El incendio del Palacio Arzobispal

ESTHER PARDIÑAS
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Edificio de singular mole y no especialmente estético, fue arrasado por las llamas el 22 de noviembre de 1812, sin que se sepa cuál fue el origen

El incendio del Palacio Arzobispal - Foto: DB

El Palacio Arzobispal convivió desde sus orígenes con la Catedral, probablemente se realizaran al mismo tiempo, desde que Alfonso VI donara su palacio y los espacios aledaños para el levantamiento de la Catedral y de la nueva sede episcopal en Burgos; si bien Burgos no se erigió en arzobispado hasta el 22 de octubre de 1574 bajo el pontificado de Gregorio XIII, con el arzobispo Francisco Pacheco de Toledo, que tuvo el honor de ostentar tanto el título de obispo como el de arzobispo de Burgos después de esa fecha. 

Edificio de singular mole y no especialmente estético, según las fotos y grabados que han quedado, tapaba gran parte de la silueta de la Catedral por su lado sur, y no nos ha dejado muchas noticias sobre él, seguramente el episodio de la historia en el que nos vamos a adentrar tenga mucho que ver con esta falta de documentación y evidencias. Para eso nos tenemos que centrar en la guerra de la Independencia y en los años de la invasión francesa que afectaron a nuestra ciudad desde el año 1807. Con Burgos ocupado, desde el 1809 el arzobispo de Burgos, Manuel Cid y Monroy, estuvo viviendo en la casa del maestro de capilla, porque el palacio arzobispal había sido requerido por las tropas francesas para que estuvieran en él sus principales mandos. Imperativo común en guerras e invasiones el ceder alojamientos, todos aquellos que tenían casas suficientemente capaces o preparadas, e incluso los que no, tenían que avenirse a que se las confiscaran o incluso admitir la convivencia con los invasores de mayor o menor rango, el cabildo no estaba exento de ceder las casas particulares de sus capitulares. No solo se había requisado el palacio sino que además tanto el arzobispo como el cabildo Catedralicio se habían visto obligados a aprontar 20.000 reales, requeridos en 21 de julio de 1808, para decorar y amueblar las estancias palaciegas, y eso con suerte y después de suplicar una rebaja, porque se les había pedido la nada desdeñable cifra de 60.000 reales para esos menesteres, que no tenían otro objeto que el alojamiento en el palacio de José Bonaparte I. El gobernador de Castilla, que en esos momentos era el general Paul Thiebault se avino finalmente a que se diera lo que se pudiese. 

El 11 de julio de 1808 el Ayuntamiento pedía a los músicos de la Catedral para que concurrieran a la función de recibimiento de José Bonaparte. Aún así pasó el año sin que al parecer llegara el rey o al menos no han quedado evidencias de su estancia en el palacio que terminaron aprovechando los generales franceses - José Bonaparte fue recibido con gran fasto en la ciudad el 5 de julio de 1811 y es posible que en estas fechas sí se alojara en el palacio durante una temporada,  dos años después volvería a pasar por Burgos huyendo hacia Vitoria con todos los efectivos del ejército detrás batiéndose en retirada- Thiebault fue sustituido por Trailer, militar francés bastante menos devoto de la Catedral y sus maravillas que su predecesor y bastante más riguroso. 

No ahondaremos aquí en las numerosas vicisitudes de la Guerra de Independencia, que tantas páginas ha dejado, pero tenemos que adelantarnos en la historia hasta llegar al sitio que se puso al castillo en 1812, aprovechando que la francesada desocupa la ciudad desde el 18 de septiembre al 22 de octubre, y a pesar de que en el castillo apenas quedaban 2.000 combatientes Wellington fue derrotado en una de las páginas más amargas de su historia,  ante la inminente llegada de los refuerzos franceses por el norte,  lo que hizo que llegaran de nuevo las tropas francesas a la ciudad recobradas y fuertes, como nos cuenta A. Salvá. Sucesos feroces que también afectaron a la Catedral, tanto que desde el mes de agosto de ese año las misas habían pasado a celebrarse en la capilla del Cristo, para evitar el peligro del fuego cruzado contra la fortaleza «por hallarse a cada paso en la nave mayor las balas disparadas del castillo que cruzaban de parte a parte la iglesia» y con parte de los capitulares y criados de la iglesia ausentes, por temor a las represalias de los franceses por no haber abrazado su causa. 

