El poder de las manos

F. TRESPADERNE
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Serafín Martínez es un escultor de la madera autodidacta. Comenzó de adolescente con una navaja y hoy muestra su espléndida obra, de la que no quiere desprenderse, en la localidad de Villanueva de Puerta

La talla se realiza mediante un proceso de desbaste y pulido de la madera. - Foto: Jesús J. Matí­as

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Artesanos en el medio rural

Hay personas que nacen con un don especial y que solo tienen que desarrollarlo, no sin esfuerzo, para convertirse en grandes artistas, aunque vivan en Villanueva de Puerta, una pequeña localidad que pertenece al municipio de Villadiego y en la que nació hace 64 años Serafín Martínez, un constructor o albañil de profesión, que se ha convertido con el paso de los años en escultor de la madera, en un artista que cuida todos los detalles a la hora de dar forma a un material inerte que conoce a la perfección para darle una nueva vida. 

Como toda su familia, Serafín se ha dedicado a la construcción, «he sido albañil hasta que me he jubilado», y se considera un manitas. Solo hay que entrar en su almacén y taller para comprobarlo. Su relación con las artes plásticas comenzó con la pintura, afición que dejó «porque no lo podía hacer de forma continuada y los colores en la paleta se quedaban secos muy rápido», matiza, mientras sostiene en sus manos de artesano una de sus últimas piezas. 

«La madera te permite dejar una pieza que al día siguiente la encuentras igual y al final la coges gustillo hasta que se convierte en un vicio. La madera es una gozada», manifiesta este autodidacta que comenzó en la adolescencia trabajando con la navaja hasta que se hizo con una gubia y unos formones que le han permitido desarrollar todo su potencial artístico, así como una excelente colección de piezas que guarda como un tesoro en un pequeño museo al lado de su taller y que está abierto a todo el que se acerque hasta Villanueva de Puerta. «Todas las personas que viene a la casa de turismo rural que tengo, La Mortera, se acercan al museo y también muchas personas de la comarca que me conocen y se interesan por lo que estoy haciendo».

Serafín es de esos artistas que aprenden cada día, «solo la practica y los errores me han llevado a conseguir los resultados que se pueden contemplar en este museo», señala este escultor perfeccionista que cuida hasta el más mínimo para que la serpiente parezca viva o que a uno le entren ganas de calzarse la bota de montaña que realizó en madera de nogal durante la cuarentena.

La de nogal es una de sus maderas favoritas, aunque reconoce que también se trabaja muy bien la del peral y del cerezo, «que son muy buenas para la tallas», apunta, a la vez que señala que a la hora de decidir qué hacer «hay un poco de todo, en ocasiones me inspiro en otros artistas, como por ejemplo en la del Santo Entierro de Juan de Juni o en la fuente del Palacio de Versalles, y otras piezas son fruto de mi imaginación, como la bota».

Todos los días, «cuando me deja el huerto de jubilado», saca unas horas para refugiarse en su taller y seguir moldeando alguna pieza para su propio disfrute porque se resiste a desprenderse de alguna. «No lo hago para vender, lo que quiero es mostrar mi trabajo a la gente, no quiero desprender de mis cosas y solo hago algún encargo, de heráldica y joyeros, si viene alguien y me dice que quiere una pieza similar a la que tengo», asegura Serafín, quien aún lamenta haberse desprendido hace tiempo de un Cid de nogal, «que pensaba volver a hacer para mí, pero no he podido».

Tal vez por ese apego a su obra ha dejado de participar en exposiciones, lo ha hecho en Vitoria, Bilbao y Burgos, además de en ferias medievales y de artesanía, «por aquí cerquita porque no me interesa y no me dedico a ello, soy artesano no vendedor, el único fin que me mueve es que la gente admire mi obra», asevera a la vez que mira hacia La última cena, «la que más trabajo me ha llevado».