El Seminario está vivo

GADEA G. UBIERNA / Burgos
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Rompe la tendencia y prepara a 18 jóvenes para el sacerdocio. Tres de ellos explican los porqués de su decisión

Antonio Rivas, en el medio de la primera fila; Andrés Galán y Antonio Quintanilla, primero y segundo por la izquierda de la segunda, con algunos de sus compañeros seminaristas. Todos, en el patio del claustro de la facultad de Teología. - Foto: Patricia

"No vivimos en el momento de mayor gloria de la Iglesia. Hoy se conocen los defectos de las personas que la constituimos y entre las que me incluyo", afirma Antonio Rivas, toledano de 25 años que, sin embargo, llegó a Burgos hace dos con una convicción firme: ingresar en el Seminario Mayor de San José. No fue fácil. La decisión se fue fraguando durante años y por el camino quedó una relación de pareja y el proyecto de formar una familia. Quizá numerosa. "Supuso una renuncia, pero siempre me han enseñado que la vocación es una cosa y otra distinta en qué se especifica. Yo no lo esperaba, pero se concretó así, en vocación sacerdotal. Y se fue confirmando en la paz que me daba ir tomándola: una decisión propia, específica y personal. Mi camino lo recorro yo".

Rivas, quien ha pasado buena parte de su vida en Salamanca y terminó Derecho antes de cambiar el rumbo de su vida, es uno de los 18 jóvenes que se preparan para el sacerdocio en Burgos; una de las pocas provincias de España en las que hay ahora más vocaciones que hace diez años. Y aunque algunos son de fuera (4 de Soria, uno de La Rioja y dos de Burundi), la mayoría de quienes han elegido ingresar en San José forman parte de la Diócesis de Burgos. Rivas, de hecho, lo escogió expresamente porque "era del único que tenía referencia, por un sacerdote mexicano". Y, como quienes le acompañan en este reportaje, tiene las ideas claras. "A nivel institucional, no está de moda ser seminarista y mucho menos sacerdote", reconoce, antes de señalar que "ese aparente declive" de la Iglesia católica, con un descenso progresivo de vocaciones, para él no es tal. "Igual no es tanto cantidad lo que se necesita como calidad", apunta.

Esta última reflexión es compartida en cierto modo con Antonio Quintanilla, burgalés de 19 años y también con dos años de vivencias en el Seminario Mayor. "A algunos de mis amigos les hizo gracia que entrara; incluso a quienes tenían relación con la Iglesia les parecía extraño que alguien se deshiciera de cosas que hay en el mundo para tomar la decisión, pero me apoyaron", recuerda, antes de aclarar que "se tiene la idea de que nos pasamos el día rezando, que no puedes salir, que es todo en latín... Al desconocimiento se le añade prejuicio, pero yo creo que algo está cambiando". Incluso en su familia, del Camino Neocatecumenal -él es el cuarto de nueve hermanos- costó "un poco" aceptarlo. Pero su voluntad era firma y, asegura, lo corroboró en una visita al Monasterio de La Conversión, en Sotillo de la Adrada (Ávila). "Fue como madurar de repente, darme cuenta de que Dios me estaba llamando y que aquello despertaba la semilla que Él había plantado en mí". Así, al terminar segundo de Bachillerato, entró en San José. Podía haber elegido el Redemptoris Mater, del Camino Neocatecumal, que también está en Burgos "y lo conocía perfectamente", pero eligió el Seminario diocesano: "Sentía que era mi casa; había una paz que me indicaba que era el lugar para mí".

8 de los 18 seminaristas, en la Facultad de Teología de Burgos.8 de los 18 seminaristas, en la Facultad de Teología de Burgos. - Foto: Patricia González

Andrés Galán, salmantino de nacimiento, pero criado en Burgos, de 20 años, tampoco dudó acerca de dónde debía prepararse para su vocación: en 3º de la ESO ya ingresó en el Seminario Menor y, al cumplir los 18 años, siguió. "Entré con idea de hacer amigos, de una manera un poco superficial. Pero van pasando los años y vas viendo que la vocación es importante y algo que Dios piensa para la persona, algo que piensa que me va a hacer plenamente feliz", dice, recalcando que así ha sido: "Estoy muy feliz de seguir en el Seminario y poder ser sacerdote algún día".

De su futuro día a día van tomando conciencia no solo con la convivencia en el inmueble del paseo del Empecinado, sino con los estudios en la facultad de Teología (dos años de Filosofía y tres de Teología) y con cierta actividad pastoral: Rivas, en San Rafael Arnáiz (G3); Quintanilla, en Espíritu Santo (G9); y Galán, en El Salvador (Capiscol). Y, de esta manera, no solo aseguran estar reafirmando su vocación, sino también su planteamiento acerca de lo que ellos pueden aportar a la Iglesia como sacerdotes.

Quintanilla, por ejemplo, considera que "a la Iglesia le falta naturalidad. Vivimos en un mundo muy poco natural, muy postizo, con las redes sociales. Y en la Iglesia tenemos que ser naturales; es decir, realistas y predicar con el ejemplo. Si tú lanzas el mensaje de Jesucristo y la sociedad ve tantas cosas que se han conocido... Necesitamos naturalidad". Una reflexión que Rivas apostilla recordando que "hay que reafirmar el mensaje propio de la Iglesia, que es el mismo de ayer, de hoy y de mañana, y perfectamente compatible con acoger a cualquier persona: de otras religiones, ateos, hombres, mujeres, ricos, pobres... No se puede hacer de la Iglesia un grupo estufa". Y, para Galán, lo más importante es mantenerse cerca de las personas: "Un sacerdote es una persona que es como un puente que acerca a Dios a los hombres".

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