¡Y que hasta Carlos III toque la pandereta!

A.S.R.
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La interpretación de la 'Jota burgalesa' en la Plaza Mayor con el Ballet de Elena Munguía como cierre del Festival de Folclore, hasta entrados los 80 enmarcado en San Pedro, es uno de sus recuerdos más vivos

Pilar Alonso se subió varios años al escenario de la Plaza Mayor dentro del Festival de Folclore, que se celebró en San Pedro durante algunas ediciones. - Foto: Cedida por P. Alonso

Con la mano en el corazón vive Pilar Alonso las fiestas de la tierra sagrada donde nació y suelo bendito donde morirá. No se ha perdido una. Dice participar de todo, pero se emociona especialmente con lo que destila tradición. La historia y el arte caminan a su paso desde que apenas los daba. Los Sampedros de su infancia son los del Festival de Folclore en la Plaza Mayor, el olor de las flores a los pies de la Seo, el dulce sabor de los churros compartidos con su familia...


«Siempre he querido mucho a Burgos. Me siento muy orgullosa de mi tierra. Me impactaban los actos solemnes como el canto del Himno a Burgos, la ofrenda de flores a Santa María la Mayor...», recuerda la profesora de Historia del Arte de la Universidad de Burgos (UBU) antes de aventurarse por la inocencia infantil y observar que aquellas fiestas de los ochenta eran las que cualquier niña pudiera imaginar. Y siente el vértigo de cuando subía a la noria, el cosquilleo de ponerse al volante de los autos de choque, «que eran los favoritos», el asombro de los fuegos artificiales estallando en el cielo o el colorido de la cabalgata.


El piano, que marca la banda sonora de su vida, enmudece durante estos días para que suenen las castañuelas y la pandereta de la música castellana. El Festival Internacional de Folclore, que hasta bien entrados los ochenta se celebraba en el marco de San Pedro y San Pablo, irrumpe con fuerza en su memoria, dentro de la filas del Ballet de Elena Munguía. «Bailábamos las danzas típicas de Burgos y provincia y el final siempre era muy impresionante porque terminábamos con la Jota Burgalesa interpretada por todos los grupos de la ciudad. Era muy bonito», se traslada a aquella Plaza Mayor en la que hasta un pétreo Carlos III movía el pie al ritmo de la dulzaina y la caja.


Vistió el traje típico desde los cuatro a los 15 años. Las clases del colegio y las del Conservatorio la dejaron sin horas y colgó el hábito folclórico, pero no su pasión por las raíces. «Burgos siempre será reconocido por el patrimonio material, pero también por el cultural, como este festival, que tanto ha crecido con el tiempo y representa nuestros valores humanos, creencias, tradiciones...», subraya y advierte el asombro que este acervo provocaba en quienes venían de fuera. «Ya desde pequeña esto me llamaba mucho la atención».


En la banda sonora de su vida también destacan el pito del baile de Gigantillos y Gigantones, la melodía de los bailables en la verbena y, sobre todo, las patrióticas notas de la obra de Calleja y Zurita, que de pequeña le enseñó su abuelo Eladio, «tanto la música como la letra, fue de las primeras canciones que aprendí», y que escucharlo y cantarlo la sigue emocionando.


Pilar Alonso compartía todos estos momentos en familia (ella es la segunda de cuatro hijos). «Recuerdo las primeras fiestas con mi hermano mayor y luego como ejercía yo de hermana mayor enseñando todo a los demás», se deja llevar por una suerte de melancolía que la guía por cada uno de los actos festivos en la calle, pero también dentro de casa, donde la celebración se traducía en comidas especiales y marcadas por productos de la tierra.
«Era muy entrañable», insiste y rescata el sentimiento de unión y de orgullo que destilaba toda la ciudad. Un pálpito que continúa latente en ella y aflora siempre puntual durante los Sampedros. Y es que confiesa que sigue participando de ellos con la misma intensidad, ilusión y admiración que cuando era niña.