misterio de la cripta oculta

R. Pérez Barredo / Burgos
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El subsuelo de la plaza de los Castaños encierra un secreto: una cripta, la construcción primigenia de la vieja iglesia de San Llorente, uno de los vestigios más antiguos de Burgos

La bóveda fue fotografiada en 1966. Un túnel subterráneo conducía hasta ella. La construcción del nuevo edificio anejo a la plaza cegó ese corredor - Foto: DB/Luis López Araico

Bajo el adoquinado de las elegantes escalinatas, junto a las raíces poderosas de los castaños de indias que la nombran, esa plaza recoleta ubicada en el más antiguo corazón de la ciudad esconde un secreto. Un misterio oculto, que ha sobrevivido a los avatares de once siglos de existencia. A pocos metros de los muchachos que todas las noches de los fines de semana se solazan allí botella en ristre existe una cámara, un lugar sagrado. Es una cripta. Posiblemente el vestigio de la construcción más antigua de la ciudad: los restos perfectamente conservados de la primitiva iglesia de San Llorente, ordenada construir por el mismísimo Fernán González.

Es cierto que las más recientes obras de reforma de esta calle del centro histórico, acometidas hace cuatro años, volvieron a sacar a la luz algunos muros y residuos de este templo, principalmente del que ocupó el solar en los últimos siglos hasta su abandono, derribo y construcción con parte de sus piedras de la actual iglesia de San Lorenzo en el siglo XVIII. Pero de la iglesia original, aquella de la que hay noticia en el Becerro Gótico de Cardeña ya en los albores del siglo XI, no había otra noción que su ocultamiento a mediados de los años 80, durante otra rehabilitación en la zona que llevó aparejada la construcción del edificio que hoy acoge, entre otros negocios hosteleros nocturnos y varias viviendas, la sede de  la formación política Izquierda Unida.

En el año 85, durante las obras de remodelación de la plaza de los Castaños, afloraron a la luz los primeros restos de esta antiquísima construcción, principalmente arquerías y pilastras, que obligaron a detener las obras. Los expertos en patrimonio confirmaron rápidamente la importancia de los hallazgos datando algunos restos en el siglo XI, lo que obligó a replantear el proyecto.Se produjo entonces un largo silencio de meses en torno al descubrimiento. Mientras se construía el edificio de la esquina, el boquete abierto en la plaza quedó a la intemperie. Sin embargo, a finales del año 86, se decidió, voìla, que los restos eran en realidad de escaso valor, y al año siguiente se reanudaron las obras también por la exigencia de los vecinos, que habían denunciado que el agujero excavado se había convertido en vertedero y guarida para el menudo y consumo de drogas duras.

Con el argumento de que sacar exhumar aquellos restos resultaría «faraónico», el arquitecto encargado, Pedro Gutiérrez, optó por ocultarlos pero preservándolos con cuidado por si en un futuro se podía reconsiderar su recuperación. Sin embargo, algunas voces vecinales denunciaron que habían sido cubiertos con hormigón y cemento. Por aquellos días, Agustín Lázaro, hoy canónigo fabriquero de la Catedral, advirtió de la importancia de aquellos restos, que no eran otros que los primigenios de San Llorente, la famosa cripta que él mismo, en el año 1966, había visitado in situ a través de un pasadizo subterráneo que salía del patio comunal del edificio demolido. Hoy ya no existe aquel corredor y no hay manera de acceder a la misteriosa cripta. Un lugar, insiste hoy Lázaro, 25 años después de su definitivo ocultamiento, de «radical importancia».

Lázaro dejó escrita aquella experiencia de esta manera: «En el patio de aquella casa se abría una puerta que comunicaba con una sala cubierta con bóveda de mediocañón dividida en tres compartimentos por arcos fajones de medio punto y en la cual se veían accesos impracticables que podrían conducir a otros locales». En este enigmático lugar halló Lázaro una cartela funeraria de trascendental repercusión histórica por su inscripción, alusiva a quienes allí habían sido enterrados.Nada menos que Gonzalo Ruiz de Compludo y su esposa Elvira. Quizás sus nombres no les digan nada. Sin embargo, eran los abuelos de uno de los personajes más importantes del siglo XV español: Francisco de Vitoria, considerado el ‘padre’ del Derecho Internacional y cuyo origen han estado disputándose durante siglos burgaleses y vitorianos. Para Lázaro, aquel hallazgo resultó definitivo para avalar la tesis del origen burgalés del famoso dominico humanista.

La bóveda enigmática

En Burgos en el Camino de Santiago, el investigador e historiador Braulio Valdivielso señala que la iglesia románica debió construirse sobre el primitivo templo que recogía las plegarias de los primeros romeros que por allí pasaban rumbo a Santiago de Compostela, por lo que sugiere que tal vez la construcción más primitiva date del siglo X aunque no aparezca documentada hasta el siglo XI. «Los documentos la designan con el nombre de bóveda o cripta, pues en realidad hizo de cripta para la iglesia medieval», subraya Valdivielso.

Y Lázaro lo corrobora en su estudio Documentación histórica y arqueológica de San Lorenzo el Viejo cuando afirma que en ese lugar tantas veces removido hubo dos iglesias, la vieja y la nueva; «la antigua debajo de la nueva.Esto nos querría decir que a un nivel más profundo deben existir, si no se han destruido, restos arquitectónicos más antiguos de los que hasta el presente han aparecido».

Existen, desde luego. Rodeados por el hormigón. Allí está la cripta, la bóveda más antigua de la ciudad de Burgos.