"La cultura ha perdido pureza, pero ha ganado en calidad"

R.P.B.
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Blowin' in the wind. Conversaciones sobre Burgos (XIV)José Alonso, Pepillo, actor y jefe de sala del Fórum y del Teatro Principal

José Alonso, Pepillo, actor y jefe de sala del Fórum y del Teatro Principal - Foto: Alberto Rodrigo

La primera impresión suele ser errónea. Así que no se equivoquen: José Alonso, Pepillo, jefe de sala del Teatro Principal y del Fórum, actor de los pies a la cabeza y ex miembro de un grupo de punk que lo reventó en los 80, es un tipo grande y tierno. Se le ponen los ojillos sentimentales y el rostro iluminado cuando recuerda su infancia de calle y juegos de verdad, en la zona sur, de la calle Alfareros al parque de San Isidro. "Allí jugaba al bote, al chito, a punzón, tijerillas y ojo buey. Y al fútbol. Fue una infancia de gratísimo recuerdo, muy feliz. Nos autogestionábamos nuestras propias diversiones". Su hermano mayor y la cuadrilla de éste marcaron su primera afición, que devino pronto en pasión: la música. "Siempre andaban con discos. Escuchaban a los Beatles, a la Creedence, a los Brincos, a los Mustang... Rock nacional y rock internacional. Y me gustaba, vaya si me gustaba".


Asegura que su eterno espíritu disconforme e inquieto le llevó a adentrarse aún más en aquella música que le hacía volar. Y a buscar horizontes contra lo establecido. "El espíritu guerrero de la juventud, la rebeldía, me llevó al movimiento hippie, que me llamó la atención: me dejé el pelo largo, investigué en libros sobre las comunas, la Walden dos, toda la cultura de San Francisco. Y fui ampliando conocimientos. Y cada vez me gustaba más". En la casa de su amigo Alberto Alcázar se embebió de toda la música de la Costa Oeste, psicodelia incluida: Grateful Dead, Jefferson Airplane, Country Joe and the Fish, Spirit... "Fue entonces cuando, de verdad, comencé a amar la música como concepto global". Esto es, como una manera de estar en el mundo. Aquel carácter un tanto revoltoso y subversivo le costó algún disgustillo, como un mes y medio en la cárcel por repartir octavillas sindicales. Hubo que pagar una fianza para que recuperara la libertad. "Que nunca nos devolvieron, por cierto".


Sin embargo, antes de convertirse en una fugaz estrella del rock, sucedería algo que habría de marcar a Pepillo de por vida. Recuerda perfectamente el día. "Lo viví con especial admiración y con asombro". Fue el instante en el que puso un pie en la Escuela de Mimo ‘El Colacho’, que tenía su local en la calle Sanz Pastor y que dirigía "nuestro director y maravillosa persona José María González Marrón. Aquella tarde, además de conocer a mucha gente (como a Jesús Sanz, hoy director de la Escuela Municipal de Teatro, Juan Luis Sáez, Javier Contreras, Ana Neila...), comprendí que se estaba fraguando algo importante. Estaba Luiso Orte, solía pasar por allí Ignacio del Río... Era como una especie de Ateneo en el que se cocía arte. Para mí fue todo un impacto. Reclamo que esa escuela tenga el reconocimiento que merece en la historia de la cultura burgalesa. De hecho, hoy muchas de esas personas que he citado siguen en primera línea, siguen haciendo cosas". Tomó parte de varios grupos teatrales: Galinche, Baba Luna, formación con la que nuestro protagonista ganó el premio al mejor actor en un certamen convocado por la Diputación con una obra que se llamaba Historias 1980. "En el jurado estaban Tino Barriuso, Antonio Gregori...". Casi nada.


