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En busca del factor humano

Charo Barrios
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Guillermo Galván publica 'Morir en noviembre', tercera entrega de las aventuras del expolicía republicano Carlos Lombardi

En busca del factor humano

Salvo improbable bucle espacio-temporal, el escritor Guillermo Galván y su personaje Carlos Lombardi no pueden desplegar ningún vínculo más allá del que un creador establece con su criatura; pero el escritor valenciano confiesa que él siente un «apego ya casi paternal» por este. Tras descubrirlo en Tiempo de siega, le pareció digno de continuidad, algo que nunca había hecho con los protagonistas de su decena larga de novelas precedentes. ¿Hasta cuándo? No se sabe, «depende más de los lectores que de su creador; por mi parte no va a quedar». Así llega Morir en noviembre (HarperColins Ibérica).

Lo que sí dependió de él, del autor, es la elección de la época en la que sitúa sus tramas, los años 40 del siglo XX. Una posguerra civil es hambre, miedo, luto, enfermedad, impunidad, corrupción, dice, y si esa posguerra desemboca en una dictadura militar, cada uno de esos elementos se multiplica. Por eso defiende que tan importante como la intriga es el reflejo de una sociedad podrida, elemento fundamental del género negro. 

El viaje al pasado exige un esfuerzo de documentación, y estar vigilante para no caer en anacronismos, un peligro siempre acechante. Es fundamental asegurarse de que los escenarios se ajustan a la realidad de aquel momento, y uno ha de hacer lo posible por colocarse vitalmente en ellos, tanto físicos como mentales. «Superado este problema, que se resuelve leyendo mucho y aprendiendo lo que me hace disfrutar tanto como en el proceso creativo?, solo queda la dificultad propia del acto de escribir: enfrentarte a una trama y resolverla del modo más coherente». 

Resolverla, además, sin la ayuda de estas nuevas tecnologías semimágicas que, en novelas y series televisivas, dan al investigador medio trabajo hecho. Galván se siente más a gusto en tiempos pretéritos, esos en los que una investigación exigía patearse la calle, conocer gente, experimentar el ensayo/error; en los que no existía el ADN, los móviles, las cámaras, internet, en fin, toda esa tecnología de la que hoy se dispone. A principios de los 40, el espectro tecnológico era bastante limitado en comparación con nuestros días: teléfonos fijos escasos y con graves problemas de comunicación interurbana, vehículos movidos por gasógeno, grupos sanguíneos todavía en mantillas, técnicas de grabación muy primitivas y caras... «También hoy el factor humano es importante, aunque en aquella época era casi el único», subraya.

En esta tercera novela de la serie, al carácter negro e histórico, pues ambas cosas tenían las dos primeras, viene a sumarse una dosis de espionaje. La historia se desarrolla pocos meses después de La Virgen de los huesos, a finales del 42, cuando, a pesar de sus primeros reveses serios, Alemania seguía siendo el modelo a seguir para el régimen franquista y en España había más que ecos de la Segunda Guerra Mundial, porque, con el amparo oficial, actuaban grupos terroristas contra los intereses aliados, especialmente los británicos. 

El papel de la mujer

«En mis novelas de Lombardi siempre hay tres planos narrativos: el escenario histórico y la trama son los más evidentes, pero el tercero no deja de ser importante». Ese tercer componente fue, en la primera, el poder casi omnímodo que la dictadura concedió a la Iglesia Católica; en la segunda, las fosas de asesinados y el poder caciquil en el mundo rural que tanto había criticado la Falange, y del que finalmente se convierte en protectora porque todos los caciques se afilian al partido único; y en esta tercera, el papel subordinado de las mujeres y los intentos de mantenerlas bien sujetas a la doctrina oficial a través de iniciativas como el Patronato de Protección de la Mujer o la Sección Femenina de FET y de las JONS. 

De esta forma, se sirve de la literatura negra para exponer (es una de las esencias del género) las lacras de la sociedad en que se desarrolla la trama. 

En la despedida, Guillermo Galván apunta que escribe sobre Lombardi en tercera persona aunque desde el punto de vista formal, le habría resultado más sencillo escribir en primera. Una opción esta última que no le habría permitido mantener distancia con él: distancia conceptual, anímica, incluso ideológica. «Creo que ese es uno de los aspectos que más agradan de él: su independencia respecto a mí», señala. 

Otro podría ser la constitución misma del personaje: un tipo normal de su época, con sus neuras y valores, que forma parte de un mundo ya desaparecido, derrotado a sangre y fuego; un antihéroe, en definitiva. ¿Lo que menos le gusta? «Que haya aparecido tan tarde en mi vida». Y la única solución para calmar toda esa comezón es seguir frecuentándolo, que es tanto como decir, seguir escribiéndolo.