«Me desperté sin brazo pero sonreí porque estaba vivo»

F.L.D.
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Ramón Fernández perdió una extremidad después de que se la atrapara una máquina trituradora de la empresa en la que trabajaba el pasado mes de octubre. Ahora empieza de cero a convivir con una prótesis biónica

En tan solo tres días consiguió normalizar los movimientos más habituales. - Foto: Alberto Rodrigo

Trabajar y pilotar drones de carreras. La vida de Ramón Fernández hasta el pasado 26 de octubre de 2019 era muy sencilla. Llevaba un año como empleado de limpieza de Acciona en la fábrica de Carnes Selectas y cada vez tenía más destreza para conducir esos cacharros voladores. Ese día, de madrugada, una máquina trituradora le atrapó el brazo izquierdo. La rapidez y la pericia de un mecánico le salvaron la vida, pero unos días más tarde tuvieron que amputarle la extremidad desde la mano hasta el hombro. Se despertó sin él, pero lejos de venirse abajo, su cerebro se reinició y se planteó el reto de empezar de cero. Ahora, con una prótesis biónica, trata de recuperar parte de lo que aquel accidente le arrebató hace tres meses.

No lo esconde, las primeras horas fueron las peores. La ambulancia, asegura, tardó 40 minutos en llegar y su ingreso en el Hospital Universitario tampoco es que fuera muy ágil. Un desacuerdo entre la mutua y el centro asistencial retrasó todo demasiado. «Me dieron unas grapas, me escayolaron y me subieron a la habitación. Hasta las 12 de la noche del día siguiente no me operaron. Ya tenía el brazo negro», señala Ramón. Luego siguieron otras dos intervenciones, pero cada vez que entraba en el quirófano los médicos temían que pudiese perder la vida. «Un día me dijeron que me iban a quitar lo que no valiese. Pregunté si se referían a la mano, pero no me dieron más detalles. Más tarde me levanté y vi que solo me quedaba el hombro», relata.

Tras la dureza de estas palabras, Ramón deja que se filtre un halo de esperanza. El mismo que le hizo esbozar una sonrisa y, en cierta manera, sentirse fuerte al verse sin el brazo: «Me reí porque al menos seguía vivo. Prefería eso que pasar una y otra vez por operaciones». Su hermana Rocío temió que toda esa entereza se desvaneciera como un castillo de naipes al salir de nuevo al mundo. Pasaron los días, las semanas y los psicólogos por su habitación, pero él mantenía siempre la misma actitud.

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