Ana Julia Quezada en el espejo

R. Pérez Barredo
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Las primeras sesiones del juicio contra Ana Julia Quezada, asesina confesa del niño Gabriel Cruz, han constituido un retrato del natural de una persona fría, calculadora, carente de empatía, solo interesada en ella misma

Ana Julia Quezada en el espejo - Foto: RAFAEL GONZÁLEZ (EUROPA PRESS)

«Ana Julia sólo se ha querido a sí misma». En esta afirmación, realizada por un familiar de la mujer que esta semana ha empezado a ser juzgada por el asesinato del niño Gabriel Cruz en Níjar, Almería, en el invierno del año 2018, no hay rabia, ni estupor, como si quien la pronunció hubiese esperado desde la misma desaparición de la criatura el fatal desenlace y su inmediata consecuencia: la detención de la dominicana, autora confesa del crimen. El circo mediático generado desde ese día, recrudecido esta semana, ha tenido de todo: sesudos análisis de tertulianos televisivos, opiniones de psiquiatras y forenses, perfiles criminales, arranques de xenofobia, ira ciudadana, demagogia de salón, bulos, juicios paralelos... Sentada en el banquillo, melena lisa, rostro algo más afilado, mirada compungida, expresión desvalida, aura dramática, el enigma. Ana Julia Quezada. 
«Ana Julia sólo se ha querido a sí misma». La frase resuena como un eco incontenible y resume mucho de lo que se ha vertido estos días sobre la acusada durante las sesiones del juicio. Ha sido calificada como una persona fría, calculadora, interesada, ambiciosa, egoísta, egocéntrica, narcisista, manipuladora, materialista, mentirosa, de nula empatía... Nacida en Las Cabuyas, humilde poblado del centro de la República Dominicana, tuvo una infancia plena de escasez: su familia vivía bordeando la miseria. Un hecho terrible marcó su incipiente juventud, según el relato de uno de sus familiares: fue violada a los 16 años por un hombre de familia adinerada que salió indemne del delito. Silencio por dinero, así se solventó la cuestión. Existe otra versión: el señorito se enamoró de ella, pero la diferencia de clase social hizo el resto: la familia de él la repudió. Por pobre. Punto y seguido. 
Con apenas 18 años decidió huir, abandonar su hogar, al que consideraba un agujero infecto que no se merecía alguien como ella, que tenía sueños. Cruzó el charco dejando atrás un bebé casi recién nacido, su hija Ridelca. Pero la tierra prometida resultó ser una reverenda mierda. Prostitución en clubes de alterne de la provincia de Burgos. Otro agujero, otro vertedero social del que fue rescatada por un burgalés tras un año siendo mercancía. La historia de Pretty Woman. Un volver a empezar. Una oportunidad esperanzadora de iniciar una vida normal. Quizás la vida ansiada. La pareja se casó. De la relación nació otra niña, Judith. En los años que siguieron, Ana Julia trabajó en una carnicería de la Barriada de la Inmaculada, dejando un grato recuerdo entre los clientes habituales; el de una persona normal, simpática y hasta cercana y cariñosa. Y eso que, en ese tiempo, padeció un trauma brutal, de esos que cambian la vida de una persona para siempre: pocos meses después de traer a España a su primera hija, esta perdió la vida en un extraño suceso, después de que se precipitara al vacío en el patio interior de la vivienda que ocupaba el matrimonio desde la ventana de la habitación de la pequeña. La investigación concluyó que la muerte de la cría, que tenía cuatro años de edad, había sido un accidente. Cuando Ana Julia fue detenida por la muerte de Gabriel se abrieron todo tipo de especulaciones respecto a aquella otra muerte, poniendo en solfa la investigación, haciéndose todo tipo de insinuaciones sobre el hecho de que la pequeña se hubiese encaramado ella sola al alféizar, abriera los ventanales y cayera al patio. 
Aquel primer matrimonio terminó fracasando; según la investigación, porque regresaron ciertas estrecheces económicas luego de que se terminara el cómodo colchón de un premio de la lotería con el que había sido él agraciado. Y Ana Julia inició una relación con un hombre viudo, 16 años mayor que ella, que enfermó al poco tiempo de cáncer. Lo que los hijos han declarado siempre sobre la novia postrera de su padre no deja a Ana Julia en buen lugar: que estuvo con él por el dinero, que no medió amor ni afecto alguno. Más al contrario, denuncian que no le procuró cuidado alguno, que poco menos que lo dejó morir como un perro mientras ella se preocupaba de sí misma y de su futuro, hurtando al difunto cuanto pudo durante la agonía e incluso caliente el cadáver.
Trabajando como camarera conoció al tercer burgalés de su vida sentimental, con el que también se casaría tras mudarse ambos a Almería, dejando atrás y para siempre Burgos, por más que en la capital castellana permaneciera su hija Judith, quien ha admitido que jamás sintió calor de madre. La ruptura de la pareja no tardó en llegar. Dejó a este hombre por el padre de Gabriel. El resto es historia conocida. (Más informaciónen edición impresa)