«La cárcel es la tapadera de los problemas que la sociedad no ha resuelto»

R. Travesi / Burgos
-

José Baldomero, capellán del Centro Penitenciario de Burgos - Foto: Patricia González

Lleva 34 años como sacerdote, de los que 22 ha prestado sus servicios en la Prisión. Antes de esta labor en la cárcel, había sido misionero en México pero un accidente de un familiar le obligó a regresar a Burgos. José Baldomero y Enrique, el otro capellán, acuden casi a diario al Penal. Pide perdón a los reclusos pero piensa que en la cárcel está la cloaca social. «Lo que no funciona, lo mandamos allí. Pero allí no se es capaz de tratar esas aguas residuales para que sean potables», apunta. Es, además, el coordinador nacional de Formación de Pastoral Penitenciaria.

 

Confiesa que al principio cuando aceptó el encargo de ser capellán del Centro Penitenciario sintió miedo porque era un mundo totalmente desconocido para él. José Baldomero Fernández de Pinedo (Burgos, 1954) tenía en mente toda la mediatización social que había sobre la cárcel como un lugar negativo y con dificultades. Ahora, ya se ha hecho a esa labor y acude a la prisión, sobre todo, a escuchar.

¿Esos temores que tuvo en un primer momento se fueron diluyendo con el tiempo?

Se van diluyendo y además te relajas pero no pierdes nunca de vista de que la cárcel es un lugar atípico y anormal. No deja de ser un sitio donde la gente no quiere estar. Hay un componente negativo en todo momento, no solo por el delito que se achaca a las personas allí retenidas sino porque la cárcel es castigo. Prima el castigo frente a la educación.

¿Cuál es la labor de un capellán en un centro penitenciario?

La primera de todas es escuchar a las personas. Nosotros vamos desde la fe y el Evangelio de Jesús. Es una escucha atenta, comprometida y abriendo posibilidades y caminos.

¿Hacen un papel de psicólogos?

Sí. Hacemos de todo. Hace falta ser un poco psicólogo, sociólogo y jurista. La religión tiene que ayudar a la persona a elaborar su interioridad para sacar sus cualidades. Solo así logrará dar respuesta a sus carencias y poder crecer como persona. Cerca de un 25% de los reclusos tienen problemas mentales y eso nos obliga a derivar esos casos a profesionales sanitarios. Pero lo mismo en casos jurídicos.

¿La justicia es igual para todos?

La justicia no es igual para todos. Solo hay que verlo en los periódicos. Las personas pudientes no están en la cárcel, lo cual nos dice que la justicia no es igual para todos. La cárcel nos ayuda a ver cómo funcionamos en nuestra sociedad. Cuando uno entra en la cárcel, se masca la injusticia. El gran problema de la justicia es que las personas están en un segundo plano. El delito es lo que importa y está por delante de la persona. Y es posible que tras el fallo, ni la víctima ni el agresor queden contentos con esa resolución. Por que no ha habido diálogo, encuentro ni mediación.

¿Es la cárcel un reflejo de la sociedad?

Totalmente. Suelo decir que la cárcel es la tapadera de los problemas sociales que nosotros no hemos resuelto socialmente. Hemos cerrado psiquiátricos. ¿Donde mandamos a estos enfermos mentales? A la cárcel. El consumo de pastillas se agrava allí y deteriora a la persona. La cárcel no resocializa. El sistema cárcel, actualmente, no funciona. Prueba de ello es que un 60% de los reclusos es reincidente. No es que ellos sean malos sino que la sociedad está fallando a la hora de acertar para tratar a esa persona de forma adecuada y para que tenga un comportamiento y oportunidades para cuando acabe la condena.

¿La cárcel es castigo y no reinserción?

Por supuesto. Además, es lo que la sociedad demanda. Si una persona con una actitud de agresión sexual o de robo no se corrige ni se soluciona, solo logramos retener más o menos tiempo a ese individuo. Pero cuando salga, seguirá siendo una bomba de relojería.

¿Se trata de recluir a un delincuente para que no moleste?

Falta la mentalización para resolver un problema. Habría que crear otros espacios de desintoxicación para la gente que quiera dejar la droga, personas que resuelvan el problema de la inmigración o el tema de la familia que genera en episodios de violencia de género. En ningún caso, trato de exculpar los delitos pero la sociedad no resuelve los problemas. Todos los problemas los judicializamos y les penalizamos en lugar de meterles en la dinámica de la educación. Es lo más sencillo pero lo menos efectivo. Hablamos de una sociedad enferma porque no sabe abordar las realidades. Si supiésemos escuchar y leer la cárcel, tendría que ayudarnos a prevenir los delitos de mañana.

¿Y cuál es, a su juicio, la solución a la situación penitenciaria?