Repique de madrugada. Tal era la situación en la ciudad cuando en la madrugada del día 22 de noviembre de 1812 a las siete de la mañana repicaron a rebato las campanas de la Catedral, para avisar del incendio desatado en el palacio arzobispal, que comenzó a arder sin que en un principio se pudiera hacer mucho por evitarlo, salvo intentar por todos los medios proteger de las llamas la Catedral que compartía gran parte de la fachada y muros con él. Una vez alertado del fuego, el cabildo reunido rápidamente en un cabildo extraordinario, mandó que se vigilara el incendio sin descanso, tanto desde fuera como desde dentro de la Catedral, y enseguida dispuso turnos de dos en dos horas, en las que participaron todos lo capitulares, comenzando por los más antiguos y de dos en dos, acompañados además en cada turno de dos racioneros, para evitar y avisar si se producía la propagación del incendio. Al mismo tiempo se nombró de urgencia como fabriquero a Manuel Rioja, con la obligación de surtir de faroles, luces y todas las cosas necesarias, y tener avisados y preparados a los criados de la iglesia, apostados en las capillas contiguas al palacio para vigilar del avance del fuego. El propio mayordomo Antonio Carcamo, refugiado en Torrecitores, porque no era afecto al rey intruso, se ofrece a volver el día 24 de noviembre para prestar ayuda.

También se avisó a la municipalidad que se aprestó  al auxilio y a proveer también de sogas, cubos, y todos los pertrechos necesarios. Cuenta Juan Albarellos en sus Efemérides que a la preservación de la Catedral y a sofocar el incendio acudieron los vecinos de la ciudad y que concurrieron tanto maestros de obras como ingenieros del ejército francés, que procuraron la preservación de la Catedral. Duró el incendio hasta el día 26, y en él se perdieron archivos arzobispales y diocesanos, la capilla de la Conversión de San Pablo e innumerables obras de arte de las que jamás sabremos. Fue necesario suspender los oficios divinos durante estos días y se trasladó el Santísimo a la capilla de Santiago, donde debían concurrir los capitulares entre las nueve y media y diez de la mañana sin el hábito de coro. 

No podemos constatar cual fue la causa del incendio, si hubo un causante o fue fortuito, ni se puede culpar a los franceses puesto que en esa noche fatídica el general Saint Laurent, que se alojaba en el palacio, tuvo que salir ‘en camisa’ como podríamos decir dada la época, para evitar las llamas.

El mismo día 26 y una vez extinguido el incendio celebra el cabildo un Te Deum en la capilla de Santiago agradeciendo que el fuego no alcanzara la Catedral, y vuelve a trasladarse el Santísimo al altar mayor, y a habilitar dos capillas para las misas de particulares. Ese mismo día se comienzan las labores de desescombro, para lo que se ofreció Guillermo Domingo, convecino de Burgos, que con su compañía y cuadrilla y a cambio de 950 reales se comprometió a sacar en cuatro días todos los escombros y broza que habían quedado acumuladas desde detrás del altar del Ecce Homo de la capilla de los Remedios hasta la puerta principal, que daba al pasadizo que comunicaba con el palacio arzobispal. Parte de estos escombros y broza habían sido llevados como barrera contra el fuego, pues en la preservación de la Catedral se procuró el corte de vigas y la acumulación de materiales que evitaran la propagación de las llamas. Para el desescombro de los restos del palacio arzobispal se acordó determinarlo después de esta labor.

La Catedral, 'ilesa'. La Catedral no sufrió daños, al menos de consideración, aunque aún en el 1814 se reconocían los menoscabos de una obra de ladrillo que estaba sobre la escalera de la puerta del Sarmental que había sido afectada por el fuego, pero los vecinos que tenían sus casas colindantes no tuvieron tanta suerte y Félix Insaurriaga, que tenía la casa en el Comunal, en la plaza de Santa María, junto a la portada del Perdón, quedó con su casa inhabitable, y Paula López, en una vivienda próxima a ésta pedía la rebaja de su renta porque lo había perdido todo en el incendio. 

Tan devastador fue el fuego, que en 1816, una vez libre la ciudad de la francesada, (después de la retirada en el célebre 13 de junio de 1813) el arquitecto de la Real Academia de San Fernando Joaquín Ignacio Zunzunegui presentaba un informe del estado del palacio y de lo que de él quedaba, y proponía su total demolición, hasta los cimientos. No obstante y a pesar de estos informes desfavorables el palacio se mantuvo aún algunas décadas y con importantes obras de rehabilitación, al menos en parte, de forma que en 1825 el mayordomo del recién nombrado arzobispo Alonso Cañedo y Vigil, pide al cabildo alhajas y ornamentos para decorar el palacio, pues el arzobispo volvía a habitarlo.  Aún se alojó en él, en el año 1861, Isabel II, con motivo de una visita a la ciudad. Y la idea de su demolición, unida al empeño por despejar las casas que obstruían la vista de la Catedral, no llegará hasta 1862 junto a la obra de la nueva pavimentación de mármol de la Catedral, y la restauración de la escalinata del Sarmental. Sin embargo tampoco entonces será derribado completamente, no será hasta 1914, cuando el arquitecto Vicente Lámperez emprende el ambicioso proyecto de remodelación y derriba completamente el palacio arzobispal, dejando la vista de la Catedral libre por la plaza de San Fernando, con el aspecto que vemos hoy.