El asesino era el cura

R. Pérez Barredo
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El criminal (d.) posó con su abogado durante el juicio. - Foto: Revista Mundo Gráfico

La larga crónica negra de la provincia cuenta con un caso de lo más llamativo, el de un asesinato cometido por un sacerdote. Clemente Huidobro, párroco de Villacomparada de Rueda, mató a tiros a la joven Dolores González, a la que acosaba

Es una expresión inquietante, perturbadora: el hombre para el que piden pena de muerte posa junto a su abogado con pasmosa naturalidad, en ademán relajado, exhibiendo una sonrisa que podría parecer tímida pero que no es sino reflejo de una personalidad retorcida, sibilina y cruel. El hombre de la fotografía es Clemente Huidobro, hasta hace unos meses cura de Villacomparada de Rueda, localidad cercana a Villarcayo. La imagen, tomada en abril de 1925, fue publicada en Mundo Gráfico, publicación señera que, como todas las de la época, siguieron con verdadero interés el suceso protagonizado por el oscuro páter; un caso que conmocionó a la sociedad burgalesa y española: en enero de ese año, Huidobro había asesinado de cinco disparos de pistola a la joven Dolores González, vecina del pueblo en el que aquel llevaba tres años ejerciendo de ecónomo.
 Huidobro, que había sido un niño díscolo, inestable, irascible y despiadado, había sentido súbitamente la llamada de Dios, abrazando la vida de cartujo. Experiencia más bien efímera; al cabo, abandonó tan silente existencia, acaso reclamado por una llamada aún más poderosa que la anterior: en la comarca todo el mundo conocía su inveterada pasión por las mujeres y el vino sin bendecir. La pobre Dolores González realizaba tareas de limpieza en la casa que ocupaba el párroco, y según los testimonios de su madre, éste la pretendía y la acosaba continuamente. Las negativas de la muchacha enfurecían al clérigo, que se tornaba violento y profería amenazas de muerte. Unos meses antes del fatal desenlace, Clemente Huidobro intentó cumplir sus homicidas imprecaciones.
En el enésimo requerimiento de amores y ante la enésima negativa de la joven, el hombre la siguió hasta su casa y, cuando la muchacha le estaba contando a su madre el acoso del párroco, éste irrumpió en el domicilio pistola en mano, disparando al vientre de la moza. No descerrajó más tiros a la víctima porque la madre primero, y después el padre, se abalanzaron sobre el agresor, con el que porfiaron largamente hasta que pudo zafarse de ellos y huir. Fue detenido horas después en Burgos por la Guardia Civil, si bien fue puesto en libertad bajo fianza de 3.000 pesetas pocos días después.
Para Dolores, que logró recuperarse del balazo que perforó su vientre, no había acabado el infierno. Lejos de cambiar su actitud para con ella, el hostigamiendo del cura fue creciendo sin que nada ni nadie lo impidiera. Hasta que llegó el fatídico 1 de enero de 1925. Cerca de las seis de la tarde, Dolores y otras amigas salieron a pie desde Villarcayo rumbo Villacomparada de Rueda después de haber participado en el baile organizado para dar la bienvenida al año nuevo.Apenas dos kilómetros separan ambos pueblos. Ya había caído la noche. A medio camino, en las inmediaciones de un puente (ya inexistente) que desde entonces fue conocido como el ‘puente del cura’, aguardaba emboscado Clemente Huidobro, que sólo abandonó su escondite para acercarse a la muchacha y descerrajarla cinco disparos, tres de ellos mortales de necesidad. Apenas dos horas después, agentes de la Benemérita detenían al asesino, que a punto estuvo de ser linchado por la muchedumbre que se arracimaba en torno a la prisión de la villa. El alboroto fue mayúsculo. Tanto, que las fuerzas del orden se vieron obligadas a realizar disparos disuasorios e incluso cargar contra quienes trataban de acceder al criminal, resultando varios heridos y contusionados.
El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Burgos en abril de ese mismo año. Durante el mismo, un maestro de juventud del procesado y varios médicos ofrecieron un diagnóstico psicológico del criminal, retratándole como una persona excitable, de genio fuerte, que se desquiciaba con frecuencia, pendenciero, poco comunicativo, impulsivo, pobre de ideas y sádico. Tanto en el interrogatorio del fiscal como de la defensa, Clemente Huidobro se mostró en todo momento tranquilo, exhibiendo una frialdad impresionante, en ningún momento arrepentido y muy olvidadizo: dijo que apenas recordaba nada del día de autos, salvo que tenía a Dolores metida en la cabeza y que estaba trastornado.
El fiscal solicitó la pena de muerte mientras la defensa argumentó que el criminal era un enfermo mental, afectado de ‘locura emotiva’ (sic), por lo que era autor pero no responsable del asesinato de Dolores González, con lo que estimaba que una reclusión de doce años era algo acorde al Código Penal imperante en la época. La sentencia, que se conoció pocos días después, condenó al cura a 20 años de cárcel como autor de un delito de homicidio, con la circunstancia agravante de desprecio al sexo, y a pagar una indemnización de 10.000 pesetas. Por el delito de tenencia de armas le cayeron dos años más y otras 500 pesetas del ala más costas.