Paisanos en el 'milagro' australiano

L.M.
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El país oceánico es ejemplo mundial en la gestión de la pandemia: no llega al millar de muertos y las mascarillas o limitaciones de aforo son parte del pasado. Los burgaleses Juan Carlos Zamorano y Manuel Serrano relatan su vida allí

A la izquierda, Juan Carlos Zamorano (Queensland); a la derecha, Manuel Serrano (Brisbane).

Este domingo se disputó la final del Open de Australia de tenis en la que Djokovic superó a Medvedev y se alzó con su 18º Grand Slam. Durante las dos últimas semanas las televisiones han retransmitido el desarrollo de una competición que, en plena pandemia mundial, se ha celebrado a excepción de tres días con las gradas repletas de público. Parece una incoherencia que, mientras en España las reuniones de personas no convivientes están reducidas a la más mínima expresión, al otro lado del planeta la vida haya vuelto a esa tan ansiada ‘vieja normalidad’. La celebración del torneo de tenis ha mostrado al mundo el denominado ‘milagro australiano’, un país donde se han diagnosticado 28.930 casos, con ‘apenas’ 909 fallecidos -llevan más de un mes sin nuevos-. ¿Pero, cómo han logrado semejante hazaña?

La primera medida que se puso en marcha fue un estricto cierre de fronteras, unido a la obligación de guardar cuarentena durante 14 días en hoteles preparados para la ocasión a todos los viajeros que lleguen a la isla, aunque estos porten una PCR negativa. Además, los cargos de su estancia corren a cuenta del propio individuo.

Otro de los factores fundamentales a la hora de contener la expansión de la pandemia han sido los estrictos confinamientos que se aplican. Basta con el reciente ejemplo del Open de Australia, que se celebra en Melbourne: durante el transcurso del mismo se reportaron en un hotel con deportistas 13 positivos. Ello provocó que a los 6,7 millones de personas que viven en el estado de Victoria se les obligase a encerrarse en casa durante cinco días. Es más, cuando el Gobierno aprobó esta medida se estaba disputando un partido de tenis, y los propios espectadores tuvieron que desalojarlo en mitad del encuentro para irse a sus casas.

El factor isla. Aunque de dimensiones gigantescas, Australia tiene la ventaja de ser una isla sin fronteras terrestres con otros países. Ello ha provocado que el control de las entradas y salidas haya podido ser mucho más efectivo que en el caso de otras naciones. Además, su bajísima densidad de población, apenas 3,2 habitantes por kilómetro cuadrado, le diferencian de otras islas como Reino Unido, cuya tasa es de 275 individuos por kilómetro cuadrado.

Con todos estos factores, en Australia el uso de mascarillas al aire libre es ya residual, y apenas se exigen a la hora de acceder a algunos recintos cerrados como el caso del Open de Australia. Además, las pruebas PCR son gratuitas para los ciudadanos, promovidas por el propio Gobierno del país para evitar propagaciones del temido covid-19.

Juan Carlos Zamorano (Queensland): «Solo he llevado la mascarilla cuatro días»
Tras una estancia por distintos países asiáticos, Juan Carlos Zamorano se decidió por Australia. Distintas personas con las que había estado viajando le hablaron maravillas del gigante oceánico y decidió irse a vivir y trabajar.

Hace un año, cuando estalló la pandemia en Australia, trabajaba en un bar. «Llegué un mes antes a la casa de una amiga para pasar un verano y volverme a España», recuerda Zamorano. Con el negocio cerrado y ante la falta de ingresos, encontró un empleo en Melbourne. «Tuvimos una crisis del papel higiénico como en Burgos. La gente no tenía mucha conciencia y al final el Gobierno tuvo que ponerse serio con las medidas», apunta.

La primera cuarentena la pasó en un pueblo cerca de la capital, aunque podían salir a practicar deporte al aire libre a diferencia de las restricciones españolas. En junio se movió al norte, 5 días antes de que se decretara un nuevo confinamiento general del estado de Victoria.

En Queensland la vida parecía distinta. «La única restricción era que no podíamos bailar en los bares... hasta noviembre», asegura. Desde entonces el burgalés vive en esa ansiada ‘vieja normalidad’, sin tener que usar mascarilla y sin aforos en los recintos. «Los australianos son muy estrictos con las cuarentenas. Lo cierran todo para que no se contagie la gente y ofrecen test a los ciudadanos y seguimiento de sus contactos», recuerda. Por Navidad regresó a Melbourne a visitar a unos amigos, ciudad en la que sí es obligatorio el uso de mascarilla. «Fue el primer momento en el que tuve que ponerme la mascarilla, apenas cuatro días. Cuando tenga que contarle a mis hijos cómo viví el coronavirus les diré que lo pasé en el paraíso», admite.

Manuel Serrano (Brisbane): «La única restricción es estar alerta»
Manuel, su mujer y sus tres hijos están pasando la crisis de la covid-19 en la ciudad de Brisbane. «Estamos muy ligados a China y temimos mucho que pudiera afectar a la propagación de la pandemia», apunta. Pese a los temores, por suerte no ha sido así y los casos se han controlado mucho. «Ha sido todo muy contenido. Sigo sin explicarme el por qué aunque el Gobierno lo achaque a la baja densidad de población», asegura.

Al contar con la referencia de su familia en Burgos, desde el primer momento comenzaron a utilizar mascarillas y a tomar las medidas de higiene y distancia necesarias, al contrario que sus vecinos australianos. «A ellos les parecíamos muy alarmistas, pero antes de las medidas de confinamiento ya sacamos a los niños del colegio y nos encerramos en casa», apunta.

El clima subtropical del estado de Queensland en el que vive favoreció el levantamiento de restricciones cuando se controló la situación. «Estuvimos 12 semanas en casa, tomando los mayores cuidados del mundo», recuerda. Es ahora, casi un año después del inicio de la odisea, cuando la normalidad ha vuelto. «Las restricciones son el hecho de saber que seguimos en una pandemia y el mantenimiento de la alerta. Una simple formalidad», admite.

La respuesta gubernamental, apunta Serrano, ha sido encomiable. «A todas las personas que no podían ir a trabajar les han pagado 1.500 dólares cada dos semanas desde el inicio de la pandemia para que nadie se quede sin dinero», precisa. A los que, en un paralelismo con España, han conservado su puesto pero sin trabajar ni cobrar el salario, el Estado les ha entregado 3.000 dólares, una cantidad «bastante buena y muy por encima de la media», apunta.