Café con patatas en la piscina de Macondo

P.C.P.
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«Labor de muchas horas» ha sido para las patrullas de la Guardia Civil hacer entender a los mayores que la realidad en la que vivían ha cambiado y que ahora hay otra para la que se han tenido que crear nuevas palabras y hábitos

Lamento por no poder seguir en la huerta. - Foto: Patricia

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La Guardia Civil Rural es pura paciencia

‘El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo’. Los mayores, y algunos no tanto, de los pueblos son en este estado de alarma aquel niño Aureliano Buendía al que su padre le lleva a conocer el hielo. Necesitan quien les guíe en este duro tránsito hacia la nueva normalidad, arrancados de un Macondo en el que llevan no Cien años, pero casi, de soledad e incomunicación. En una realidad que era la suya, hasta que ha venido el señor Real Decreto a decirles que no pueden ir a plantar patatas, a sentarse en el banco a captar los rayos de sol, ni charlar dos horas barra de pan en mano.

«Qué bien se lleva todo de joven», exclama Amelia tras la verja de su casa de La Cueva de Roa. El día 13 cumple 96 años y no sabe si va a poder venir alguien a felicitarla además de las vecinas que pasan fugazmente por la ventana y su hija, a la que le van «todas las briscas» desde que empezó el estado de alarma. «Estamos esperando a que llegue el final», dice, y se hace un silencio incómodo que ella misma deshace. «Del confinamiento». Suspiran aliviados el alcalde, Ignacio, y la patrulla de la Guardia Civil que han acudido a ver cómo se encuentra. «Con paciencia, con calma, todo se pasa», apunta mientras mira a la piscina vacía y empieza a acordarse de los nietos y de los bisnietos. ¿Cómo se le explica a una madre que su hijo no puede ni debe venir a darle un beso? «Es labor de muchas horas», apunta Arturo, veterano en el Puesto de Roa aunque su acento gaditano asome aún rotundo. Sobre todo en los primeros días, con el arma de la paciencia y un «lenguaje muy básico» él y su compañera Mercedes han tratado de hacer entender a los mayores de su territorio lo que estaba vedado. «No veían que estar en la calle les dañaba», recalca, y pone como ejemplo el caso de una mujer a la que se encontraron toda arreglada cinco minutos después de las 8 de la tarde. «He oído las campanas y he salido por si tengo que rezar por alguien», esbozó.

En los primeros días, fue tal confusión que tuvieron que pedir a los municipios que cerrasen el acceso a los cementerios tras encontrarse a una mujer que había ido a despedirse de su padre, «por lo que pudiera pasar». El miedo ha generado situaciones dignas de esa realidad mágica de Macondo. También el amor. Como el dos adolescentes que se hicieron 17 kilómetros por un camino desde Aranda de Duero para ir a ver a las novietas.

Arturo, destinado en Roa, se interesa por el estado de una vecina.Arturo, destinado en Roa, se interesa por el estado de una vecina. - Foto: Patricia

La ristra de situaciones surrealistas que las patrullas de la Benemérita se encuentran en el mundo rural estas semanas no se acaba nunca. De vuelta a Roa, junto a la carretera, un hombre siembra patatas embozado en un pasamontañas, junto a una furgoneta que ha pasado muchos capítulos en la aldea de García Márquez. Por sus movimientos lentos se adivina alguien mayor bajo el buzo y la reacción al verse descubierto alcanza unas cotas de surrealismo que le llevan al llanto y al lamento, al haber contravenido no solo la norma de no ir a la huerta sino a su hijo.

Los que quieren no pueden y los que pueden no le ven la gracia. Así le ocurre al retoño de Belén, la farmacéutica de Roa, que prefiere esperar a salir con sus amigos que seguir el ritmo de su padre en el paseo y acabar con agujetas. 

El todoterreno de la Guardia Civil en el que viajan Arturo y Mercedes ejerce a veces el efecto contrario al imán. Uno se refugia en casa, el otro mete la silla dentro de la cochera y la tercera espera -en bata, claro- agazapada tras la esquina de la calle a que regresen para el cuartel al terminar el servicio.

Amelia, con Ignacio, alcalde de La Cueva de Roa, y la patrulla.Amelia, con Ignacio, alcalde de La Cueva de Roa, y la patrulla. - Foto: Patricia

Hoy comenzará otro día de visitas a la farmacia, de contacto con los alcaldes -«que están bastante involucrados»- y de controles en los cruces de carreteras para evitar que alguien intente colarse en un mundo que todavía no acepta intromisiones. Mientras todos sueñan con volver a su Macondo, Arturo con un café, el hombre del buzo con su ristra de patatas y Amelia con la piscina llena de nietos.