El Niño Jesús deja su vieja sede tras 118 años y 6.000 alumnos

A.G.-R.P.B. / Burgos
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Hace meses que diferentes promociones de estudiantes contactan entre ellos a través de las redes sociales y van al edificio para despedirse y, a la vez, reencontrarse con antiguos compañeros en unas visitas cargadas de emotividad

Exterior del colegio Niño Jesús. - Foto: Patricia

Un sentimiento agridulce, a caballo entre la melancolía y la nostalgia, recorre estos días la comunidad educativa del colegio Niño Jesús, que con la conclusión de este curso pondrá fin a una estancia de 118 años en su ubicación del paseo de la Isla. «El sentimiento es agridulce porque aquí están las raíces de la congregación y también las personales de muchos de nosotros», reconoce María Rosa Arroyo, directora del centro desde el año 1996 y exalumna del mismo. «Nos da pena, pero es una pena que está iluminada», subraya en referencia a la nueva etapa que se abrirá en septiembre en el nuevo centro, ubicado en el barrio de Parralillos, y cuyas obras están a punto de concluir. «Tenemos mucha ilusión y mucha esperanza», añade, porque el nuevo colegio mejorará sus prestaciones a todos los niveles, especialmente de espacio y accesibilidad.
Están siendo días muy especiales en el Niño Jesús. Y muy emotivos y gratificantes. De forma espontánea, diferentes promociones de antiguos alumnos se han puesto en contacto entre sí a través de las redes sociales y han regresado en grupos a despedirse del colegio recorriendo las clases, el gimnasio, el salón de actos, la capilla, el patio... en unas jornadas que han servido para el reencuentro de antiguos compañeros que, en algunos casos, llevaban más de dos y tres décadas sin verse y que han sido aprovechadas por las religiosas del centro para dar a conocer la labor que desarrolla su orden en los países empobrecidos.  
En este más de un siglo de trayectoria educativa, han pasado por el Niño Jesús más de 6.000 estudiantes, muchas, muchísimas generaciones de burgaleses. Achacan el éxito del centro al haber seguido siempre la máxima del fundador de la congregación, Nicolás Barré, aquel pionero francés del siglo XVII: Sencillo en la virtud, fuerte en el deber; espíritu que, según el equipo directivo sigue vigente y alienta, día a día, el crecimiento del alumno como persona, en su dimensión humana y en todos los niveles educativos.
Los miembros de su consejo rector aseguran que la singularidad del Niño Jesús con respecto a otros centros tiene que ver con un estilo de enseñar que no está únicamente centrado en el ámbito académico sino que da una especial trascendencia a la formación como personas de los niños y jóvenes. «Estamos muy pendientes de su formación humanística, de acompañarles cuando se equivocan o cuando tropiezan, de darles confianza, de exigirles pero también de reírnos con ellos y divertirnos y que se diviertan aprendiendo», afirma Ana Cabrerizo, del consejo rector.
El otro rasgo es el de la familiaridad. El colegio Niño Jesús no es muy grande y aunque en la nueva ubicación hubiera podido aumentar sus plazas ha decidido que prefiere mantener su pequeña dimensión para que siga siendo una familia docente donde todo es más cercano: «Hay antiguos alumnos que siguen viniendo por aquí a despejar dudas que tienen en la carrera porque saben que siempre van a encontrar a un profesor dispuesto a echar una mano», precisa la directora. El otro lado familiar tiene que ver con las diferentes generaciones con los mismos apellidos que se han sentado en sus pupitres. Y es que tiene un alto porcentaje de alumnos en la actualidad cuyos padres e incluso abuelos aprendieron las primeras letras en el mismo lugar.
Todo este bagaje es el que trasladarán a Parralillos en el mes de agosto y lo harán con un cuidado exquisito. «Es verdad que estas paredes tienen mucha historia y que puede parecer que nos vayamos a dejar algo de la esencia pero solo  nos mudamos de edificio, no abandonamos el espíritu con el que educamos y formamos personas, ése se viene con nosotros», concluye la directora, María Rosa Arroyo.