Y trató de probar suerte en Madrid, donde estuvo más de un año. El Centro Cultural Lavapiés fue uno de los lugares en los que creció como actor, en los que investigó y tomó contacto con los grupos que había entonces. En uno de sus regresos a Burgos se abriría un paréntesis en la carrera teatral de Pepillo. Alguien le presentó a Luis Marquina (que entonces ya estaba loco por la música) "y en una apuesta curiosa decidimos crear Incidentes Genuinos". Una banda de punk, por más señas. O after punk, para los más puristas. Aquel magma del que hablaba antes eclosionó: ya eran los maravillosos ochenta. Y hubo movida burgalesa. Una movida en la que Pepillo desempeñó un papel protagónico. Tanto, que llegó a hacer lo propio en la madre de todas las movidas: la madrileña.
Incidentes Genuinos fue un referente, un espejo en el que se mirarían después más grupos de Burgos: Guardia Vaticana, Puntos suspensivos, Vicio en el hospicio... "Aquí hubo movida. Fue un momento de plenitud, de enorme movimiento cultural. Nacieron muchos grupos de música, grupos de teatro, fanzines como el Frente Idiota, la revista Factoría de Enormidades...". Imposible para Pepillo no citar los escenarios cotidianos de aquella época dorada: la Pécora -"Doña Pécora", puntualiza-, el Babia, Café España, Sector 22, Contrapunto... "Ahí se fraguó todo el movimiento cultural. Y tuvo su impacto, un enorme impacto. Se hicieron concursos de pop-rock, vinieron Alaska y Dinarama, Siniestro Total... Lo que se hizo entonces fue algo muy importante". Han pasado muchos años. Resulta imposible comparar aquella época con la actual. Pero Pepillo se atreve. "Ahora se funciona de otra manera. Nosotros teníamos un local frente al bar Miraflores. Nos lo pagábamos todo. Nuestra cultura era underground. Yo podía decir cualquier cosa porque no debía nada a nadie. Me permitía hacer y decir lo que me diera la gana. Ahora es todo mucho más cómodo y light en el sentido de que la gente tiene locales preciosos, está subvencionada, recibe ayudas. Se ha perdido pureza, pero se ha ganado en sabiduría y calidad, que es lo que da asentamiento".


Con Incidentes Genuinos Pepillo lucía una cresta de aúpa. Fue una de las bandas burgalesas que triunfó en Madrid, nada menos, llegando a subirse (y a hacerlo con éxito) en el escenario más mítico de aquellos años: la sala Rock-Ola. Pero los cinco muchachos de Burgos hicieron lo propio en la televisión: La Bola de Cristal, A uan ba buluba balam bam bu o Tocata dieron a conocer su música a toda España. E incluso ganaron el primer premio del Festival Don Domingo, que organizaba Radio Nacional, relevando en el podio a Presuntos Implicados, que lo había ganado el año anterior. "Me sentía pequeño entre todos los grupos y personajes con los que estuvimos: Almodóvar, McNamara, Aviador Dro, Santiago Auserón, Alaska... Siempre he pensado que lo importante de aquel momento fue decir cosas. Y yo las dije. Les decía a los del grupo: es una pena que no sepamos cantar, pero al menos podemos decir cosas. Porque realmente no sabíamos hacer música. Hacíamos 4x4 como la mayoría de los grupos, esa es la verdad". Incidentes Genuinos pudo haber seguido, pero lo bueno, si breve, dos veces bueno. Poco después de actuar en Villalar "con Eric Burdon and The Animals, tío", el grupo se disolvió. Hubo quienes, como Fernando Delgado, siguieron en la música. Él regresó al teatro. Sentía la llamada de la selva.


puro teatro. "Yo siempre quería aprender. Y salí del grupo con tantas ganas de seguir aprendiendo que no dudé en apuntarme a la Escuela Municipal de Teatro, que iba a ponerse entonces en marcha. "Soy de la primera promoción de la escuela. Aprendí, disfruté. A los tres años hicimos nuestro primer montaje, que fue precioso: El burgués gentilhombre. Y donde hice el papel principal. Hicimos dos representaciones en el Gran Teatro. Llenamos en las dos funciones. Eso fue para mí muy importante". A partir de ahí, todo fue teatro y más teatro. Todo fue fundar grupos y actuar. Ya antes había ayudado a fundar La Sonrisa con el gran Javier Rey -"mi estimado hermano Javier"-. Montó La Folía, La Mentira... "Quise intentar poder vivir del teatro, pero me di cuenta de lo jodido que era. Me di cuenta de que no había cotizado nunca y que tenía que trabajar a ser posible con un contrato fijo". Empezó montando una empresa de servicios para el Gran Teatro. Hacían todas las cargas y descargas. Pero no dejó la escuela, ni de hacer teatro. Hasta que, años más tarde (comienzos de los 2000) pasó a ocupar el puesto de jefe de sala, que se había creado con Isabel Abad al frente del IMC. Y ahí sigue, haciendo cada vez menos bolos, muy a su pesar. "Cada vez menos, pero no dejo de hacer cosillas, colaboraciones, siempre como aficionado. No puedo comprometerme a más. Y bien que lo siento".


