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El confinamiento aumentó los trastornos alimentarios

A.G.
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La unidad regional, que está ubicada en Burgos, registró 31 ingresos en 2020 y recibió a 85 pacientes en primera consulta, en su mayoría mujeres y casi la mitad de ellas, menores de 18 años

Sonia Cuadrado padece anorexia nerviosa desde hace años. - Foto: Alberto Rodrigo

Ha pasado ya más de un año del confinamiento pero las consecuencias aún se siguen notando, sobre todo en las personas más vulnerables, como las que sufren algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria. La psicóloga clínica Erika García, de la Unidad Regional de Trastornos Alimentario (URTA) que forma parte del servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Burgos, es tajante cuando afirma que los más de tres meses de encierro domiciliario agravó estas patologías, empeoró los síntomas en aquellas pacientes que tenían la enfermedad activa y recaídas en las que estaban estables. Asegura, por otro lado, que se han desarrollado nuevos casos en la población más vulnerable "favoreciendo que en muchas familias se hayan identificado síntomas compatibles con la enfermedad en adolescentes".

"Las personas en proceso de recuperación también vieron cómo los síntomas aumentaban por la ansiedad, la incertidumbre, el estrés, la falta de control y el cambio en actividades cotidianas encontrando cómo se modificaba la conducta alimentaria desde la restricción excesiva hasta la ingesta compulsiva. La conducta de ‘comer como consuelo’ se ha incrementado, siendo más probable en quienes tenían más dificultad para expresar sus emociones. El incremento de peso rápido ha supuesto también un factor para el inicio de un trastorno de alimentación", añade. Y este aumento parece que continúa porque ya que, a pesar de que aún las profesionales carecen de datos concretos, aseguran que está resultado "muy significativa" la demanda de atención por anorexia nerviosa en el primer trimestre de este año.

García explica que los trastornos de la conducta alimentaria se caracterizan por una alteración persistente del comportamiento relacionado con el hecho de alimentarse que impacta negativamente en la salud y las capacidades psicosociales de quienes los padecen: "Son enfermedades psiquiátricas con una gran variabilidad en su presentación y gravedad y con gran repercusión nutricional, lo que condiciona diferentes planteamientos terapéuticos y la individualización del tratamiento tanto en hospitalizacion como en consulta externa".

Por eso es imprescindible que estas pacientes reciban una atención interdisciplinar y, como apunta Erika García "altamente especializada". La coordinación de la URTA está a cargo de la psiquiatra Pilar Tejedor, que suele ser la responsable de establecer las líneas generales de los tratamientos y coordinar al resto del equipo integrado por profesionales de la Psicología Clínica, de Medicina de Familia, nutricionistas, dietistas, enfermeras especialistas en salud mental, terapeutas ocupacionales y trabajadoras sociales. Tanto las consultas externas de la URTA como la hospitalización se lleva a cabo en el Hospital Universitario de Burgos.

En 2020 el número de ingresos fue de 31 y menor que el del año anterior debido a que durante meses estuvieron restringidos los traslados de pacientes de otras provincias, como suele ser habitual. La estancia media de hospitalización estuvo en poco más de 21 días y las enfermas fueron mayoritariamente mujeres cuyo diagnóstico principal fue la anorexia nerviosa restrictiva. En consulta externa se vieron 85 pacientes nuevas, en su mayoría mujeres y en un 42% de los casos, menores de 18 años. El diagnóstico más frecuente fue la anorexia restrictiva y purgativa y los trastornos de la conducta alimentaria no especificados.

"En los primeros meses de confinamiento mantuvimos la atención continuada por teléfono y correo electrónico con las paciente y sus familias posibilitando iniciar los tratamientos en pleno confinamiento, pasando a la consulta presencial los casos mas graves y las primeras consultas en cuanto las condiciones sanitarias nos lo permitieron. Actualmente la asistencia esta ya normalizada, manteniendo las medidas sanitarias necesarias y con el inconveniente que la mascarilla representa para la comunicación no verbal", se lamenta esta profesional.

