«Nunca perdería 500 días en el interior de una cueva»

I.L.H. / Burgos
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ENTREVISTA | Hasta hace 2 años ha sido miembro del Grupo de Espeleología Edelweiss, y lo es de la Sociedad Española de Espeleología y Ciencias del Karst. Ana Isabel Ortega Martínez recoge el sábado el Premio Espeleo 2024 por su labor investigadora

Ana Isabel Ortega Martínez, premio Espeleo 2024 por su labor investigadora. - Foto: Luis López Araico

Su labor centrada en la arqueología y la prehistoria, con especial interés en los entornos kársticos, será reconocida este sábado cuando recoja el premio Espeleo 2024 que otorga el Grupo de Espeleología de Villacarrillo (Jaén). Antes de viajar a Andalucía para recogerlo, Ana Isabel Ortega charla sobre el galardón, su trabajo en las cuevas, los recuerdos infantiles o la excepcionalidad de la provincia en cuanto a paisaje kárstico. Miembro del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana (Cenieh), la espeleóloga se enfrentará también en breve al discurso de ingreso a la Institución Fernán González como académica numeraria.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando le concedieron el premio?
Hace seis años, en 2018, se lo dieron al Equipo de Atapuerca y acudí en su nombre a recogerlo. Recuerdo estar muy contenta porque era un reconocimiento al trabajo en relación con el karst, algo inusual. ¡Imagínate ahora que me lo dan a mí! Me siento orgullosa y muy contenta. Sobre todo porque aunque he trabajado distintas facetas de la arqueología, nunca he dejado de ocuparme de las cuevas y del paisaje kárstico.

¿Se siente más espeleóloga que arqueóloga?
Me siento totalmente arqueóloga y siempre digo que soy espeleóloga de cuevas horizontales. Desde que entré en Edelweiss me vinculé a Salvador Domingo Mena, que estaba haciendo su tesis sobre la ocupación de la galería del Sílex. Desde ahí mi faceta siempre ha sido arqueológica, pero en el medio kárstico, es decir, en cuevas.

¿De quién se acordará el sábado cuando lo recoja?
Mi cumpleaños es el domingo, así que es un bonito regalo. Me acordaré de Salvador, José Luis Uribarri, Emiliano Aguirre -que tenía mucho interés en que se creara una cátedra de la arqueología en la espeleología- y de los codirectores de Atapuerca. De mi marido Miguel, por supuesto, y de mis hijos, claro.

Esa cátedra aún no existe en Burgos, ¿es un reto su creación?
Bueno, sí, es una tarea pendiente. Aguirre hablaba de crearla donde fuera, aunque es verdad que quería que fuera en la Universidad de Burgos porque pensaba que me podía encargar yo. Pero no se hizo ni aquí ni en ninguna otra parte. 

Las 3.000 cuevas naturales de la provincia y el gran número que fueron ocupadas la hacen excepcional»

¿De pequeña hacía cabañas o buscaba cuevas para jugar?
No, nada de eso. Lo que sí me acuerdo es que con 10 años -vivía en  Diego Luis de San Vitores, frente a Jesuitas- nos dejaban ir a Fuentes Blancas en bici y cuando cruzabas por encima del tren había una roca en la que siempre me fijaba. ¡Yo decía que eso era un santuario de la gente de la Edad de Hierro! -afirma con una amplia sonrisa- Me gustaba ver las cosas raras del paisaje. La primera vez que entré en una cueva estaba en un campamento en Valdelateja, y en una prueba de orientación me guie por las rocas singulares que había visto en el paisaje.

