El infierno de las apuestas

A.G.
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Hoy se celebra el Día Nacional sin Juego de Azar. En la ciudad se siguen abriendo salas y la asociación Abaj atiende ya a más de 200 personas afectadas de ludopatía, que cada vez llegan con menos edad

Carmen Susilla - Foto: Luis López Araico

ROBERTO FONTANEDA: "En una mañana me gasté 800 euros en una sala de juegos. Tenía 17 años"

Aunque Roberto Fontaneda solo tiene 21 años parece mucho  mayor. Quizás porque es un chaval alto y fuertote de barba cerrada. O porque todos los vaivenes emocionales que ha vivido por culpa de la adicción al juego le han dejado en la cara unas huellas que son más propias de gente que peina más canas. Lleva año y pico limpio. Cuando el 17 de septiembre de 2018 entró en la Asociación Burgalesa de Rehabilitación del Juego Patológico (Abaj) cargaba con una mochila de dolor prácticamente insoportable y unas experiencias demoledoras y muy representativas de lo que está suponiendo de unos años a esta parte la proliferación de salas de juegos en todos los barrios de las ciudades: "Dicen los empresarios del gremio que no entran menores a sus salas. Yo puedo decir literalmente que teniendo 17 años, en una mañana me gasté 800 euros a la ruleta en un salón de juegos sin que nadie me dijera nada".

Su historia es muy parecida a la de todos los chavales que en los últimos años se han quedado enganchados en ese infierno que se llama juego patológico. Él lo sabe muy bien y también David Burgos, psicólogo de Abaj, que cuenta que solo en este año, entre enero y el 21 de octubre, han pedido ayuda 91 personas, de las cuales un 30% tienen menos de 25 años. El juego on line y la ruleta, omnipresente en todos los salones, son las fuentes mayoritarias de adicción. Roberto comenzó jugándose las vueltas del café o haciendo porras con los amigos, nada que pudiera llamar la atención. Pero el problema no había hecho más que empezar.

María RojoMaría Rojo - Foto: Luis López Araico

Se marchó a estudiar a otra ciudad en la que compartía un piso con su hermana y un día yendo hacia clase se dio cuenta de que pasaba por delante de un salón de juego, con sus grandes carteles anunciadores y sus luces brillantes: "Lo vi desde el autobús y pensé ‘mañana voy a ir allí a tomarme un café’. Así lo hice. Y me gasté todo lo que llevaba en el bolsillo. Para mí era una forma de ocio, me gustaba, invertía el tiempo en ello y empecé a jugar. Con un compañero me fumaba algunas clases pero en ese momento la cosa no fue muy grave porque no tenía mucho dinero de bolsillo".

Un mal día, su colega de andanzas le dice que va a sacar dinero al banco porque tiene una cuenta conjunta con su madre y que solo es necesario presentar el DNI en la ventanilla para que le dieran cualquier cantidad. Y Roberto se acuerda de que él también disponía de algo parecido. Poco tiempo atrás le había atropellado un coche y la cantidad de la indemnización la habían depositado en una cuenta conjunta con su madre: "Yo no tenía ni idea de que eso fuera a funcionar. Pero sí. Me presenté con mi documentación y saqué 50 euros sin ningún problema. Y se me abrieron todas las puertas. En tres o cuatro meses pulí seis o siete mil euros en la ruleta".

Reconoce que el primer día no tenia ni idea de cómo se jugaba pero  que apostó 5 euros y ganó 54 "sin saber ni lo que hacía ni qué botones tocaba". Lo demás vino rápidamente: dejó de ir a clase. Llegaba a las 9 de la mañana a la sala y se marchaba a la hora de comer "antes de que mi hermana llegara a casa para que no se enterara". ¿Nadie le dijo nunca nada ni le pidió el carnet ni le preguntó que por qué no estaba en clase? No. Jamás.

Roberto FontanedaRoberto Fontaneda - Foto: Luis López Araico

Roberto no era consciente en absoluto de que tenía un problema. Lo llamaba ‘una mala racha’  porque había dejado los estudios y pasaba mucho tiempo apostando pero nada más. Hasta que su madre dio la voz de alarma, asustada, cuando se dio cuenta de que aquella cuenta conjunta se había quedado temblando. "Cuando me pregunta que qué había pasado, le cuento que había tenido un problema con el juego pero que ya iba a controlar, a recapacitar y a volver a clase. Se lo decía mirándole a los ojos y sabiendo que al día siguiente iba a jugar, somos así de mentirosos" . Desde luego, no volvió a clase. Todo lo contrario: se puso a trabajar: "Pensé que ya no le hacía daño a nadie porque era un dinero que yo ganaba y me lo gastaba como quería. Cobraba el día 5 y el 7 le pedía dinero a alguien hasta para tabaco, y así estuve un tiempo hasta que mi madre se plantó".