Ahora vive del teatro, sí, pero de una manera distinta. Y vive en el teatro. Y cuántas veces, cuando hay función, siente cómo le muerde en el alma no estar sobre el escenario. "A veces hasta he llorado. Me bajo al baño a llorar. Y pienso que, si hubiese seguido, quizás yo hubiera terminado ahí. Siempre me sentí actor. No puedo evitar pensar en ello, en que podía haber triunfado. Me hubiera gustado tanto... Hasta me presenté a un cásting de Almodóvar. Allí estaba Bibi Andersen, Assumpta Serna...".
Sueña todavía Pepillo. Le hubiese gustado bordar el papel del caradura Lorenzo en Enseñar a un sinvergüenza, obra de Alfonso Paso. "Siempre pensé en esa obra, no sé por qué". Reflexiona sobre el movimiento cultural del Burgos actual. Y lo hace con orgullo. Habla de La Parrala como lo que es: un maravilloso milagro, un lugar de creación único, un privilegio absoluto para la ciudad, un oasis. "Es un lugar fundamental para la cultura burgalesa". Defiende Pepillo que este espacio es heredero de aquella Escuela de Mimo El Colacho; que, de alguna manera, no se entiende una sin la otra. "Hay que intentar que ese núcleo, el de la gente que ama el teatro, donde están mis amigos, siga vivo y sea ese engranaje que se merece la ciudad". A este respecto, cree que la cultura sigue muy viva. "En la programación están todos los grupos de Burgos. Y todos ellos están haciendo un trabajo ejemplar, consiguiendo que Burgos tenga el nivel cultural que se merece. Por eso es tan importante La Parrala. Y por eso es fundamental, vital, la Escuela Municipal de Teatro dentro del organigrama cultural de la ciudad. Ahí tenemos a María Velasco, que el otro día estuvo aquí con el Escena Abierta. Ha sido una alumna de esa escuela. Sin toda esa gente la cultura no sería nada".


Porque de los políticos ni hablamos. ¿O sí? "La cultura les interesa cuando están en el Consejo del IMC. Después pasan de todo. He visto a pocos políticos en las funciones. Que nadie se lo tome a mal, pero

es la verdad". Respecto al público, Pepillo señala que el burgalés tiene buen paladar, es culto y refinado. Tanto para el teatro contemporáneo como para el clásico. "Y la gente espera con ansia una obra para llenar los teatros. ¡Llenar los teatros! El teatro está muy vivo. Como la música. Cuando hay una buena obra o un buen concierto, en Burgos se llena".


Cuando el teatro se llena, Pepillo sufre. Es lo que tiene ser jefe de sala. Y para gestionarlo de la mejor manera, ha tenido que hacer teatro. Cómo no. Hay quienes se ponen exquisitos, bordes, desagradables... "Me han llamado de todo: enano, gafitas... Hasta me han querido pegar". Así que se ve obligado a veces a adoptar el papel de tipo serio, adusto. "Pero eso es puro teatro. Al principio era más risueño, más cercano. Pero me ha tocado gestionar cada historia... Es que no es fácil. A veces tengo miedo. Cuando alguna de las chicas me llama y me dice oye, vente para acá, que hay una persona que dice que... Me pongo malo porque no sé lo que me voy a encontrar. En el Fórum estoy más cómodo que en el Principal, porque allí no hay problemas de visión; allí es cerca, lejos, arriba, abajo... Como en Barrio Sésamo".


Pero adora el Principal, que conste y quede claro. "Es mi segunda casa. Aquí hasta he dormido, sobre todo en los primeros años. Igual cerrábamos un camión a las tres de la madrugada pero llegaba otro a las siete de la mañana. Y yo era el que cerraba y abría". Pero está feliz. "Es el trabajo que, de no hacer teatro, mejor me podía venir a mí. Vivo dentro del teatro, en relación con los actores". Eso se nota. Y marca: haber charlado con María Dolores Pradera o disfrutado viendo cómo se ponían azules a ron añejo los integrantes de la Vieja Trova Santiaguera son cosas que no tienen precio. Como tener a este tipo tierno y grande al frente de los dos principales escenarios de la ciudad.
Un verdadero lujo, Pepillo.