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Editorial

La reforma de las pensiones nace con signos placistas

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Uno de los grandes males de España de este tiempo es la falta de entendimiento entre los grandes partidos que desde la Transición han ido alternándose en el Gobierno. La ausencia de puntos en común, la polarización y la abonada crispación están propiciando una política cortoplacista en el momento más delicado de nuestra historia contemporánea, y en el que tantas oportunidades de reconstrucción existen.

En este contexto, se escenificaba ayer un acuerdo básico para la reforma de las pensiones. Los firmantes, Gobierno y agentes sociales, ante la necesidad del presidente Pedro Sánchez de mostrar gestos fiables a Bruselas, con giros hacia la sostenibilidad y fiabilidad del sistema, han trabajado en los aspectos en los que podía haber un pacto más fácil y han dejado para futuras negociaciones las cuestiones más ásperas. La garantía de revalorización sobre el IPC calma las aguas, y sobre todo asume el gran poder del voto que tienen los pensionistas, y que los partidos nunca quieren perder de vista.

La primera parte de la reforma nace, por lo tanto, con un consenso básico, dándose un plazo de unos meses para negociar el famoso mecanismo de equidad intergeneracional que, se supone, operará a partir de 2027 y sustituirá al factor de sostenibilidad, que incluyó la reforma de Rajoy y que tanta discusión genera. Esta situación pone en cuestión si alguna vez se aplicará realmente esta medida, teniendo en cuenta lo que ha sucedido cuando se han querido ejecutar decisiones restrictivas en materia de pensiones. No en vano, las exacerbadas críticas del líder de la oposición, Pablo Casado, ponen de manifiesto la polarización y cuestionan la estabilidad del nuevo sistema que se quiere implantar. 

España está perdiendo oportunidades frente a sus competidores por este distanciamiento, que impide que se asienten unas bases sólidas en los grandes asuntos de Estado, que requerirían pactos para favorecer la durabilidad de acuerdos para dar seguridad, al menos en cuestiones tan trascendentes como el de las pensiones, la educación o la reconversión industrial. En un cambio de ciclo como en el que nos encontramos, sería mucho más ventajoso para el país que se encontraran puntos en común para generar confianza en la ciudadanía, pero también en los mercados, en los inversores y en las relaciones internacionales. 

Tomar decisiones está en el debe de la clase política, pero en el asunto de la jubilación se están dejando demasiadas brechas abiertas. La segunda parte de la negociación ha nacido ya con líneas rojas de alguno de los agentes que tendrán que firmar. Todo sigue estando abierto.