"Para ciertas cosas, hace más un sargento que un general"

Á.M.
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Blowin´in the wind. Conversaciones sobre Burgos (XXI) Federico Vélez, Fede. Fotógrafo

Fede, en el estudio-museo que atesora décadas de trabajo de la saga Vélez - Foto: Alberto Rodrigo

En los ojos estragados de Fede están tallados millones de disparos fotográficos. No existió nada ni nadie, al menos nadie que fuese alguien, que en esta ciudad ocurriera o existiera y no acabara filtrado en la luz del obturador de su colección de cámaras. Si de esta tierra queda memoria gráfica, es en buena medida gracias al trabajo de los Vélez y, es de justicia, de los Villafranca. Unos, los Villafranca, era los fotógrafos de la zona Sur. Otros, los Vélez, los del Centro y el ensanche, pero también de Diario de Burgos y la Agencia EFE.

Nacido en plena posguerra, Vélez no tenía ansiedad alguna por seguir los pasos de su progenitor, al que veía trabajar de sol a sol. Mal negocio para un adolescente. Sí, le tirado echado un cabo cuando los innumerables compromisos sociales con los estamentos de la época ahorcaban, pero poco más. "Mi padre hacía las fotografías para La Salle, colegio del que yo era alumno. Ellos publicaban una revista en la que ponían las fotos de las cosas más relevantes que habían hecho, y muchas veces esas cosas eran excursiones a la provincia o a Cantabria. Claro, para mi padre eso suponía perder todo el día para cobrar dos fotos, así que compró la cámara más básica que encontró y, previo acuerdo con el colegio, me envió a mí de ‘corresponsal’. Esas fueron mis primeras fotografías y sé que algunas todavía circulan por ahí", evoca.

La mayoría de sus amigos continuaron estudiando al dejar La Salle, cosa que él, "que no tenía ninguna prisa" por ponerse a trabajar, también intentó. "Convencí mi padre para estudiar perito químico. Para convencerle, le decía que iba a aprender mucho sobre el revelado y que acababan de abrir una escuela en Vitoria. Nos preparábamos aquí y nos examinábamos allí. Curiosamente, Química fue la única asignatura que aprobé, así que la realidad me trajo de vuelta al mundo laboral. Intenté la misma maniobra con la recién estrenada Escuela de Aparejadores de Burgos, pero el resultado fue el mismo".

En el negocio familiar, ubicado siempre en Laín Calvo, había mucho tajo que sacar adelante. Federico Vélez padre tenía dos empleados, pero ni con esas alcanzaba a sacar los encargos. "En aquella época sólo revelábamos blanco y negro nosotros y Villafranca, cada uno en un lado del río, pero había lugares como la Óptica Nacional o Música y Deportes, ambos en el Espolón, que recogían los carretes para revelar. Ellos nos los traían a nosotros y pasaba que un lunes después de un fin de semana de campo a lo mejor te encontrabas con cien rollos para revelar. Ahí fue cuando mi padre me metió a trabajar con él". Corría 1962.

Y así, entre reveladores y fijadores, pasaron dos años. Hasta que ocurrió algo que le cambió la vida, aunque la previsión era que se la cambiara a media provincia. Encontraron petróleo en La Lora. Su experiencia como fotógrafo se resumía en las citadas aventuras de los lasalianos y la mili, que también le enseñó que, "para ciertas cosas, hace más un sargento que un general". "Se me acabó la prórroga que había pedido por los estudios y me enviaron a Melilla.

Mi padre, que tenía amistad con el capitán general Carmelo Medrano, estaba convencido de que no me enviarían a África, pero para cuando el general se enteró yo ya estaba allí, y, una vez allí, no te saca nadie. Al menos me enchufaron para dedicarme a hacer las fotos en la Comandancia General de Melilla, eso sí". Ni tan mal, tú. Estábamos en La Lora.

 

PRIMERA PLANA

Persiguiendo "la imagen icónica del petróleo manando del suelo que todos querían" y que nadie pudo hacer aprendió del oficio del periodismo. "Al lado del Diario de Burgos, por entonces en la calle Vitoria, tenía su sede la compañía de perforaciones de los americanos. Tomaban café en los mismos sitios que los periodistas del Diario, y así se enteraban de cuándo iban a ir para allá". Allá era un páramo yermo "vallado y vigilado" en el que pasó días enteros por encargo de su padre, que no podía cerrar el estudio para irse a Sargentes, sin una triste imagen que llevarse al papel. "Hacíamos fotografías a los guardias y se las regalábamos tres o cuatro días después, así se abría alguna que otra puerta".