Creo que la Justicia tendría que dejar más paso a la mediación. Es ahí donde se puede generar comprensión, diálogo, perdón y misericordia. Y eso solo es posible con la Encarnación.

¿Le consideran un sacerdote al uso?

La cárcel te condiciona. Lo más importante allí es estar cerca. No puedo imponer mis ideas. Tienen que ver que somos personas cercanos ,que les escuchamos y que nos interesa su realidad. Por supuesto, les decimos desde dónde vamos para ofrecerles una perspectiva, donde prima la dinámica humana desde el espíritu que mueve la Iglesia.

¿Cómo interpreta el gesto del nuevo Papa al elegir una cárcel de menores para realizar el tradicional lavado de pies en Semana Santa?

El misterio cristiano de la Encarnación consiste en que Dios se hace uno de nosotros en nuestra pobreza. Dice un autor que desde que Dios se puso a lavar los pies a sus discípulos ya no está en las alturas si no que está en la debilidad humana. Si queremos celebrar, de verdad, la fe tenemos que ponernos a disposición de los más pobres como hizo Jesús.

¿Por qué un recluso acude a un capellán?

Por muchos motivos. A veces cuando uno está en situación apurada toca todos los palos. Uno, es el capellán. Algunos porque necesitan un lugar para el permiso, otros porque quieren dialogar o para sacar a la luz todo lo que guardan y se amparan en nuestro secreto de confesión. O, simplemente, por deseo de seguir practicando su fe.  

¿Y el motivo para acercarse a la religión?

Cuando uno toca fondo, hay que plantearse la trascendencia. Si nosotros leemos la Biblia vemos que gran parte de ella está escrita desde espacios de dolor, esclavitud y de sin sentido.

¿Por qué la sociedad tiene tan estigmatizada la cárcel?

Hay que hacer una labor de sensibilización. Nosotros tratamos de dar otra visión de la cárcel y vamos a las parroquias, los colegios y la Universidad. Hay una serie de tópicos que son falsos como que por una puerta se entra y por otra se sale, que la cárcel es un hotel de cinco estrellas y de quien la hace la paga. Cuando lo conoces desde dentro, te das cuenta de que eso no es así. La sociedad tiene que saber que la cárcel es una realidad social. Me gustaría que la prisión tuviera varios días de puertas abiertas. Y nos llevaríamos las manos a la cabeza. También estamos muy mediatizados por los medios de comunicación. El problema de la cárcel es el problema sin resolver del paro, las drogas, la inmigración y la familia.

¿Urge una mejora del sistema penitenciario?

Los que trabajamos en la cárcel somos víctimas de la cárcel porque es un espacio negativo que condiciona mucho. La cárcel cambiará cuando la sociedad desee que hay que dar otro rumbo a ese lugar. Cuando la gente vea que nos gastamos un montón de dinero y que no sirve para la función de resocialización.

¿Entre su labor está el de tratar de cambiar a un preso?

En mi vida he tratado de cambiar a nadie, ni en la cárcel ni fuera. Mi labor como creyente y sacerdote es ayudar a la gente a comenzar su proceso personal. Es decir, si yo trato de convencer a alguien le estoy poniendo un proyecto que es mío. Solo trato de ayudar y que ese proceso suyo personal sea, a ser posible, desde el Evangelio para que le ayude a crecer como persona.

¿Impone respeto entrar en un centro penitenciario?

Sí. Al principio, te impone miedo. Hoy, me impone respeto. Sobre todo, porque me voy a encontrar con personas. Independientemente de lo que hayan hecho son personas y, por lo tanto, es un misterio.

¿Ha sentido miedo físico?

Nunca. Ha habido circunstancias y momentos, hasta amenazas, pero no he sentido miedo.

¿Ha cambiado el perfil del preso?

Los perfiles cambian cada 7 u 8 años. Al inicio de la Transición, eran presos políticos. Luego, entra todo el fenómeno de la droga con el recluso yonki. Después en los años 90, toma protagonismo la cocaína con personas llegadas de Hispanoamérica que traen la droga y con los que se puede trabajar bien. Ahora, vienen personas por agredir a sus parejas tanto física como psicológica. Mucha de la violencia de género se podría haber arreglado con una buena mediación, sin necesidad de estar en la calle. Eso, al final, denigra la relación, la persona y los que más lo sufren son los hijos. También, hay bastantes casos con delitos de seguridad vial.

¿Cómo se gana la confianza de una persona en un lugar donde todo es desconfianza?

En nuestro caso, el secreto y la confidencialidad influyen mucho. Hay personas que te confían delitos concretos que tienes que callarte. Esto te da cierta capacidad para pedir que sean más abiertos. Hay que respetar el proceso de cada persona y no pedir que en unos días se abran de par en par.