«Somos nosotras mismas quienes nos exigimos más»

F.L.D. / Burgos
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En 2023 se cumplen 35 años de la incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas. Hablamos con cinco militaresde los tres regimientos que tienen base en Castrillo del Val, todas ellas con una fuerte vocación castrense

Las cinco militares en las instalaciones de la base ‘Cid Campeador’ de Castrillo del Val. - Foto: Luis López Araico

Para romper barreras alguien tiene que dar la primera patada. Pero más que una cuestión de fuerza bruta, ese golpe inicial debe ser intencional. Hasta 1988, anteayer como quien dice, no había mujeres en las Fuerzas Armadas Españolas. El ingreso de las pioneras el 10 de octubre de ese año supuso un paso adelante muy importante porque permitía a muchas otras disfrutar de una vocación. Nuestras cinco protagonistas no provenían de una familia con tradición militar. Descubrieron que querían serlo en el momento exacto en el que una persona comienza hacerse las preguntas adecuadas. Nadie mejor que ellas para explicarnos la evolución de estos 35 años. 

María Isabel de Arriba, cabo primero del Regimiento de Ingenieros 1 con base en Castrillo del Val, lleva media vida en el Ejército. Ingresó en el año 2000, cuando apenas había mujeres que dieran el paso. «Somos cada vez más», explica antes de advertir una cuestión sobre la que asienten sus cuatro compañeras, «pero no tiene que ser una cuestión de número. Tienen que estar las que quieran entrar, ni más ni menos». Aun así, reconoce, «las cosas han cambiado mucho en los últimos años». Sobre todo porque más de uno tuvo que cambiar el chip, algo que a día de hoy resulta hasta extraño recordar. 

Esta cabo primero del RING1 ha participado en misiones en Afganistán, Mauritania o Kosovo, países donde aún hay quien se sorprende al ver a una mujer militar. «No es que te miren raro, pero sí diferente», matiza.  María Isabel, burgalesa de nacimiento, evoca lo vivido en estas operaciones. «Todas fueron muy diferentes y me aportaron mucho. Algunas fueron en ayuda humanitaria, otras para adiestrar a otros ejércitos», explica. 

Si De Arriba es la experiencia, la capitana de su mismo regimiento, María Padilla Echevarría, es la viva imagen de la igualdad en las Fuerzas Armadas. «Creo que hablo por todas cuando digo que nunca nos hemos sentido inferiores. Al contrario. A veces somos nosotras mismas las que nos autoimponemos la obligación de demostrar más. Me considero muy exigente conmigo misma», explica. Su historia con las fuerzas armadas, como la de casi todas las que protagonizan estas líneas, comenzó en el instituto. No había una historia familiar detrás, sólo vocación. Ingresó en la academia general en 2011 y sus años en Ingenieros la han convertido en «medio burgalesa». 

El padre de la sargento del Regimiento de Transmisiones 1 Angie Corrales Gil sí tuvo un acercamiento al ejército de Colombia, donde nació, y ella quiso conocer los valores de las Fuerzas Armadas. «Me siento muy bien valorada con mi trabajo y no he sentido nunca un rechazo por parte de mis compañeros», subraya. Matiza no obstante que «las mujeres seguimos partiendo de un peldaño más abajo, como que tenemos que demostrar siempre algo más para dar la talla». La teniente del Regimiento de Artillería de Campaña 11 Carmen María Gómez interviene: «Pero yo creo que somos nosotras mismas las que pensamos que tenemos que dar más para demostrar que estamos a la misma altura». Una reflexión muy similar a la que minutos antes había hecho la capitán Echeverría. 

A Gómez, que nunca antes de comenzar el Bachillerato había pensado siquiera en las Fuerzas Armadas, le llamó mucho la atención el despliegue de militares en misiones humanitarias y el hecho que no fuera «una carrera estática», en la que la rutina se instala entre la oficina y el camino a casa. «No tengo mucho bagaje, pero mi idea es quedarme aquí, en elRACA 11, de capitán, pero Dios dirá». 

Algo más de vocación tuvo la sargento del mismo regimiento artillero Sara Rodríguez Caballero, cordobesa de nacimiento a la que su familia inculcó el deber de estudiar una carrera. Cuando la terminó, dio el gran salto y se convirtió en personal de tropa y marinería.  Estuvo durante cinco años en Burgos como soldado y, tras pasar por la academia de suboficiales de Santoña (Cantabria), volvió a Castrillo. «Siempre me había llamado la vida militar y estoy muy contenta porque era lo que me esperaba. Coincido con todas en que nunca me he sentido inferior y que, si hay alguien que se exige es una misma», apunta. De hecho, en ese debate sobre la obligación por demostrar algo más que los hombres, reconoce esa sensación de carga que a veces se impregna en una carrera con mayoría varonil: «Parece que si falla una, fallamos todas. Y eso no es así», sentencia. 

Como mirar hacia el pasado no parece interesarles demasiado, miremos al futuro. Un camino que la vida castrense hace a veces incierto. ¿Qué expectativas tienen? Resoplido generalizado. «Buena pregunta», rompe el hielo la teniente Gómez del Regimiento de Artillería. En febrero estará desplegada en un ejercicio con otros países en Alemanias. «Me gustaría más una misión durante seis meses, pero este ejercicio me motiva mucho», avanza. María Isabel de Arriba tiene claro que ascender a cabo mayor enBurgos, donde tiene a toda su familia. «Yo tengo muchos frentes abiertos, la verdad. No tengo muy claro si quiero otro ascenso u otro reto diferente», señala la sargento Caballero. Lo que está claro es que en las Fuerzas Armadas, finalizan tanto Angie Corrales de Transmisiones como la capitán Echevarría de Ingenieros, «es que con esfuerzo y con trabajo duro, el que se lo propone consigue su meta».