La mascarilla, principal barrera de comunicación.

I.L.H
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Sin posibilidad de leer los labios, la prenda aísla aún más a las personas con discapacidad auditiva. La información que no se adapta al lenguaje de signos tampoco les llega, y los números de emergencia y coronavirus no tienen llamada de texto

Para que las pantallas sean seguras han de ser amplias, como la de Sandra (d). La mascarilla transparente de Ana no está homologada. - Foto: Patricia González

Las personas sordas están acostumbradas a estar «aisladas» del resto de la gente. «Aunque estemos rodeados de personas, la soledad forma parte de nuestra vida», señala Teresa Fernández, 57 años, trabajadora en paro. Pero lo que podría entenderse como una ventaja para sobrellevar el confinamiento deja de serlo al agravarse las circunstancias, como las que conllevan las modificaciones que está generando a diario el estado de alarma, el aislamiento impuesto, los cambios de hábitos o las medidas de seguridad para hacer frente a la pandemia.

La discapacidad auditiva no se ve y eso muchas veces la hace invisible. Quienes viven con ella han desarrollado otras capacidades para comunicarse, como la lectura labial, el lenguaje de signos o la comunicación no verbal. El problema, sin embargo, suele estar en el resto al no asumir que haya personas compartiendo la vida cotidiana con esas circunstancias. «Las discapacidades se ven como la covid-19, mientras no toca de cerca, no crea empatía», añade Teresa.

Es cierto que tras los primeros días se subsanó el hecho de que las comparecencias diarias del gabinete de crisis no se estuvieran traduciendo al lenguaje de signos. Pero hay otra mucha información que no se adapta y eso, en plena alerta sanitaria, crea ansiedad, inseguridad, angustia y miedo: «En el estado de alarma la prevalencia de las comunicaciones ha pasado a ser telefónicas, suponiendo a mayores una barrera más para las personas sordas. Por ejemplo, los cambios de las citas médicas tanto con especialistas como con el médico de cabecera han sido a través del teléfono, o el plan ‘le llamamos’, de la Agencia Tributaria... Este formato ha supuesto que las personas sordas hayan tenido que exponerse innecesariamente para acudir a las consultas que previamente tenían programadas y que en muchos casos creían que seguían vigentes, ante la imposibilidad de recibir las llamadas que las anulaban o posponían», subraya José Luis Palacios (65 años), presidente de la Asociación de Personas Sordas de Burgos Fray Luis Ponce de León (APSB).

Esos mismos problemas los tienen con teléfonos como los de emergencia (112 o números especiales por el coronavirus): «No atienden llamadas ni de mensajes de texto, ni de Whatsapp, por lo que las personas con discapacidad auditiva no podemos acceder a esos teléfonos. Ahora con el aislamiento tenemos la complicación, si vivimos solos, de ni siquiera poder pedir ayuda», remarca Teresa.

Las nuevas tecnologías. Durante el confinamiento han ganado peso las videollamadas, también entre este colectivo. La herramienta les está ayudando a sobrellevar el aislamiento, aunque no es válido para todos, ya que a quien necesita intérprete de lengua de signos dependiendo de con quién se comunique y eso complica una conversación personal. Aún así, reconocen, es una muy buena opción: «En internet, cuanto mejores son las aplicaciones mejor es para nosotros», afirma Cristina Núñez (35 años, trabajadora).

La videollamada les están siendo muy útil además para suplir la imposibilidad de que les acompañe un intérprete físicamente por las medidas de distanciamiento social. Palacios, presidente de APSB, acude a hacer la compra con la compañía virtual de su intérprete, algo que no pudo hacer Elena Hermoso con su hijo Íker, de 16 meses: «Tuve que ir al pediatra para ponerle una vacuna y entre la mascarilla, los guantes y la distancia social la comunicación fue muy complicada. Antes solía llevar un cartel donde se podía leer ‘soy sorda’, pero aquí me era imposible y nadie me entendía. Pedí al médico que se bajara la mascarilla y me dijo que no podía. Así que tuvimos que improvisar con gestos».

