El 'Dos de Mayo' burgalés

R.P.B.
-
Ilustración de Carlos Gómez, Zurdo - Foto: Carlos Gómez

El 18 de abril de 1808, un grupo de burgaleses se amotinó contra los franceses. La respuesta fue brutal: cuatro vecinos muertos. Fueron las primeras víctimas de los fusiles napoleónicos

El tornero Marcos Palomar se miró las manos gruesas y callosas después de cerrar el portón de su taller de la calle San Esteban y echara a andar en dirección a la cantina. En su trayecto se cruzó con varios oficiales franceses, que hablaban desenfadadamente en grupo, a grandes voces, como con suficiencia. Pudo percibir sus miradas engreídas posarse sobre su espalda. El tabernero escupía improperios contra ellos cuando entró en la tasca. El hartazgo que empezaba a producir la masiva presencia de la soldadesca napoleónica en la ciudad no era un hecho nuevo para el artesano, que había presenciado desde su asentamiento en la ciudad, hacía varios meses, escenas que le habían provocado rabia e indignación.

Así que no le sorprendió el comentario del bodeguero; sí, en cambio, la noticia que propagó uno de los parroquianos que a esa hora de la mañana también se dejó caer por allí: al parecer, los gabachos habían interceptado cerca de Burgos a un correo del Rey Fernando que había salido de Vitoria en dirección a Madrid. «Se va a liar», pensó Palomar, que por un momento recordó los acontecimientos de noviembre del mes anterior, cuando en varios puntos de la ciudad hubo tumultos por el malestar de los vecinos ante el drecremento en la calidad de la carne que llegaba al mercado dado que la buena se reservaba a la soldadesca napoleónica. Desde un principio los había observado con recelo pese a que aceptaba su presencia. Esto acabaría cambiando, aunque reconocería, años más tarde, que la ciudad se modificó gracias a la cantidad de obras que, bajo su dirección, se llevaron a cabo. Por ejemplo, las calles dejaron de ser peligrosas ciénagas cuando llovía y no volvió a oler mal cuando esto sucedía en verano. Pero eso sería otra historia. Palomar reconoció a otro de los clientes de la venta. Era, como él, artesano, y estaba contando que en la plaza del Mercado, esa misma mañana, se había visto a mucha gente con palos y pistolas viejas gritando contra el francés, tal era la tensión acumulada por los desprecios que, para un sector de la población, representaban los presuntos aliados, que ya empezaban a ser vistos como invasores.

Palomar apuró la jarrilla y se encaminó hacia la vega baja del río para oír misa en el Carmen; fue entonces cuando vio un tumulto en la distancia. Una masa de burgaleses se dirigía al palacio arzobispal, sede de los mandos franceses. Escuchó que proferían gritos contra sus ocupantes, mueras a Napoleón y vivas a España. Su curiosidad le hizo aproximarse. En mala hora. Cuando llegó a unos pocos metros de donde se estaba produciendo la algarada, vio cómo los guardias que escoltaban el improvisado cuartel, temerosos de que aquellos coléricos y malencarados burgaleses -había artesanos, quizás mendigos y jornaleros de aspecto patibulario- alguno de los cuales había conseguido arrebatar armas a alguno de los soldados a base de golpes, pudiesen ir a más, abrieron fuego con sus bayonetas. En un acto reflejo, se echó al suelo y, en cuanto tuvo la oportunidad después de que el sonido de los disparos se diluyera, echó a correr hacia la Catedral. Antes de desaparecer vio los cuerpos sin vida de tres hombres yaciendo en el suelo y a la multitud que antes se arracimaba gritando mueras huyendo en desbandada. El tornero corrió arrabal arriba a refugiarse en casa. Nada más llegar, escribió con mano temblorosa cuanto había presenciado. Encabezó el texto con la fecha: 18 de abril. “Al pasar por la plazuela del Arzobispo, que así llamamos, noté una algazara de gentes diciendo: ¡muera! ¡muera! ¡muera! A la puerta del palacio había una guardia de franceses, con el motivo de venirse a aposentarse allí el Emperador. Retiróse allí el Intendente, llevado por algunas personas condecoradas. Viendo esto dichas gentes, que más me pareció basura que personas, volvieron a vocear: ¡muera!, ¡muera!, ¡muera! de modo que queriendo, a pedradas, los muchachos atropellar la guardia y por último decían: ¡fuera de ahí esa guardia!, atropellaron unos bárbaros a quitar el fusil a la centinela y darlos y darlos de palos; esto que vio el Comandante que tenían, mandó hacer fuego. A la primera descarga tres hombres quedaron muertos en el suelo, de este modo se retiró la gente...”.

El improvisado motín se saldó con tres muertos, como pudo confirmar al día siguiente Palomar. Se trataba de Manuel de la Torre, Nicolás Gutiérrez y Tomás Gredilla. Días más tarde acabaría falleciendo de sus heridas un cuarto vecino de Burgos: José Apéstegui. Cuando, dos semanas más tarde, el poblacho madrileño tomó las armas para enfrentarse a los franceses en una orgía de sangre, se abría la veda, la caza del francés. La guerra comenzaba. El tornero Marcos Palomar guardó los legajos con sumo cuidado, quizás pensando que, con el tiempo, acabarían desapareciendo. Sin embargo, se conservaron hasta nuestros días. Su testimonio es de un valor incalculable. Gracias él los sucesos del 18 de abril de 1808, el llamado ‘Dos de Mayo burgalés’, son conocidos hoy como el primer levantamiento popular contra los franceses que tendría su continuidad en Madrid a comienzos del mes siguiente de ese año.

*Este artículo fue publicado en Diario de Burgos el 16 de abril de 2008