Erika García recuerda que este tipo de patologías son más frecuentes en mujeres y en la adolescencia y que sin el tratamiento adecuado, adquieren un carácter crónico e incapacitante. Actualmente, se estima una prevalencia combinada del 13% para todos los trastornos de la conducta alimentaria: "La anorexia nerviosa es la enfermedad psiquiátrica más frecuente en las mujeres jóvenes y la tercera patología crónica tras la obesidad y el asma en las adolescentes".

La evolución de los pacientes en los estudios de seguimiento es diferente respecto de la enfermedad de que se trate: en la bulimia nerviosa el 60% se consideran de buen pronostico, el 30% de recuperación parcial y un 10% de mal pronostico. En el caso de la anorexia nerviosa el 50% presenta una remisión completa, el 20-30% de carácter parcial y en el 10-20% de los casos se cronifica, "por lo que mantenemos tasas acumulativas de pacientes crónicos muy preocupantes", concluyó.

ADEFAB HA VISTO TRIPLICAR SUS CONSULTAS. 

La psicóloga Mª del Mar Herrero, que desde el año 2003 viene atendiendo a las personas con trastornos de la conducta alimentaria en la Asociación de Familiares de Anorexia y Bulimia de Burgos (Adefab), dice que está siendo "otra pandemia" lo que está ocurriendo con este tipo de problemas. Tal es así que desde que comenzó el confinamiento se ha triplicado la demanda de consultas tanto presenciales como on line. "Para muchas personas que ya estaban en tratamiento salir a la calle era algo que les ayudaba, por lo que el encierro empeoró su situación y les llenó de incertidumbre y angustia. ¿Solución? Recurrir o a la comida o al ejercicio en exceso y esto ha estado muy impulsado también por las redes sociales: influencers que exhibían sus cuerpos o recomendaban como un auténtico bombardeo dietas como la del ayuno alternativo, que está ahora de moda, o estilos de vida como la ‘comida real’, que aparentemente puede resultar positiva porque apuesta por productos sanos y rechaza los ultraprocesados pero que a las personas que ya tienen un trastorno no les hace ningún bien. Así que ha habido recaídas y bastantes casos nuevos".

Y dentro de este incremento, está percibiendo esta profesional un aumento considerable del denominado trastorno por atracón y de los pacientes varones. "En el trastorno por atracón la conducta principal consiste en ingerir grandes cantidades de comida en un corto periodo de tiempo casi sin masticar hasta estar desagradablemente lleno y con la sensación de no poder parar. Se suele utilizar para manejar emociones pero llega un momento en el que se puede planificar porque se automatiza esa sensación: Una persona con este trastorno siente angustia y es como si su cerebro le dice que esa angustia la tiene que calmar con la comida y comen cualquier cosa -incluso macarrones crudos- para llenar, lo que ocurre es que no llenan el hambre emocional. Es una sensación de bienestar que dura unos minutos e inmediatamente llega la culpa y los síntomas de ansiedad y depresión".

Una conducta de estas características muchas veces esconde carencias emocionales, afirma la profesional, incluso el haber sufrido acoso escolar o incluso abusos sexuales, "muchos temas abiertos que creían que estaban superados pero que cuando comienzan a hablar en la consulta siguen ahí": "Suelen ser personas con baja autoestima, una alta sensibilidad, un gran perfeccionismo y un difícil manejo de las emociones". El trastorno por atracón, añade, se da tanto en personas adultas como en adolescentes y en la infancia.

