"Sin política cultural las artes son invisibles"

R.P.B.
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Cristina Salces, actriz. - Foto: Alberto Rodrigo

Blowin´in the wind. Conversaciones sobre Burgos (II)Cristina Salces. Actriz

Se recuerda faranduleando desde pequeña, improvisando actuaciones para familiares y vecinos, para todo aquel que le echara cuenta a esa cría dinámica e inquieta para quien la vergüenza era solo una palabra. Se hizo mayor, y acabó convirtiendo aquella pasión en su profesión. Cristina Salces es uno de los rostros más conocidos de la escena burgalesas: lleva más de una veintena de años haciendo soñar, haciendo reír, haciendo llorar, haciendo emocionarse a grandes y pequeños. "Siempre me llamó la atención el tema del espectáculo, hasta que, ya siendo adolescente, me lo planteé en serio, antes siquiera de ser consciente de que debía formarme". Lo hizo: primero en Burgos y después en Madrid. Cuando regresó a la capital castellana tomó contacto con la Asociación Bambalina, de donde nacería, poco después, Bambalúa Teatro. "Y hasta ahora".


Lo dice como si nada, como si veinte años sobre la escena no fuesen nada. Pero son muchos años. Muchos espectáculos, muchas funciones, bolos aquí y allá. Sin embargo, quienes, como ella, habitan en el reino del azar y la inquietud (a veces no te contratan, las crisis pasan factura) constituye un hecho casi heroico haberse mantenido al pie del cañón, máxime cuando, ahora, cada vez hay más competencia, muchas más compañías que cuando empezó, "y por tanto hay más donde elegir por parte de quienes contratan. Hay mucha gente que se dedica a las artes escénicas". Cristina atribuye esa eclosión, registrada de unos años a esta parte, a que durante una época las instituciones locales "apoyaron mucho a las compañías de Burgos; no digo que ahora no haya apoyo, pero sí que hubo un tiempo en que se apostó mucho por nosotros, y eso contribuyó a que más gente se dedicara a este mundo".


La cultura, admite, siempre ha interesado poco entre quienes tienen el poder. Y considera que su gremio -como otros- es y ha sido siempre precario. "Es que no hay una política cultural. Prima el famoseo, lo conocido... Eso hace daño a las compañías, nos invisibiliza". Vivir -sobrevivir- sobre la escena es casi milagroso. "Hay que hacer verdaderos equilibros. Siempre ha sido así, pero ahora es todavía más difícil". Defiende que la cultura en general ha evolucionado, que quizás ahora haya más inquietud cultural, "pero ese interés quizás abarque ámbitos más diferentes y que repercute en todo. Eso significa, en nuestro caso, en el de las artes escénicas, que quizás vayamos a tener que adaptarnos. Ahora hay más campos y otras maneras de contar, de comunicar. Esta realidad se ha juntado con la precariedad, con que cada vez se dedica menos presupuesto a contratar espectáculos. No nos ha quedado más remedio que darle la vuelta, que adaptarnos. De montar espectáculos con cuatro o cinco actores a hacerlo con dos o con uno. Siempre hemos estado luchando. Pero ahora la lucha tiene que ser más fuerte. Y viviendo siempre con la incertidumbre de si podrás cerrar este bolo, de cuándo vas a cobrar. Siempre vives con ese miedo".


En este sentido, su compañía, como tantas otras compañías profesionales de Castilla y León, lleva años reivindicando una política cultural regional comosí existe en otras comunidades. "Estamos viendo que en otras regiones se apoya a las compañías de allí mientras que aquí no hay nada. Ya es difícil trabajar en otra comunidad precisamente porque apoyan a sus compañías para que encima aquí no tengamos las mismas ventajas". No se queja de Burgos, siente que el trabajo de su compañía es reconocido entre la sociedad, que todavía se cuenta con ellos. Pero Cristina Salces y sus compañeros han salido y salen mucho fuera (ayer actuaron en Tomelloso, el pasado fin de semana en Sevilla). "Es cierto que trabajamos en Burgos, pero también nos hemos tenido que buscarnos las castañas fuera". Pese a que cada vez es todo más complicado, jamás ha pensado en tirar la toalla, en abandonar, en cambiar de profesión, de forma de vida.


