Rescate peligroso de una joven desaparecida

I. ELICES
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Agentes locales, bomberos y sanitarios se jugaron el tipo en el viejo secadero de Granja Palomares para atender a la mujer, de 19 años, que anunció su intención de suicidarse

Granja Palomares en un gran edificio abandonado y en semirruina. - Foto: Miguel Ángel Valdivielso

Será muy difícil que la noche del pasado jueves se pierda entre los recuerdos de Sergio González y Guillermo Rubio, dos agentes de la Policía Local cuya tenacidad fue fundamental para encontrar y salvar a una joven de 19 años de la zona sur que desapareció y avisó de que iba a suicidarse. Su tesón les llevó a no abandonar una búsqueda que en principio tenía todos los visos de fracasar, debido a la ingente superficie que había que peinar y a los obstáculos que tuvieron que salvar para dar con ella en el ‘campo de minas’ en que se ha convertido el viejo secadero de Campofrío en el paraje de Granja Palomares, entre el Crucero y Cortes.

A las 21,45 horas del 16 de abril entró la llamada de un hombre que informaba de que su hija no había vuelto a casa y que tanto él como su hijo se hallaban buscándola en el entorno de la Granja Palomares. Habían acotado el rastreo a esa zona porque la chica había contactado con una amiga y le había enviado vía Whatsapp la ubicación de donde se hallaba, en un mensaje en el que también le decía que quería quitarse la vida. Los dos policías cogieron el coche patrulla y se dirigieron a la zona sur, a un espacio «mal iluminado» -no hay farolas de ningún tipo- y muy amplio. La situación indicada por Google Maps se detenía en un punto concreto, la puerta de entrada a la finca donde se sitúa el antiguo secadero de jamones, «pero podía estar en cualquier parte». De hecho, antes de saltar la valla para acceder a los edificios, recorrieron los inmuebles que allí se alzan -en los que viven dos o tres familias- para ver si se encontraba fuera o «metida en una chatarrería» que hay en las inmediaciones.

A los funcionarios de la Policía Local algo les decía que tenía que estar en las viejas instalaciones de Campofrío, aunque no tenían manera de comprobarlo antes de entrar, pues la amiga que contactó con la familia de la desaparecida había apagado el móvil y fue imposible hablar con ella hasta tiempo después. En todo caso, los agentes siguieron su instinto y se adentraron en el recinto. Primero revisaron las antiguas cochineras, un edificio de planta baja situado muy cerca de un sector de la tapia que está tirado y por el que se puede pasar con facilidad. Pero allí no estaba.

De allí se movieron al inmueble de cuatro alturas que domina la parcela. Nada más pasar se percataron de que no lo iban a tener nada fácil para moverse por allí, debido a la oscuridad pero también a las innumerables trampas que se iban a topar en su camino. Ellos jamás habían estado allí, aunque pronto comprobaron que había signos de que otros burgaleses sí lo han frecuentado en las últimas dos décadas, después de que Campofrío cerrara las instalaciones. Grafitis de todo tipo adornan los muros exteriores y paredes interiores y hay restos reveladores de que se trata de un lugar de reunión de jóvenes en torno al botellón, incluso pueden observarse restos de fogatas.

(Más información, en la edición de papel de hoy de Diario de Burgos)