Para las personas mayores tiene ciertos inconvenientes, como el hecho de no manejarse con este tipo de herramientas o, si las usan, notar el cansancio de la vista: «Ahora pasamos mucho más tiempo delante de las pantallas para no aburrirnos -en mi caso la televisión permanece apagada-. Las personas oyentes tienen la posibilidad de escuchar radio, música y pueden tener por ello una vida mejor. En nuestro caso, la información ahora entra solo por el canal visual de las pantallas y nuestros ojos están más cansados», asegura Antonio Muñoz, 69 años, jubilado.
A Sandra Gutiérrez, de 13 años, y con una hemiplegia del lazo izquierdo por citomegalovirus (virus cmv), las videollamadas le dan la vida. Por este medio se comunica con la intérprete que tiene en el instituto, que también se encarga de hacerle vídeos explicando las materias educativas. Lo que no pueden hacer las nuevas tecnologías es sustituir a la logopeda ni el resto de terapias que su enfermedad exige; o la relación social que mantenía con sus compañeros en Arans-Bur (Asociación para la Reeducación Auditiva de Niños Sordos de Burgos). «Y ahora que ha cambiado de instituto, tampoco tiene fácil hacer nuevas amigas desde el confinamiento», comenta Ana Belén Pérez, su madre.

La boca tras una máscara. Por si fuera poco, el uso de la mascarilla se ha vuelto en contra de las personas con discapacidad auditiva por la imposibilidad de leer los labios, intuir que les hablan o reconocer los gestos de la comunicación no verbal. «Se ha convertido en nuestra principal barrera de comunicación», denuncia Fernández. «Mi hija sale a la calle insegura porque no sabe si la están hablando», remarca Pérez.
Una de las soluciones es el uso de pantallas faciales, pero deben ampliar el perímetro que abarcan o de lo contrario no cumplen su función de salud pública de manera eficaz. Otra es la del uso de la mascarilla con una ventana transparente en la boca, algo que algunos descartan porque suele crearse vaho dentro y eso hace imposible su visión. Además este tipo de mascarillas no están homologadas: «Tanto la CNSE (Confederación Nacional de Personas Sordas de España) y la FAPSCL (Federación de Asociaciones de Personas Sordas de Castilla y León) han comunicado que es importante que sea el Ministerio de Sanidad el que garantice la idoneidad de este material sanitario, así como la seguridad de las personas que lo utilicen», recuerda Palacios.
En cualquier caso no valdría con que las personas con discapacidad auditiva las usen, o lo hagan solo las de su entorno. Quienes deberíamos adaptarnos para hacer accesible la lectura labial seríamos el resto o de lo contrario de poco sirve que las lleven ellos:«Salvo que vayamos siempre con una mascarilla con ventana sin usar para ofrecérsela a nuestro interlocutor», sugiere Hermoso.
Antonio Muñoz tiene otra idea: «Se podría solucionar manteniendo la distancia de seguridad, y retirándose el otro interlocutor la mascarilla puntualmente para hablar; unas veces les entenderemos, otras no, depende de las personas», relata, aunque es probable que haya mucha gente que no quiera retirársela por seguridad. 

Escuchando al otro. Pero no todo lo relacionado con las personas sordas durante la alerta sanitaria es negativo. Elena Hermoso destaca por ejemplo «la visibilidad que le ha dado al lenguaje de signos. Ojalá cuando todo esto acabe se mantenga, porque al principio no poder enterarnos creaba una gran presión añadida».

El presidente de Fray Ponce de León pide, ahora que se han extendido las videollamadas, que se «dispongan de dispositivos con esta posibilidad en los centros públicos (especialmente en el ámbito sanitario), un acceso a internet que permita la calidad de esas videollamadas, y/o la transcripción del sonido a texto».

Cristina, Sandra y Teresa esperan que la crisis sanitaria «sea la oportunidad de convertirnos en un poco más humanos y empáticos»; «nosotros hacemos un esfuerzo en la comunicación y nos agradaría que la sociedad nos lo premiara con su esfuerzo aprendiendo el lenguaje de signos».