Reflexiona Cristina sobre su profesión desde el punto de vista del espectador. "Yo creo que a menudo la gente no es consciente del trabajo que hay detrás de una hora sobre el escenario, cuando lo que hay es mucho tiempo de preparación, de esfuerzo, de ensayos, además del día mismo de la función (hay que viajar, cargar, descargar, montar, actuar). Una hora en el escenario es un trabajo de meses, esa labor de producción tal vez no se valore lo suficiente o tal vez no se es suficientemente consciente. Todavía hay gente que te dice: "¡Ah! ¿Pero sólo hace eso? Creen que es un hobby, ni se les pasa por la cabeza que pueda ser un trabajo. Y hay quienes, de una semana para otra, te piden un espectáculo a la carta. O quienes te llaman para actuar y ni se plantean que tengas que cobrar por ello. Eso ha pasado".


Huelga decir que el suyo es un trabajo absolutamente vocacional. "Si esto no te gusta, no aguantas: te llevas muchos disgustos, cobras cuando cobras...". Pero no todo es dinero. Ni lamentos. "Pero también te llevas muchas alegrías: del público, de esa gente que siempre te valora; de algunos programadores; y de los compañeros y del propio trabajo". Olé. No cambiaría nada de lo que ha hecho. Y siente que, si algún día esto se acabara, se sentiría perdida. "No sabría qué hacer. ¡No sé hacer otra cosa! ¿Qué podría hacer?". Le cuesta imaginarse dentro de otros veinte años. "¡Buf! Este es un trabajo que también te exige mucho a nivel físico. Y vamos teniendo una edad. Dentro de veinte años... ¡Me veo cansada! Espero seguir, esa es la verdad".


tragicomedia. En el teatro mundo, en esa escena que es la realidad y en la que todos representamos un papel, la obra, dice Cristina, sería una tragicomedia. Para la que ve imprescindible, más que el humor, la ironía, cierto sarcasmo. Reconoce que esta ciudad sigue siendo conservadora en muchos aspectos, pero también que los montajes que Bambalúa ha realizado sobre temas burgaleses, en los que podía haber cierta ironía, una invitación a reírse de nosotros mismos, han sido siempre bien acogidos por el público. "Con la ironía el público se identifica mucho más, a veces simplemente porque el espectador quiere olvidarse de todo, pasar un buen rato. La ironía viene bien porque te permite contar una verdad desde un punto de vista que llega. Por lo general, la gente disfruta, valora que trates temas que, fuera del ámbito teatral, no lo hablarías y menos con ironía. El público es muy agradecido. A mí siempre me da buenas sensaciones". El público, el espectador. Ahí está el sentido de todo.


Hay nivel y cantera de actores en Burgos. Y maravillosos regalos como La Parrala, que para sí la quisieran en otras ciudades. Es un vivero de creación que ha facilitado y facilita la el desempeño de quienes se dedican a las artes escénicas. "Cuando nosotros empezamos, tuvimos que alquilar una nave. ¡En Villatoro! En invierno, frío; en verano, calor. Más la inversión económica. La Parrala es un lujo y una ayuda para que las compañías profesionales y amateur tengamos un espacio en el que dejar las cosas, en el que ensayar... Desde luego lugares como La Parrala favorece que salgan grupos. Empezar y tener esto... Es una maravilla. En Castilla y León no hay nada parecido, desde luego".


No cree Cristina que las artes escénicas sean la hermanita pobre de la cultura; más al contrario, reivindica la importancia del papel que desempeña en la sociedad y como espectáculo: "El hecho de que sea en directo, independientemente del tipo de espectáculo que sea, lo hace especial. Para mí, como público, me parece muy bonito: alguien está actuando para ti. Yo me siento inmensamente afortunada, pienso que es para mí. Ya sólo por eso creo que tiene mucho valor. Es un lujo. Las artes escénicas tienen mucho de sensibilidad, de tocar las emociones, cualquier emoción".


El escalofrío. Pese a su dilatada trayectoria, Cristina Salces sigue sientiendo un escalofrío especial cada vez que se sube a un escenario, sobre todo cuando se trata de un estreno. "Tengo mucha inseguridad. Siempre temo que pueda equivocarme, que pueda hacer algo mal. Intento controlarlo todo pero es imposible. A veces me siento muy vulnerable. Pero una vez que empiezas... Sí que es absolutamente necesario estar al cien por cien. Pero cada función es distinta porque cada vez tú lo afrontas en un estado diferente. Y no sólo tú: los compañeros, el escenario, el público. Cada función siempre es nueva, diferente".


Es incapaz de contabilizar las actuaciones que lleva a sus espaldas. Son cientos. Media vida sobre el escenario. "Y dentro de otros veinte años... Me veo arriba, sobre el escenario. ¿Qué otra cosa podría hacer?".