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Pío Baroja en la plaza mayor de Aranda

Máximo López Vilaboa
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La novela 'Con la pluma y con el sable' de este escritor destacado de la generación del 98 sirve de valioso documento histórico sobre los primeros años de la década de los '20 del siglo XIX en la capital ribereña, escenario de los hechos

Soportal Sur de la Plaza Mayor en los años 60. Es lo que Pío Baroja se refiere como ‘La Acera’. - Foto: Archivo Máximo López

En febrero de 1915, hace ahora un siglo, Pío Baroja concluía la novela Con la pluma y con el sable, en la que narra la etapa arandina de Eugenio de Aviraneta. Este personaje, fundamental en la narrativa barojiana, existió en la realidad y murió en 1872, precisamente el año en que nacía Pío Baroja. El novelista de la generación del 98 le haría inmortal recreando su dilatada vida en 22 novelas, una serie histórica que lleva por título Memorias de un hombre de acción. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) Aviraneta fue alcalde de Aranda de Duero. En las primeras páginas de la novela, Pío Baroja recrea así la mañana de un día festivo por la Plaza Mayor de Aranda:

«Eran las doce de la mañana de un día de fiesta del año 1820. Comenzaba el mes de julio, hacía calor. Los arcos de la plaza de Aranda de Duero rebosaban. La gente había salido de misa de Santa María y el señorío, los menestrales y los aldeanos de los contornos se refugiaban en los porches, huyendo de las caricias de Febo, que apretaba de lo lindo. Este soportal donde se paseaban los arandinos se llamaba ‘la Acera’. Los que han conocido los pueblos españoles después de la emigración de las aldeas y los campos a las grandes urbes no pueden figurarse claramente lo que era una ciudad pequeña a principios del siglo XIX. En nuestro país y en esta época los pueblos chicos se sentían más fuertes que hoy, tenían una vida relativamente más rica que las grandes ciudades. El siglo XIX fue el encargado de nutrir las urbes con la savia de las aldeas y de las villas. Hoy nuestros pueblos se caracterizan por ser incompletos. Abandonados por el elemento rico y ambicioso, no quedan en ellos más que gentes sin energía, una fauna de pantano, constituida por campesinos toscos y señoritos apagados casi conscientes de la inutilidad de su vida. En estos primeros años del siglo XIX se iniciaba ya el éxodo a las ciudades; la capital todavía no atraía tanto como más tarde; la diferencia entre el vivir aldeano y el ciudadano no era fundamental, y mucha gente adinerada prefería el aldeano, lo que hacía que la vida de los pueblos fuera algo más amplia y su dinámica más compleja. Aranda de Duero en 1820 no llegaba a las cinco mil almas, pero tenía algún movimiento, cierta vida. Después del gran desastre de la guerra de la Independencia, unos pocos pueblos castellanos habían comenzado a trabajar con entusiasmo para reconstituirse; entre ellos estaba Aranda».

Cuando Pío Baroja se refiere a ‘la Acera’ lo hace por el soportal Sur de la Plaza Mayor, el único que estaba embaldosado a mediados del siglo XIX. Se había hecho con las losas del convento dominico del Sancti Spiritus, destruido por un incendio el 10 de junio de 1813 durante la huída de las tropas de Napoleón. A continuación Pío Baroja hace un retrato de la incipiente actividad industrial que se desarrollaba en Aranda, reflejo de los nuevos tiempos y de la renovación de ideas:

«Había allí fábricas de hilados y tejidos de lino, de cáñamo y mantelería para el consumo de la comarca; de curtidos, de cerámica, de cordelería, de alpargatas... La agricultura estaba relativamente próspera. Aranda sentía deseos de renovación y de mejora. Era el único pueblo de la provincia con un núcleo liberal importante; todos los demás, comenzando por la capital, por Burgos, se sentían furiosamente absolutistas. El liberalismo del elemento culto de Aranda, la influencia ejercida en toda la comarca por el Empecinado, impulsaban a gran parte de los habitantes de la villa a aceptar con entusiasmo las ideas y planes de la Revolución española y a pensar en la manera de levantarse y progresar. Un núcleo de arandinos había hecho un programa indicando los medios necesarios para impulsar las industrias, mejorar la agricultura y arreglar los caminos, que desde la guerra de la Independencia se veían abandonados y deshechos. En este núcleo estaban los Flores Calderón, los Moreno, los Verdugo, los Mansilla, familias ricas y distinguidas de Aranda. Para obra tan importante y trascendental se contaba con el nuevo ayuntamiento nombrado por el Gobierno revolucionario de Madrid. Otra de las reformas en que la mayoría del pueblo esperaba mucho era la creación de la milicia nacional voluntaria. Después de la guerra de la Independencia el bandolerismo había crecido en España, el campo era inseguro. Se creía que la milicia voluntaria podría llegar a imponer la tranquilidad y el orden en la comarca. No era fácil, ni mucho menos, organizar estas milicias en los pueblos; faltaba dinero para los uniformes y las armas. Estos se tenían que adquirir lentamente. En Aranda más de la mitad de la milicia se hallaba equipada al mes de comenzar su organización. Todos los domingos por la mañana o por la tarde se hacía el ejercicio en los alrededores o en la plaza del Obispo».

Esta plaza son los actuales Jardines de Don Diego, que era conocida como la plaza del Palacio o la plaza del Obispo porque en ella estaba el palacio del obispo de Osma (lo que luego se convertiría en el colegio y convento de los claretianos). Por la amplitud del lugar ha sido utilizado en distintas etapas históricas para concentrar a la tropa y hacer maniobras, tal como lo cuenta Baroja:

«Los soldados de la milicia, y sobre todo los oficiales, se mostraban orgullosos de sus uniformes y los lucían los domingos y días de fiesta con entusiasmo. Este domingo del año 1820, en que comienza nuestra crónica, se veían por los arcos de la Plaza Mayor más jóvenes que de ordinario vestidos con el uniforme de nacionales. La gente del pueblo les miraba con simpatía, las chicas encontraban que hacía bien ir acompañadas de un miliciano, con su levita entallada y su gran morrión, por ‘la Acera’».