Todo ocurría en un Burgos a punto de ebullición. El Polo de Desarrollo vino a convertir un pueblo grande en una capital industrial, con todas sus cosas buenas y algunas de las menos buenas. "Esta era una ciudad en la que los jóvenes hacían guateques, había muchas salas de cine y, si ibas al Espolón, encontrabas a cientos de personas paseando. Se vivía en la calle. Cuando empezó el petróleo y el Polo de Promoción fue un boom. Empezó a haber grúas por todas partes, mucho movimiento de gente y construcción por doquier. A veces se construía al libre albedrío; los constructores hicieron lo que quisieron y como quisieron, de ahí barrios como Gamonal".

Nadie percibía aquello como un problema. Acaso porque no lo era. No entonces. "Lo importante era que venían familias enteras de los pueblos, todo el mundo tenía trabajo y los pisos que se construían se vendían. La gente empezó a tener frigoríficos, televisiones en color... Del 64 al 70 el cambio fue brutal. Con las fábricas vino mano de obra cualificada, sindicatos, comercios. En los 60 estaba Ignacio Palacios y no sé si había alguien más que vendiera electrodomésticos. Y lo mismo pasaba con los concesionarios. Mi padre me compró un 600 para poder funcionar e ir de un sitio a otro, pero había una lista de espera enorme en la Automoba. Le pidió al director del Diario de Burgos, Don Esteban Sáez Alvarado, que lo encargara de parte del periódico, y así lo conseguimos en un mes, pero lo normal era que tardara un año".

La búsqueda de la foto de portada no cesaba. A Fede le apretaba su padre, le apretaban en el Diario y le apretaban en la agencia. Dos acontecimientos de los recién estrenados años 70 le pusieron a prueba. El primero, el Proceso de Burgos. El consejo de guerra contra 16 miembros de ETA y la sombra de una condena a muerte planeaba sobre el Gobierno Militar de Burgos, epicentro de las miradas nacionales e internacionales en un contexto en el que España trataba de integrarse en la comunidad internacional.

"Javier Salgado -periodista del Diario-, que es vecino de Laín Calvo, me decía: Fede, me he enterado de que el furgón con los presos pasa por tal sitio a las seis de la mañana. Y ahí que me iba a las seis de la mañana (era diciembre, conviene subrayarlo). Claro, igual sí pasaba, pero cada día por una ruta diferente. Entonces no teníamos las cámaras de ahora, ni teleobjetivos ni nada de eso... El Gobierno Militar estaba totalmente blindado. Al final, conseguí una fotografía del patio subiéndome a uno de los edificios de la avenida Cantabria y cogí la llegada de los coches". El tránsito de la fotografía de estudio al periodismo siempre es duro. De hecho, es duro el tránsito de casi cualquier cosa al periodismo.

El Diario pagaba a los Vélez por cada fotografía publicada, pero el equipo era cosa de los fotógrafos. Y valía una fortuna. "La prensa empezó a pedirnos primeros planos, jugadas, remates. Yo no tenía los teleobjetivos que se necesitaban para eso porque nunca los habíamos necesitado, así que fue otro reto para nosotros. Igual que los desplazamientos. En el segundo ascenso, ya con Martínez Laredo, viajábamos con el equipo, pero estaba trabajando toda la semana y me costaba ir, así que tuve trabajando conmigo a Antonio José Pereda López Linares -a la postre concejal del Ayuntamiento de Burgos-, que estaba encantado de marchar con ellos y hacer las fotos".

 

HACIA UN MUNDO DIGITAL

Los retos de los 70 no fueron sólo informativos. También se generalizó el uso del color en la fotografía de estudio. "Es cuando te das cuenta de que en esto tienes que estar aprendiendo continuamente. Revelar blanco y negro es so y arre, pero el color es mucho más técnico, más preciso. Tuve que ir a Barcelona a hacer cursos de Kodak o Alfa y comprar maquinaria. Era muy caro. Al principio, para hacer una boda igual tirabas un máximo de un rollo para 12 fotografías". Trabajó para Diario de Burgos hasta 1985, cuando limitó su trabajo periodístico a la Agencia EFE. Tenía sus ventajas. "Con el Diario había que cubrir cinco o seis cosas al día, con la Agencia me valía con una".

