El niño Prelado

Angélica González / Burgos
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Nuño Alegre fue investido ayer como Obispillo, paseó con un caballo por el Espolón y pidió que las canchas deportivas tengan luz cuando se echa la tarde

El Obispillo salió a saludar a los burgaleses acompañado por Lacalle y los concejales Gómez y Antón. - Foto: DB/Miguel Ángel Valdivielso

Llegó en su caballo blanco y toda la ciudad se revolucionó. Era Nuño Alegre. Apenas tiene 9 años y ayer ejerció de Obispillo convirtiéndose en un eslabón más de la cadena de una tradición que se pierde en los tiempos pero que fue recuperada hace 14 años por la escolanía catedralicia Pueri Cantores. El Obispillo significa la inocencia y la ternura pero también el sentido común y un cierto (y expresivo) contraste como es el de ver a un infante con toda la vida por delante ataviado con las prendas propias de un sesentón célibe y de gran poder (divino) sobre un montón de gente (creyente).
Con toda su corte de vicarios y secretarios y más desparpajo que Bart Simpson, el Obispillo Nuño entró en el Salón de Plenos del Ayuntamiento y leyó con aplomo toda la serie de reivindicaciones que traía apuntadas en un papel. El alcalde, Javier Lacalle, tuvo que decirle que hablara un pelín más alto que no se le oía bien del todo. Dicho y hecho. Nuño aclaró la voz y comenzó a desgranar sus peticiones que al regidor le debieron poner los pelos de punta: que haya trabajo para todos,  ayudas para las familias que peor lo están pasando, inserción laboral para las personas con discapacidad, sobre todo para las que tienen síndrome de Down... y más luz en las canchas municipales ya que a media tarde los niños que andan por allí jugando no ven ni tres en un burro. Dijo también que estaba más contento que unas Pascuas porque Burgos hubiera sido designada por Unicef Ciudad Amiga de los Niños.
Luego recordó a todos los adultos allí presentes que tienen la obligación de invertir en los niños no solo porque son el futuro sino porque  ellos serán los encargados, en un cierto tiempo, cuando los mayores se hagan viejos, de ocuparse de cuidarles. Nadie opuso nada a estas sabias palabras. Más bien al contrario fueron celebradas con risas y sonrisas.

La algarabía que se formó era comprensible. Un mini-obispo pasaba a lomos de un caballo blanco.
La algarabía que se formó era comprensible. Un mini-obispo pasaba a lomos de un caballo blanco. - Foto: DB/Miguel Ángel Valdivielso
Tras el discurso, aplausos. Tras las palmas, villancico (Adeste Fideles). Después, salida al balcón y palabras para el público que esperaba en la Plaza Mayor en una mañana gris plomo pero benigna. Vuelta al Salón de Plenos. Otro villancico (coreado por algunos concejales, mejor no decir sus nombres), minirueda de prensa improvisada del protagonista de la jornada, besos y felicitaciones a los padres y la abuela y a otra cosa, mariposa. A todo esto, los invitados a una boda que a esa misma hora ofició el vicealcalde, Ángel Ibáñez, se confundían con los padres de los Pueri que habían ido a oír cantar a los chicos. La novia iba guapísima, por cierto.
Este fue el final de una mañana que comenzó en la recoleta iglesia de Las Salesas donde se procedió a la investidura del Obispillo por parte de sus padres y de su antecesor, Juan José González. Una vez con todos los arreos propios de su cargo, Nuño partió a saludar a los ancianos de la Residencia Barrantes y luego a departir con su ‘homólogo’ Francisco Gil Hellín, con quien intercambió unas amables palabras aunque le pesaron poco en el ánimo porque luego dijo que tenía muy claro que prefería ser «Obispillo antes que obispo». Lógico.