La vida que viene

Pilar Cernuda
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La nueva normalidad no tendrá nada que ver con lo que conocíamos hasta ahora y afectará a todos los ámbitos del día a día

La vida que viene

El Gobierno vende la nueva normalidad, pero la vida que viene no tiene nada de normal si tomamos como referencia la que hemos tenido hasta ahora. Pedro Sánchez ha querido negociarla y pactarla con dos partidos de la oposición que no tienen nada que ver con el radicalismo de izquierdas ni con el independentismo, PP y Ciudadanos, aunque no ha hecho ningún gesto de acercamiento hacia Vox, ni probablemente Vox quiera sentarse con nadie del Ejecutivo. 
La actitud de Sánchez no tiene nada que ver con un nuevo espíritu de concordia, sino con la convicción de que la vida en el futuro se presenta complicada, muy complicada, y cree indispensable llegar a acuerdos con esos dos partidos y aceptar algunas de sus sugerencias. Carmen Calvo fue la interlocutora de Edmundo Bal en un encuentro que se celebró el pasado viernes en Moncloa, ya que Bal es la cara visible de Ciudadanos durante la baja por maternidad de Arrimadas; mientras que Ana Pastor está ya en contacto con el ministro de Sanidad, Salvador Illa.
El cambio social obliga a modificar hábitos desde los primeros años de edad. Se han acabado las guarderías con niños bulliciosos, los juegos y los trabajos en grupo. Un niño o niña por pupitre, con metro y medio de distancia y, como mucho, 20 por clase. Será difícil comunicarse con niños de otros grupos, porque prevalecerá lo que la ministra Celáa llama burbujas, de las que forman parte los que comparten clase. Lugar donde también se comerá. Eso significa que los colegios dejarán de ser puntos de encuentro, de hacer amigos, donde se conozcan los padres... 
Tampoco los estudiantes mayores del colegio o de la Universidad lo tendrán fácil. En su caso, las clases no serán siempre presenciales y las telemáticas serán habituales, lo que significa que las familias españoles deberán hacer un esfuerzo económico importante para dotar a cada uno de sus hijos del material tecnológico necesario. Esto  abrirá una brecha económica importante porque, a pesar de que hay Gobiernos autonómicos que ya han anunciado ayudas, no hay fondos suficientes para facilitarles todos los dispositivos necesarios a quienes los necesiten. Ocurrirá igual con el trabajo, un porcentaje importante de quienes acudían a sus centros laborales dejarán de hacerlo a diario para realizar sus tareas en casa.


El maná europeo

Wuhan, la provincia en la que se inició la pandemia, que estuvo totalmente cerrada durante más de dos meses y que ya ha alcanzado la normalidad, es un espejo en el que mirarse. La normalidad se ha impuesto con muchos condicionantes, pero la mayoría de la gente se ha adaptado a ellos. O los ha aceptado de buen grado tras haber sufrido las consecuencias de un confinamiento muy duro, en el que las noticias de fallecidos e infectados les obligaban a asumir la gravedad de la situación. Las mascarillas son habituales, aunque ya lo eran en China desde hace años, y las mamparas de seguridad forman ya también parte de sus vidas.
Los teléfonos móviles van a ser un elemento fundamental en la vida futura. Para recibir las comunicaciones que no se pueden hacer en persona, recibir las indicaciones de los responsables de los estudios o de los jefes y compañeros de trabajo y, también, porque han aparecido infinidad de aplicaciones que permiten realizar un buen número de actividades a través del teléfono: reuniones, espectáculos y eventos, lectura y, una muy interesante que se han bajado ya muchos españoles, una aplicación que permite detectar los cambios de temperatura corporal y, por tanto, conocer al instante una subida que podría aconsejar acudir a un centro médico por si aparecieran síntomas de la COVID-19.
El plano económico y laboral será menos llevadero que las medidas de control que ya se empiezan a imponer, pues se calcula que en España se puede llegar al 25 por ciento del desempleo. De la misma manera que el SEPE no ha podido cumplir en su totalidad el pago de los ERTES -hay centenares de miles de familias de clase media que no tienen un solo ingreso desde hace meses-, es previsible que el Ingreso Mínimo Vital (IMV)que se aprobó sin votos negativos en el Congreso esta misma semana no pueda realizarse al completo. De momento, ya hay discrepancias entre Pablo Iglesias y el ministro Escrivá sobre quiénes son los ciudadanos que deben recibir esa prestación. 
Los ojos están puestos en Bruselas, de donde recibiremos miles de millones de euros. Pero nunca es nada gratis. Ni siquiera los 70.000 millones a fondo perdido, que deben ser justificados y destinados a las partidas pactadas con los dirigentes de la UE. Será difícil que vayan a cubrir en su totalidad el IMV, que no tienen todos los países europeos y a cuyos gobernantes será difícil vender a su ciudadanía que contribuye a pagar a los españoles lo que no recibe la gente de su propio país.


¿Hasta cuándo?

Las ayudas europeas, indispensables, serán una especie de rescate no reconocido, pero que obliga a actuar en función de unas normas que exigirá la UE. Además de controlar el destino de esos millones, lo que se cuenta en Bruselas es que obligarán a congelar las pensiones, reducir el número de funcionarios, incrementar el IVA, controlar las inversiones públicas y reducir las ayudas sociales. 
La vida va a cambiar y lo hará de forma inminente y muy significativa. Desaparecerán muchas de las costumbres nacionales que tan atractivas son para los turistas y que a los españoles costará renunciar porque forman parte de nuestra cotidianeidad. La apuesta por la seguridad será prioritaria, porque es la única forma de preservar la vida pero, también, de superar esta situación.
¿Y cuándo se superará la crisis? Se supone que mientras no haya una vacuna no será posible recuperar hábitos que hoy forman parte del pasado. Los expertos afirman que, incluso, si se encuentra una vacuna a corto plazo, hay que contar con un par de años para cumplir con los protocolos necesarios que permitan su implantación. Esos mismos expertos prefieren ser optimistas respecto al futuro: hace años, la aparición del sida fue devastadora y también cambió la sociedad. Hoy esa enfermedad es, sin embargo, un mal recuerdo en el mundo occidental, aunque todavía no ha desaparecido del todo de algunos territorios africanos.