Del interior de las cuevas se pueden conocer aspectos del paisaje exterior. Hizo un estudio sobre la evolución del clima en Burgos, ¿qué dicen las cuevas del cambio climático?
Las cuevas se producen por la disolución del agua y se crean sedimentos al entrar en contacto con la caliza creando estalactitas y estalagmitas. Como esa es una relación directa con la lluvia, de los componentes que tenga ese agua queda una huella en las estalactitas y estalagmitas. Así se puede reconocer qué clima había en el exterior. Nosotros estudiamos los últimos 3.000 años y quedaban reflejadas las crisis climáticas. Y algo que se vio claramente es que a partir de los años 60 del siglo pasado se incrementaban notablemente los niveles de CO2 y a la vez la temperatura. El estudio lo hicimos sobre cavidades de Cueva del Cobre, en Palencia y Kaite (Ojo Guareña) y Galería del Sílex (Atapuerca) en Burgos.

Entrar donde nadie ha entrado es emocionante, pero lo es más explorar donde lo hicieron otros hace miles de años»

Las cuevas ofrecen grandes datos, pero la acción humana puede acabar con ellas. Hace unos años un vecino de Cueva de Juarros destruyó un yacimiento prehistórico por montar un altar para la Virgen. ¿Es falta de educación o necesidad de darle 'utilidad' a las cosas?
A veces no hace falta hacer nada para deteriorarlo. Entras, respiras, proporcionas calor y quizá bacterias. Ahí está Altamira. Cuando una cueva es importante, ocurre además ese dilema de que pueda y deba estar al alcance de todos. Una dicotomía que llevó a crear una réplica. En Cueva de Juarros lo que ocurrió fue una intervención particular de un vecino. Ese enclave es una surgencia especial, un punto importante geológicamente. Este señor intervino porque consideró que la cueva debía estar 'humanizada'. Por eso 'arregló' las paredes (puso recto el perfil estatigráfico), retiró sedimentos y subió el suelo para colocar una Virgen. Fue entonces cuando aparecieron restos humanos. Llamaron a la Guardia Civil y como pensaron que eran de la Guerra Civil los depositaron en el cementerio. Pero no podían ser de entonces porque coincidían con un nivel estatigráfico prehistórico. Además aparecieron unas herramientas y cerámicas en una zona que adecentaron como un rosal. Hicimos catas y daban desde un Neolítico antiguo (unos 7.000 años) hasta momentos de actividad medieval.  

Según su inventario hay unas 3.000 cavidades naturales en la provincia, y más de 650 han tenido ocupación humana. ¿Son cifras normales o estamos ante un territorio excepcional?
Es espectacular, sin duda. Es  una de las provincias más ricas a nivel de karst, aunque no debemos olvidarnos de cántabros y alaveses porque las fronteras son artificiales y formamos parte de una misma cordillera. Pero sí, Burgos es excepcional en el número de cuevas y en el de ocupación humana.

El año pasado Beatriz Flamini vivió 500 días en una cueva. ¿Nunca se ha sentido tentada?
¿Perder 500 días en una cueva? No, gracias.

¿No le gustaría emular a quienes vivían en ellas?
Eso ya lo hacemos cuando meriendas en una, por ejemplo. Porque vivían en las entradas. Más adentro también, pero lo hacían para explorar. Y eso ya lo hago con ese mismo fin, pero no para pasar 500 días...

¿Ni siquiera como investigación?
No, porque soy arqueóloga. Mi interés es la singularidad del karst, cómo se ha usado una cueva y conocer el paso de otros. Y necesito ver lo que hay, la oscuridad total impresiona.

En su día se habló de crear una cátedra de la arqueología en la espeleología. Pero no se ha hecho»

¿Qué se siente cuando visita una cueva que no ha pisado nadie o que vuelve a pisar 10.000 años después de los últimos moradores?
Estar donde nadie ha estado es muy emocionante. Te sientes exploradora de verdad, descubridora. Pero te diré que cuando descubres algo que ya descubrieron los prehistóricos eso es excepcional porque estás dándote cuenta de que otros antes eran igual de capaces que tú o más. Te hace sentir que somos pequeños y a la vez grandes.

¿Qué es lo más importante que le ha enseñado el karst?
Buf... Son muchas cosas. Lo más importante es observar y descubrir. Pero sobre todo aprender a ver: tanto en restos humanos como en la forma o el paisaje. La emoción de entender lo que estás viendo.