Luego llegaron los escáneres, los envíos de imágenes en tiempo casi real (unas horas desde la toma) y, a finales de siglo, la fotografía digital, lo instantáneo. La madre de todos los cambios. El avance definitivo. "Se nos abrieron los cielos. Con el analógico, que costaba tiempo y dinero, ibas a una rueda de prensa y tirabas dos o tres fotos como máximo. Luego ibas a revelar y resultaba que en una el ponente tenía los ojos cerrados y en otra se tapaba con un brazo. Un desastre. El cambio brutal fue que veíamos las fotos en el momento". La primera Nikon digital que compró le costó casi un millón de pesetas. A los tres años se agenció otra "que era mucho mejor y costaba la mitad". Rendirse a la tecnología era inevitable.

Lo que no lleva del todo bien es que haya un fotógrafo dentro de cada usuario de smartphone. Cree que el oficio se pierde inexorablemente entre programas de mejora automática, filtros y redes sociales pensadas para cacarear dónde han estado sus usuarios. "Soy muy reacio, y eso que yo también las hago de vez en cuando. Veo que se quiere suplir a un fotógrafo por un móvil; antes se aprendía el manejo de una cámara, a buscar las luces, había toda una industria detrás de la fotografía". Por ejemplo, la antigua Valca. La súbita desaparición de la factoría del Valle de Mena, historia retratada recientemente en las páginas de este periódico, es un ejemplo claro. "Lo leí y recuerdo perfectamente la fábrica cuando estaba funcionando. Fuimos distribuidores de película para rayos X. La de Valca era buena y mucho más barata que la de Kodak o Alfa. Los radiólogos de Burgos compraban la película de Valca".

Fede sigue haciendo fotos. Cada cierto tiempo cae en el correo electrónico de esta redacción una instantánea suya que refleja algún hecho curioso de aquí o de allá. Se ha pasado la vida veraneando en Benidorm y todavía se lleva la cámara cuando regresa, "por mucho que sea un lugar que no cambia".

De la ciudad que ha sido su tablero de juego vital y laboral durante diez alcaldes, media dictadura, una transición, siete presidentes del Gobierno, tres jefes del Estado y dos reyes le quedan infinidad de imágenes y algunos lamentos en voz baja. "No me gusta hablar mal de nadie, pero no veo mucha entidad en la gente que dirige la ciudad, creo que las autoridades no están a la altura. Antiguamente los alcaldes eran ingenieros, médicos o arquitectos. Ahora se dedican sólo a la política y no entiendo que cada uno tire para un lado y eso provoque que las cosas no se hagan. Más que de las personas, yo creo que el problema es de los partidos, algo que empezamos a comprobar cuando se debatía si se desviaba o se soterraba el tren. En cualquier caso, Burgos no tiene el tirón que tuvo en el pasado", lamenta.

El recuerdo de ese pasado está colmado de anécdotas. Desde los pasos de Franco por Burgos "cuando iba a San Sebastián y paraba aquí a inaugurar cualquier cosa" hasta situaciones que había olvidado. "Me llamó Rodrigo Pérez Barredo para decirme que Audrey Hepburn había estado en Burgos y que yo la había fotografiado. Ni me acordaba, pero así fue. Haciendo memoria, recordé que me llamó mi padre y me envió al Landa porque había venido una señorita famosa. Fui, pregunté y me dijeron que había sacado a mear al perro. Esperé y justo llegó su marido, Mel Ferrer, que estaba rodando en el entorno de la Catedral El señor de La Salle. Le saqué dos o tres fotos y volví a lo mío". De esta anécdota, que resume tantas otras, da fe el reportaje de Pérez Barredo titulado Yo retraté a Audrey Hepburn, publicado en este rotativo el 28 de enero de 2018.

A brocha gorda, fue así cómo ‘Fedín’ se convirtió en ‘Fede’, un tipo que tuvo como referencia la prudencia de su padre, que le aconsejaba llevarse bien con los que mandan ("curas y militares", antaño) y le enseñó a "no meter las narices donde no me llamaban" con "una frase que repetía constantemente: allí donde no te llaman, para qué te querrán". La fotografía sí le llamó. Ambos se quisieron.