«No se hizo antes por dinero y por política»

F.L.D. / Monasterio de Rodilla
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Los padres de Beatriz Núñez fallecieron al ser arrollados por un camión en la N-I. El accidente prendió la llama de la protesta social

Beatriz Núñez frente a los carteles indicadores a la salida de Monasterio de Rodilla. - Foto: Valdivielso

Durante un tiempo, Beatriz Núñez pensaba en una sola cosa sobre el accidente en el que fallecieron sus padres: que no hubieran cometido ninguna imprudencia y fuera fruto del fatal destino. Saber que Bruno y Chelo lo hicieron bien fue una tirita en la herida que nunca se cierra. Un consuelo para estar en paz consigo misma. El fin del peaje, reconoce cinco años después, fue para ella una victoria amarga. Porque para lograrla hubo mucho dolor en el camino.  

Aquel trágico 9 de diciembre de 2009 fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de los vecinos que se jugaban la vida a diario en la N-I, el germen de las protestas que encabezó la Plataforma de Afectados. Pero Beatriz no lo supo hasta muchos años después. «Me enteré de que el accidente de mis padres había encendido la llama poco antes de que se anunciase la 'liberación'. Siempre he estado muy agradecida al colectivo porque les quitó mucho tiempo e incluso hubo gente que se les puso en contra», ensalza. 

El todoterreno blanco en el que viajaban Bruno y Chelo estaba detenido a la altura del kilómetro 251  en una retención motivada por unos trabajos de mantenimiento en Rubena. A las 12:40, recibió la noticia y se desplazó con su jefe desde el desguace de La Brújula, donde aún trabaja, hasta el lugar del accidente. Al llegar, un guardia civil le hizo un gesto con la cabeza. No necesitó saber más. 

Su vida y la de su hermana quedaron marcadas para siempre en aquel instante. A lo largo de estos 14 años han tenido que aprender a estar sin ellos. Y durante mucho tiempo, Beatriz también tuvo que seguir jugando a la «ruleta rusa» en una carretera que le dejó tal infausto recuerdo. «Era una auténtica lotería que les tocó a mis padres, pero que podría haberme tocado a mí también. Es que, por muy bien que lo hicieses, aunque respetases todas las normas de velocidad, no ibas segura», subraya. 

A día de hoy, el trayecto que hace cada día para llegar al trabajo es el mismo, pero las sensaciones son bien distintas. «Sigo recorriendo los mismos 80 kilómetros que hace cinco años, pero no tiene nada que ver. No hay prácticamente camiones ni tampoco excesivo tráfico. Se va mucho más seguro. Ya no hay el temor a un adelantamiento, tampoco coches que te van achuchando por detrás. No tengo tanta ansiedad y hasta me gusta volver a casa», señala. El corto paseo que hacemos junto a ella en su pueblo, Monasterio de Rodilla, ya da una pista del cambio que ha provocado el fin de la concesión de la vieja autopista. Sólo atraviesan el municipio un par de camiones y cuatro o cinco coches por sentido separados por un espacio temporal de varios minutos. 

«Hemos ganado en calidad de vida y tranquilidad. Que no haya tanta contaminación acústica o que nuestros hijos tengan mayor seguridad en la calle es también salud. Conozco mucha gente que no vivía en Monasterio por el desazón que les producía tener que coger el coche», puntualiza Beatriz. Esa sensación, y la evidente mejora de las cifras de siniestralidad en todo el corredor hacia Miranda, demuestran a su juicio que «no se hizo antes por dinero y por motivos políticos. No tuvieron en cuenta ni los muertos ni el sufrimiento». 

Núñez también es de las que piensa que sin la lucha de la Plataforma de Afectados por la N-I el peaje nunca habría caído. Califica a Solaguren y al resto de la asociación de «quijotes», personas que pelearon por lo que parecía una quimera pero que consiguieron a base de esfuerzo. «Es una pena, no sólo que no les hayan hecho un reconocimiento, sino que ni siquiera les hayan dicho que tenían razón».