En cuanto al incremento de hombres que han acudido a su consulta por problemas con su conducta alimentaria, Herrero opina que no hay diferencias en cómo afecta a cada sexo sino que el problema está en la estigmatización que pueden sentir los varones por el hecho de que los trastornos de la conducta alimentaria se han vinculado siempre con las mujeres: "Al final, lo que es común a todos los pacientes, sean mujeres u hombres y sea cual sea el trastorno que padece es el sufrimiento que les provoca y que hace que sean personas que estén rotas aunque tengan áreas de su vida en las que están bien".

Adefab, que a pesar de las dificultades por la pandemia, ha mantenido alguna formación en colegios e institutos dirigida a adolescentes, celebra este año su 25 aniversario y sus responsables están empezando a preparar junto con la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Burgos algún acto divulgativo alrededor del 2 de junio, que es la fecha en la que se celebra el Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

TESTIMONIO: "ME LLAMO SONIA, TENGO 35 AÑOS Y LLEVO CASI TODA MI VIDA CONVIVIENDO CON UN MONSTRUO". 

Siempre me han dicho esa maldita frase: "Si no te quieres a ti misma, no vas a saber querer a nadie". Pero, por fin, tras mucho trabajo y esfuerzo, he comprendido que yo puedo amar con todo mi ser a los demás, pero llevaba toda mi vida rodeándome de despojos afectivos, dado que si yo no me quería, no merecía más. Solo sufrimiento y dolor. Si algo me ha traído esta pandemia aparte de tiempo para odiarme, maltratarme, criticarme y destruirme… Ha sido tiempo para convivir con este monstruo llamado TCA (trastorno de la conducta alimentaria), un monstruo ligado a la mala gestión emocional que busca aliviar el sufrimiento que la emociones producen a través de la comida, o bien por exceso o bien por defecto, sumado al posterior autocastigo. Así que imaginaos a una persona con problemas de gestión emocional en una situación en la que todo el mundo se ha visto muy afectado a ese nivel.

A principios de 2020 algo comenzaba a mascarse en el ambiente, pero creo que nadie sabía lo que se nos venía encima. La gente comenzó a abastecerse de bienes de primera necesidad e incluso hasta de cuarta. En esa época, yo estaba pasando una fase restrictiva y solo podía ingerir alimentos una vez al día y únicamente podían ser un tomate y un poco de tofu. No porque yo quisiese, sino porque mi cerebro había seleccionado exactamente esos dos como comida permitida. El resto de productos bloqueaban completamente mi cuerpo, era como tratar de ingerir un trozo de rueda, todo mi ser se esforzaba por convencerme de que eso no era comestible. Por lo que mi pánico a no encontrar en el súper lo poco que podía comer, sumado a las horas muertas conmigo misma y a la incertidumbre de cada día, hicieron que me abandonase por completo hasta llegar a los 35 kg, momento en el que lo único que me unía a la vida era mi firma en un papel.

Pero como en todo túnel o tormenta siempre aparece un rayo de esperanza. Ese fue el momento en el que encontré mi rayo de vida, Óscar y su familia, que junto con la mía me hicieron comprender el significado de esa frase que tantos años había oído a Marimar, mi psicóloga, "La familia y los amigos tienen que ser como delfines". Y así son ellos, nunca me han juzgado, siempre están a mi lado luchando contracorriente, rozando con mimos mi alma, que está ya muy cansada de tanto luchar, acompañándome en silencio en cada batalla interna, y solo preguntándome cada vez que caigo qué es lo que pueden hacer para sanar mis heridas y que así comience a luchar de nuevo.

Y no os voy a engañar, esto no es en absoluto un cuento de hadas, pero por primera vez en mi vida quiero tener un futuro y quiero luchar, no por ser aceptada sino por mí y por tener una vida junto a Óscar que, a pesar de mis miedos, mis caídas y mis retrocesos, sigue estando siempre a mi lado. Sin entender pero sin juzgarme, solo estando, escuchando y queriéndome mucho. Porque eso es lo que necesitamos: que estén, que nos escuchen sin juzgarnos y que nos quieran, ya que nosotras, por ahora, no sabemos cómo hacerlo.