El paso de la borrasca Kirk a principios de octubre dejó tras de sí un reguero de daños a lo largo y ancho de la provincia. Desprendimientos de fachadas, derribo de farolas, caída de muros, contenedores, veladores y mobiliario de terrazas o desplome de árboles fueron el resultado final. Un mes y medio después la práctica totalidad de los desperfectos han sido subsanados... salvo en rincones muy puntuales.
Es el caso de Quintanas de Valdelucio, un pequeño municipio en pleno valle, al pie de la carretera a Aguilar de Campoo, y que vio cómo una veintena de grandes chopos ubicados a la orilla del río Lucio se vinieron abajo. El incidente no causó daños personales, aunque sí condiciona desde entonces la vida de sus vecinos. Los árboles, de un porte muy considerable, han cortado por completo un camino paralelo al cauce, además de impedir el acceso de los tractores, los cultivadores y las sembradoras a una decena de parcelas agrícolas.
El alcalde, Juan Carlos García, llamó nada más producirse la caída a la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD) para ponerles sobre aviso y tratar de que retiraran lo antes posible los ejemplares. Sin embargo, seis semanas después, sigue sin obtener respuesta alguna. «Hemos llamado y mandado correos electrónicos desde el Ayuntamiento, pero nadie nos contesta», denuncia. Es más, recrimina que la única solución que le dan es que siga insistiendo para obtener una cita previa en la que pueda ser atendida su solicitud.
Como agricultor le preocupa que, ante la lluvia que se anuncia a partir de este jueves y el recrudecimiento del invierno, cerca de 20 hectáreas de labranza se tengan que quedar en barbecho lo que resta de campaña. Del mismo modo, apunta el «riesgo real» que supondría una puntual crecida del río, ya que el agua, asegura, podría llegar con facilidad hasta la carretera de acceso al pueblo.
Desesperación. El regidor reconoce que ellos no pueden actuar motu proprio e implora a la Confederación Hidrográfica del Duero a que sea ella la que despeje la zona afectada. «Los vecinos no hacen más que preguntarme que qué pasa y ya no sé ni qué decirles», reconoce García.
La envergadura de los chopos obliga a que sea una pluma de grandes dimensiones la que tenga que trabajar, amén de las restricciones que impone el organismo para modificar los cauces. «Ellos cobran impuestos y ponen multas con las que recaudan dinero. Que lo utilicen ahora para solucionarnos un problema del que nos llevamos quejando un mes y medio», relata desesperado el alcalde, que admite que no cesará de llamar a las puertas que haga falta para que la normalidad que se vivía antes de la llegada de los vientos huracanados de Kirk sea, como en el resto de la provincia, ya parte del pasado.