'El trovador' nos arrebata de nuevo

Ilia galán
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El director italiano Maurizio Benini conduce a la orquesta en esta historia de amor y venganza de Giuseppe Verdi, que se representa en el Teatro Real hasta el próximo 25 de julio

‘El trovador' nos arrebata de nuevo - Foto: Javier del Real (Teatro Real)

Impensable es ahora que algún autor pueda lograr más de 200 representaciones de su ópera en tres años, pero así sucedió al estrenar Il trovatore en Roma (1853) representándose desde Nueva York, Londres, París hasta Atenas y Constantinopla, pasando por toda Italia para quedarse siempre en los escenarios, como un hito fundamental de la historia de la música. Basta escucharla. 
Le coronaron de laurel y la muchedumbre le acompañó al hotel Europa (donde ya estaba componiendo con un piano en sus momentos libres La Traviata) tocando como homenaje una banda de música bajo su balcón hasta la amanecida. El compositor, sin embargo, se quejaba de que los cantantes no habían estado a la altura de su obra -maestra-; no se quejaría así ahora en el Teatro Real.
El libreto, basado en la tragedia de Antonio García Gutiérrez, que tanto éxito tuvo y tan alabada fuera por Larra, considerada revolucionaria por Galdós, al criticar la tiranía feudal, fue elaborado por S. Cammarano, pero murió sin acabarlo; había sufrido muchos problemas y tuvo que encargarse el resto a un discípulo novato que no permitió hacer las innovaciones escénicas y estructurales que el compositor deseaba. 
España era un país exótico y lleno de fascinación para los europeos románticos y aquí se ambienta la ópera, como lo haría también con Simón Boccanegra o La fuerza del destino. El lugar es Zaragoza, centro de una guerra civil, en el siglo XV. La primera palabra que escuchamos, como un símbolo, es: "¡Alerta!", cantada poderosamente por el bajo, Roberto Tagliavini (capitán Ferrando). Breve pero rotundo papel.

'El trovador' nos arrebata de nuevo
Una gitana vizcaína a cuya madre quemó en la hoguera por brujería el Conde Luna (críticas típicas del Romanticismo que penetra esta ópera entre castillos, conventos y mazmorras) raptó al hijo chico del señor feudal para también hacerlo arder como venganza, pero en su desvarío se equivocó y arrojó a su propio bebé, dejando vivo al noble vástago a quien adoptará luego como propio, compadecida, deshecha ante ese celeste castigo a su ánimo vengativo. Su hermano, el nuevo y cruel conde, quiere vengar el rapto y descubre, ardiendo de celos, que un trovador ronda a su amada Leonor. El trovador es el hijastro de la gitana, un rebelde que lucha por la dinastía derrocada. Batirse de espadas. Al final, Leonor muere por liberar de prisión al amado trovador, quitándose la vida a cambio de su falsa entrega al conde. Mientras, la gitana arde en la hoguera, después de ver la muerte del hijastro, trovador, confesando al conde que acaba de matar a su hermano y un arrebatado y abrupto final hace caer el telón (los últimos 39 compases). Lucha entre hermanos, señalaba Galdós, como imagen de la humanidad que entre injusticias incesantemente pelea. El mal de la venganza y los celos. "Debo dirigirme a Aquel que es amparo y luz de los afligidos... Dios confunde a los impíos", cantará Leonor, enamorada del canto y por este, de su trovador.
Verdi había estrenado dos años antes (mucho tiempo de espera para su ágil pluma) Rigoletto y estaba con 40 años en la madurez y con plena ebullición creadora, preparando ya enseguida La Traviata. Il trovatore exige cinco voces con enorme exigencia para cada una de ellas. O son muy buenos o la obra se cae y de ahí el riesgo de montar esta obra cumbre de la lírica. Pero el Teatro Real, donde se estrenó solo un año después, ha logrado estar a la altura de sobra, con una música que desborda de maravillas a cualquiera que la escuche, convenciendo con su fácil espectacularidad y la riqueza de su dinámica música.

'El trovador' nos arrebata de nuevo
Son muchas las piezas que han pasado la mayor parte de las antologías de la ópera, modelo de ópera italiana, como el coro de gitanos acompañado de yunques, el do de pecho que en el aria Di quella pira el trovador canta, sobreagudo no escrito por Verdi que viene a ser un coqueteo con el belcantismo y ahora parece obligado.
En E. Semenchuk, la gitana (Azuzena), descubrimos una excelente mezzosoprano, grave, honda, oscura pero con excelentes resultados. La soprano italiana, Maria Agreste (Leonora) es exquisita y delicada, elegante y convincente, mágica cuando cantó: Tacea la notte placida. Francesco Meli, el trovador Manrico, es un tenor que viene del bel canto y doma con excelencia su papel, difícil y exigente, y el Conde Luna, el barítono franco, Ludovic Tézier, fue brillante aunque sin salirse del mismo tono interpretativo. Refinadísimos los coros en sutiles matices que se convierten a veces en asombrosos protagonistas, como en la escena del requiem. El también italiano director de orquesta, Maurizio Benini, sobrio, pero correcto.
La primera escena tiene como lugar el fastuoso palacio moro de la Aljafería, pero no parece tal, entre tanta oscuridad y llamitas de gas, vestuario ahorrativo; puesta en escena de estilo insulso extremo, más que abstracto, muy soso, con pretensiones simbólicas y fantasmas que aparecen como fantoches, pretenciosos símbolos de muerte a veces ridículos, pese a los artificios con el fuego, niños que se pasean andrajosos o suben y bajan, figuras que pretenden emular las grandes producciones wagnerianas que ahí, metafísicas, admiten mejor estos recursos, aquí, por lo demás pobres y anodinos, hasta que caiga el telón.
La maravillosa música y su sobresaliente interpretación hacen que el milagro, sin embargo, estalle. Arde el sol, el escenario arde.