"Apenas nos implicamos en crear un sociedad mejor"

G. Arce
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Carlos Sancho, en una de las muchas aulas donde ha ejercido la docencia. - Foto: Patricia González

Blowin´in the wind. Conversaciones sobre Burgos (III)Carlos Sancho. Docente y activista por los derechos humanos

Carlos Sancho ha hecho de su vocación, la enseñanza, un referente para varias generaciones de muchachas y muchachos con los que ha compartido aulas y conocimientos. Burgalés del 56, hijo de un trabajador de la Plastimetal, estudió -como varios de sus hermanos- fuera de la ciudad gracias a las becas del Ministerio de Trabajo. Su primer destino como alumno fue la Universidad Laboral de Cheste (Valencia), donde recuerda con añoranza un sistema educativo ya desaparecido pero que se anticipaba a las tendencias actuales: el profesor apenas hablaba, no se podía estudiar fuera de las horas de clase ni sacar los libros de las aulas, que además contaban con su propia biblioteca... Luego recaló en Zamora y finalmente en la Universidad de Salamanca, donde se licenció en Historia.

Antes de entrar en una escuela como docente, «algo que entonces estaba difícil», fue funcionario durante apenas dos años de la Tesorería General de la Seguridad Social en Vitoria y también en Burgos. No era lo suyo y lo dejó cuando aprobó la oposición de profesor de Enseñanza Secundaria.

Hizo un año de prácticas en el instituto San Roque de Formación Profesional de Carabanchel (Madrid), luego impartió clases en la escuela de Molina de Aragón (Guadalajara) y otros seis años en la de Quintanar de la Sierra, «de donde iba y venía todos los días» a casa, donde le esperaban sus hijos gemelos. En Burgos conocen su docencia en el Simón de Colonia (hoy Camino de Santiago) y en el Pintor Luis Sáez, donde fue maestro de referencia de muchos jóvenes durante 13 cursos. Allí se jubiló en septiembre del pasado año, aunque, asegura, nunca abandonará la docencia, «mi pasión, en la que soy muy feliz».

Recuerda sus primeras aulas como maestro «más masificadas» y con muy pocos medios: «solo había una máquina de escribir y otra de ciclostil para las fotocopias en la sala de profesores». Lo que más ha cambiado, a su juicio, es el alumnado, «en el que tal vez se nota mucho la sobreprotección de los padres y se ven alumnos que tienden a no asumir bien su responsabilidad».

Pero, en general, la cosa no ha ido a peor. «Escuchas a gente con predicamento e influencia que dice que los alumnos ahora son unos analfabetos y no saben nada, pero esto no se corresponde con la realidad, es una visión que no es cierta, que es injusta y catastrofista. El bachillerato de los 60 no era mejor que el actual y en aquel entonces el porcentaje de la población que estudiaba era mínimo, cabíamos todos en medio instituto de los grandes».

Ahora, reflexiona este profesor, el alumno maneja los idiomas y la tecnología «mucho mejor que nosotros entonces». Se ha potenciado la educación física, el deporte y la música. «Ahora se estudia desde los 3 hasta los 18 años. Mis amigos ya estaban trabajando a los 14, hoy no ocurre así. Si miramos hacia atrás nos daremos cuenta de que nunca hemos tenido una juventud tan preparada ni tanta población universitaria. Antes iban al bachillerato y a la universidad la clases pudientes, hoy no».

 

«ACARTONADOS»

Burgos siempre ha tenido muy buenas escuelas y profesionales, «pero necesitamos un sistema de enseñanza más centrado en el alumno como el que aplican otros países. Ahora el profesor tiene demasiado protagonismo, tiene mucho peso la enseñanza magistral, aunque no tanto como cuando yo empecé hace más de 30 años. Se ha mejorado bastante pero seguimos un poco acartonados y esto no lo cambia un solo profesor, es un cambio que tiene que ser del sistema y en el que queda mucho por recorrer». «Los políticos -resume- tienen que escuchar a los profesores, sentarse a hablar despacio y lograr un pacto educativo que no esté sujeto a cambios continuos».

En Burgos echa en falta cosas, por ejemplo, la atención a los alumnos con necesidades educativas especiales, «recursos humanos para atender de manera individualizada a los que tienen dificultades como ocurre en Finlandia desde los más pequeños». La escuela, razona, ha notado mucho los recortes de los últimos años: «Hemos ido hacia atrás: ha aumentado el número de alumnos por aula, las horas de los profesores e incluso han mermado los recursos con los que cuentan los centros».

Sancho también aboga por lo que llaman la interdisciplinariedad, por una mayor colaboración entre los propios profesores, por el trabajo en equipo. «En el extranjero es normal que los profesores entren en el aula de sus compañeros, algo que aquí no ocurre. Aquí no hay cultura de la cooperación, tu clase es tu territorio».

Uno de sus principales caballos de batalla ha sido la educación en los Derechos Humanos. «Si hay algo que pueda ayudarnos a construir un mundo mejor es la educación, algo que no se puede dejar a la voluntad de cada maestro sino que tiene que estar planificado en el sistema. Es la única forma de que la población crezca conociendo la importancia de los Derechos Humanos, crezca conociendo el mundo en el que vive, lo que nos hará más libres y solidarios, unos ciudadanos mejores y más críticos».

 

AMNISTÍA INTERNACIONAL

Sancho canalizó hace más de 30 años estas inquietudes personales a través, principalmente, de Amnistía Internacional. Empezaron 70 socios en el grupo local de Burgos, y hoy -a punto de cumplir los 25 años- son 600. «Recibí una llamada y me comprometí. Me he dado cuenta que no es un tópico eso de que siempre recibes mucho más de lo que das a una ONG», dice el que es el coordinador del grupo en Burgos.

Pese a la frialdad del burgalés paa estas cuestiones, una de las mejoras más visibles que percibe en la ciudad es que su tejido asociativo ha crecido mucho. «Creo que debemos ir un poco más allá, dar un paso más. Estamos muy acostumbrados a criticar a los gobiernos, pero tenemos que involucranos en el trabajo de construir una sociedad mejor a través de ONG, colectivos vecinales...».

Esa inquietud, reconoce, está presente entre sus alumnos. «Les vemos atontados con las nuevas tecnologías pero también tienen sus ventajas: la juventud se comunica más y eso es bueno, aunque también es cierto que reciben mucha información falsa y que deben aprender a discriminar».

Al profesor le preocupa mucho el mundo actual, «el auge de los intolerantes e insolidarios». «No nos podemos permitir el ser pesimistas, pues aunque parezca que retrocedemos, vamos mejorando. No obstante, los Derechos Humanos se subordinan constantemente a los intereses económicos».

«Me he sentido cuidado y querido por los alumnos y las familias, no todos los maestros opinarán lo mismo. Somos una figura muy importante en la sociedad y tenemos que ser conscientes de que nuestro trabajo es muy gratificante. No hay recetas mágicas en el magisterio, lo que te funciona con unos alumnos no ocurre con otros, pero hay tres claves que siempre funcionan: los alumnos tienen que notar que son queridos, siempre tienes que mostrar entusiasmo con lo que haces y el alumno se tiene que sentir protagonista».