Donde hay vida, hay esperanza

Efe
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Después de eludir la pena de muerte, Pablo Ibar mira al futuro desde una celda pero con el sueño de que algún día un jurado lo declare inocente y ponga fin a una historia entre rejas que ya le ha restado 25 años de libertad

Donde hay vida, hay esperanza - Foto: Amy Beth Bennett

El hispanoestadounidense Pablo Ibar ya no seguirá "encerrado esperando la muerte" como alguna vez escribió. Ayer fue condenado a cadena perpetua por un triple asesinato que dice no haber cometido, pero no lo pagará con su vida.
Un jurado dividido en sus opiniones le salvó de la pena de muerte, un castigo que en Florida solo puede imponerse por unanimidad y que él ya recibió hace 19 años por el mismo caso.
El resultado es lo que él, su familia y sus abogados querían después de que su suerte quedara echada en enero pasado, cuando el jurado del cuarto juicio por los asesinatos de Casimir Sucharski, Marie Rogers y Sharon Anderson le declaró culpable y la esperanza de conquistar la libertad después de casi 25 años preso se desvaneció.
"Donde hay vida, hay esperanza", explicó el padre de Ibar, Cándido Ibar, un antiguo jugador de pelota vasca, para exponer que, aunque las dos opciones son dolorosas para quien defiende su inocencia, la cadena perpetua lo es menos.
En 2016, cuando llevaba 16 años en el corredor de la muerte, la Corte Suprema de Florida anuló la sentencia del juicio que finalizó en el año 2000 y abrió así la posibilidad de un cambio en el destino de Ibar, nacido en Fort Lauderdale (Florida) en 1972.
De Ibar se sabe que se casó en la cárcel con su novia de la adolescencia, Tanya Quiñones, hace 20 años, que su padre es un puntal para él y que tiene tres hermanos y otros familiares que también le quieren y están con él en las "duras".
En este último juicio también se supo que tiene dos hijos, de siete y 12 años, que le visitan en la cárcel, y que todo por lo que ha pasado ha hecho de él una persona muy distinta a aquel joven alocado que andaba en compañías no recomendables en 1994.
El jurado le encontró culpable de los seis cargos que se le imputaban, por homicidio, robo y robo a mano armada.
La libertad quedó descartada para este hombre serio, siempre limpio y bien vestido y de semblante decidido, que acudía al tribunal cargado de carpetas y no paraba de hacer anotaciones.
Ibar, que, además de la estadounidense, tiene la nacionalidad española desde 2001, ha contado en este juicio con la ayuda de una fundación en el País Vasco que ha realizado campañas de recolección de fondos para pagar una defensa adecuada en Estados Unidos.
De familia de deportistas, entre ellos su tío, el fallecido boxeador español José Manuel Ibar Urtaín, antes de que ocurrieran los asesinatos de 1994, el joven Pablo se estaba encaminando en la cesta punta, la disciplina deportiva de su padre, Cándido Ibar.
Cándido Ibar lo recuerda como un muchacho pacífico, de fe, que nunca tuvo armas y muy atlético.
Después de que Pablo recibiera un fuerte pelotazo en el rostro, mientras ambos vivían en Connecticut, Cándido, que estaba ya divorciado de la madre de su hijo, Cristina Casas, de origen cubano, decidió enviarle a Florida con ella, que entonces estaba enferma de un cáncer, del que murió años después, para que la acompañara.

 

El vínculo con los asesinatos

De nuevo en su natal Florida, Ibar celebró el 1 de abril de 1994 sus 22 años en el club nocturno Casey's Nickelodeon de Hallandale Beach, cuyo dueño, Casimir Sucharski Jr., le ofreció una botella de champán para suavizar una pequeña discusión que había tenido antes con una de las camareras.
El 26 de junio de ese mismo año Sucharski, Sharon Anderson y Marie Rogers fueron asesinados a tiros y por la espalda en casa del empresario por dos hombres que entraron a robar.
Ibar y su amigo Seth Peñalver, de origen mexicano, que en su día también fue condenado a muerte, pero ganó una apelación y fue absuelto en un nuevo juicio, fueron detenidos y acusados de ser los asesinos.
Desde entonces la vida de Ibar ha transcurrido en la cárcel, donde analiza con lupa las transcripciones de los juicios y contesta cartas de apoyo que recibe desde España a través de la Fundación Pablo Ibar.
En la cárcel del condado de Bradford, en el norte de Florida, donde pasó los 16 años que estuvo esperando ser ejecutado, llegaba cada sábado su novia y después esposa Tanya Quiñones, que lo ha acompañado sin descanso en su vida como reo.
Además de estas visitas, los días transcurrían entre el ejercicio físico y el sueño, las cuales eran sus actividades favoritas porque le permitían "mantener la salud mental", según escribió en una carta a la fundación con su nombre.
"Si no hace mucho calor, intento dormir. Me encanta dormir porque en este sitio no me pueden quitar mis sueños", afirmó.
Después de que la Corte Suprema de Florida anulase la condena a la pena de muerte, fue trasladado a una cárcel común en el condado de Broward, donde en los últimos años ha podido hablar con su familia a través de una pantalla de computador.
"Yo no merezco ni un día en prisión por este crimen, yo no lo hice", señaló Ibar en una entrevista concedida hace años cuando estaba en el corredor de la muerte, adonde ya no volverá.