El tiempo de la muerte

ESTHER PARDIÑAS
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Las celebraciones funerarias de la Capilla de los Condestables

Felipe Vigarny realizó en mármol de Carrara, hacia 1500, las estatuas yacentes de Pedro Fernández de Velasco y su esposa Mencía de Mendoza y Figueroa. - Foto: Alberto Rodrigo y Valdivielso

Los ritos funerarios que acompañaron a obispos, reyes y otros finados relacionados con la catedral de Burgos han sido ya bien estudiados en los trabajos de Ismael García Rámila y Eloy García de Quevedo, y en fechas más recientes por Carlos Polanco, Óscar Melgosa, Francisco José González Prieto e Inocencio Cadiñanos Bardeci, por mencionar solo algunos de los investigadores más conocidos. Sin embargo, y dadas las fechas que nos acompañan en el mes de noviembre de recordatorio de los que nos dejaron, merece la pena destacar algunos de los ritos y celebraciones especiales que se llevaron a cabo en la catedral de Burgos, y especialmente en la capilla de los Condestables. 

CARNEROS VIVOS EN LA CATEDRAL

En esta capilla se conmemoraban especialmente las fiestas de difuntos, con aniversarios en la víspera de Todos los Santos y el día de Difuntos o de Ánimas el 2 de noviembre. Este día se celebraba una misa con unas curiosas ofrendas por el alma de los fundadores de la capilla y por sus antecesores y luego sucesores finados. El mayordomo de la capilla, habitualmente elegido entre los capellanes de la misma, tenía encargado para este día el comprar 24 hachas o velones de cera, llevar cuatro fanegas de pan y, cosa muy curiosa, se ofrecían dos pellejos de vino, que en el s. XVII dejaron de llevarse llenos, quizá por la dificultad de su transporte ya que debían de ser de considerable peso al tener una capacidad de unos 80 litros y se mostraban como símbolo e inflados de aire. Además, un pastor contratado traía seis carneros vivos, que entraban en la iglesia y eran ofrecidos también durante la ceremonia. La llegada de los carneros sí que se siguió manteniendo a lo largo de los siglos. El mayordomo proporcionaba también esos días un cuarterón diario de aceite para la lámpara de la Virgen, y tenía obligación de asistir a esas honras ocupando la última silla del coro de la capilla. Aunque no está claro el origen, parece ser que se remonta esta celebración a la instauración de tres aniversarios de difuntos al año por la condesa Mencía de Mendoza, que para dotarlos dejó cuantiosos juros perpetuos, aprobados por los Reyes Católicos, situados sobre las alcabalas e impuestos de muchos lugares, y que luego acrecentaron su hijo Bernadino Fernández de Velasco y su nieto Íñigo Fernández de Velasco y su mujer María de Tobar. En el s. XVI existía un juro de 17.200 maravedís anuales para costear estas memorias. Y en 1708 la administradora del Condestable para la ciudad de Burgos, Manuela de Salinas, entregaba aún los 220 reales anuales que percibían los capellanes por su asistencia.
La dotación de esta curiosa celebración era tan elevada que suponía una parte importante de los ingresos de los capellanes, que además de percibir las especies presentadas (carneros, pan y vino) recibían 220 reales que luego se repartían entre ellos, pero solo entre los asistentes. Y si alguno llegaba tarde a la misa perdía parte del dinero. En 1659 Francisco de Aiquiz perdió 9 reales por llegar tarde.

Baldosas por las que se accedía a la cripta. Baldosas por las que se accedía a la cripta. - Foto: Alberto Rodrigo

CORAZÓN EMBALSAMADO DE LOS DUQUES DE FRÍAS

Más extraordinario y tétrico resulta todavía el deseo que tuvieron algunos duques de Frías, que no se enterraron en la capilla, de dejar algo suyo y muy íntimo en ella. Fueron varios los duques que decidieron embalsamar su corazón y depositarlo para siempre en la cripta de la capilla de la Purificación o Condestables. Aunque la capilla había sido concebida como un panteón familiar por Mencía de Mendoza y el conde de Haro, solo algunos de sus descendientes terminaron realmente sepultados en ella, puesto que la rama familiar de los Fernández de Velasco optó por su enterramiento en el monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar, en el que muchas de las abadesas pertenecían a la familia. Estos enterramientos dieron incluso lugar a largos pleitos por el derecho de las sepulturas, puesto que la elección de uno u otro lugar conllevaba pingües beneficios derivados de las dotaciones de memorias y mandas testamentarias. Algunos incluso dejaron su sepulcro preparado en la capilla de la Purificación: la famosa piedra de jaspe que habría albergado el sepulcro y las esculturas del condestable Pedro Fernández de Velasco y Juliana Ángela de Velasco, como dispuso en su testamento de 9 de noviembre de 1559 este condestable, y que después no se materializó, quedando sepultados en el convento de Santa Clara, donde era abadesa su hermana Juana de Velasco. Inevitable citar la obra: El Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar, coordinada por Nicolás López Martínez y Emilio González Terán.
Es en el s. XIX cuando la cripta de la capilla de los Condestables vuelve a abrirse. El 27 de julio de 1819 el duque de Frías, Bernardino Fernández de Velasco, manifiesta a los capellanes de su capilla que desea que el corazón de su padre, Diego Fernández de Velasco, sea sepultado en el carnero o pudridero situado debajo del panteón, y se celebre el entierro del corazón con un oficio fúnebre, con su correspondiente vigilia y responso cantado. Este Diego Fernández de Velasco había muerto en París en 1815; de ideas afrancesadas y decidido partidario de Bonaparte, transmitió a su hijo, a la par que las ideas políticas, el anhelo de dejar el corazón en la capilla y también el título de duque de Frías, que él había obtenido por haber muerto sin descendencia el anterior duque. Diego Fernández de Velasco se cambió el nombre al obtener el título, pues en su nacimiento se llamó Diego López Pacheco. Los gastos extraordinarios que hubo por el entierro del corazón del duque Diego se recogen en los libros de cuentas de la capilla. El entierro se celebró el 6 de agosto de 1819 y se puso una lápida nueva, que llegó de Madrid, sobre la sepultura. Junto a su corazón fue a parar en 1828 el de su esposa Francisca de Paula Benavides, que había sido dama de la duquesa de Parma. Para dar sepultura a ambos corazones fue necesario hacer unas cajas para recoger los huesos y despojos que estaban depositados en la cripta, que se limpió y cerró provisionalmente. El sepelio del corazón de la duquesa se llevó a cabo con misa de réquiem y responso, y mientras transcurría ésta permaneció el corazón resguardado en una caja sobre una mesa. La caja llevaba una placa dorada con la inscripción: ‘Aquí yace el corazón de la Excelentísima Señora duquesa de Frías, que murió el día 6 de noviembre de 1827. Como signo de amor, de fidelidad conyugal y de deseo recíproco de la bienaventuranza de dos esposos que ha dejado al Excelentísimo Señor Duque, su esposo’. 
El 10 de julio de 1851 una carta de la testamentaría de Bernardino Fernández de Velasco pide a los capellanes de la capilla de los Condestables que cumplan sus últimas disposiciones, que no eran ni más ni menos que enterrar su corazón, por supuesto bien embalsamado, en la cripta al lado de los de sus padres, resguardado en un bote de cristal, con caja interior de plomo y una urna exterior con chapa de plata, que se encargó de traer de Madrid, donde había fallecido, el brigadier Pedro Pablo Pérez, apoderado del duque difunto, y su representante en Burgos. En la urna se puso la inscripción: ‘Corazón del Excelentísimo Señor Don Bernardino Fernández de Velasco Enrique de Guzmán Téllez Girón, decimocuarto duque de Frías, falleció en Madrid el día 28 de mayo de 1851 a la edad de 67 años, 10 meses y 8 días’. La muerte del duque fue comunicada por su esposa la duquesa de Frías, Ana de Jaspe y Macías, que en 1 de agosto de 1851 pagaba a la capilla 200 reales por el entierro del corazón de su marido. Tan solo un año después, en 15 de mayo de 1852, perdía a su hija, la condesa de Peñaranda de Bracamonte, Ana Valentina Fernández de Velasco, que con tan solo 18 años fue enterrada junto al cuerpo de su padre en el monasterio de Medina de Pomar.
 El 2 de marzo de 1863 el hijo de Ana de Jaspe y Macías pedía a los capellanes de los Condestables que rogasen por la salud de su madre, que falleció pocos días después en Madrid, y aunque se celebraron sufragios por su alma en la capilla, no consta que su corazón embalsamado se reuniera con el de su esposo.