Llegó a Abaj muy poco convencido y más bien arrastrado por su madre y por su hermana. Un mes duró en las terapias. "En plena sesión me levanté y dije que era mi último día, que no quería volver por allí porque no quería seguir las normas que me imponían, sobre todo la de no llevar un euro encima. Mi madre se echó a llorar y me pidió, por favor, que aguantara un poco más por ella, que la terapia le estaba viniendo muy bien y así lo hice".
Escuchar las experiencias de otras personas le hizo mucho bien, recuerda Roberto, que al principio no se identificaba con las historias que allí se contaban, de gente mayor entrampada de préstamos hasta las cejas. Pero a los tres meses se dio cuenta de que si seguía jugando iba a terminar como ellos y algo hizo clic en su cabeza. "Empecé a pensar en todo lo que había hecho y a considerar que, realmente, tenía una enfermedad". Y entonces empezó su sanación: "Es la primera vez en mi vida que me siento tan feliz y sé que aún no estoy rehabilitado del todo, que aún me queda camino por recorrer, pero tengo clarísimo que no voy a volver a jugar". 

 

Rubén GonzálezRubén González - Foto: Luis López Araico

MARÍA PÉREZ ROJO: "Al lado de un jugador no hay vida"

María Pérez Rojo tiene 33 años pero ha vivido -y  sufrido- bastante más que muchas personas mucho más mayores que ella. Esta enfermera de rostro dulce y hablar pausado dedica ahora parte de su tiempo libre a arropar a las familias que llegan a Abaj, la asociación de ayuda a las personas enganchadas al juego, y lo hace desde el conocimiento más profundo del dolor que están sintiendo. Porque ella lo pasó antes, porque temió que su vida se fuera por el sumidero de las apuestas cuando apenas había empezado. Hace ya cinco que Paco, su novio, está limpio, es decir, que no ha vuelto a jugar. Pero hasta llegar a este momento pasó un calvario que nadie merece, ese que acompaña a las adicciones y lo mancha todo. "Llevamos cinco años en la asociación", explica, en plural. Porque el problema era de él y de ella: "Yo sabía que jugaba al póker y que apostaba y, aunque no me gustaba, al principio no le daba mucha importancia, pero sí al hecho de que estaba permanentemente con el móvil y no permitía que viera qué es lo que estaba haciendo. De aquella época solo recuerdo a Paco con el móvil en la mano, día y noche, apostando".

Cuenta que, como todos los ludópatas, la principal obsesión de su novio era negar que tenía un problema cuando ella empezó a decirle que lo que le pasaba no parecía muy normal: "Los jugadores mienten y manipulan, son chantajistas profesionales, y lo hacen de tal manera que, al final, tú también comienzas a normalizarlo por ignorancia o por miedo, aunque sabes, en el fondo, que lo que está ocurriendo es un gravísimo problema. Yo intentaba ayudarle y motivarle de la manera que se me ocurría mandándole frases a su móvil o fotos de sus sobrinas que viven en otra ciudad, porque él nunca tenía dinero para ir a visitarlas, pero nunca funcionó nada".

Paco no tenía dinero porque se lo jugaba todo. Se pasaba horas y horas delante del ordenador  y cuando llegaron las apuestas a través del móvil le pareció mucho más cómodo y discreto: "Llegó a estar 72 seguidas sin parar delante de la pantalla, apenas dormía, literalmente. Hasta que un día decidí ver cuál era la repercusión económica de todo esto: me metí en su cartilla y salvo los cuatro gastos básicos, el resto era de juego. La nómina completa y todo el margen que le daba su tarjeta de débito se iban en las apuestas. Miles y miles de euros".

María no comprendía nada. "Es algo que pasa mucho. ¿Cómo es posible que alguien que dice que te quiere más que a nadie a la vez te miente, te engaña, juega contigo y te manipula? Esto es lo que más me ha costado entender". Así que un día se sentó con él y le dijo que había que buscar una solución, que estaba enfermo. Él contesto lo mismo que todos : Que podía controlarlo, que se iba a corregir: "Esa fue la primera de cuarenta veces que me dijo lo mismo".
Volvió a las andadas, claro, "porque no lo podía evitar". Hasta que un día le pidió a María dinero para pagar su hipoteca porque a él no le llegaba. Ella, a cambio, le exigió que fuera a una terapia en Abaj. Fueron. Pero Paco no se dio por aludido y rechazó la ayuda. Y ella se plantó: "Estaba agotada, había perdido todas mis energías en ayudarle sin saber ni cómo hacerlo y notaba que estaba dejando de ser yo, estaba apática, cansada porque al lado de un jugador no hay vida. Hasta que le dejé porque se estaba hundiendo y me estaba hundiendo a mí", reflexiona muy emocionada aún a pesar de que ha pasado ya mucho tiempo.

Fue un 15 de septiembre (todos los afectados y sus familias se acuerdan de la fecha exacta en la que dijeron basta) cuando María recibió una llamada de Paco: "Era mi cumpleaños pero no me llamó para felicitarme sino para pedirme ayuda. Fue el mejor regalo". Desde entonces han pasado 5 años y ahora él está "estupendo", forma parte de la junta directiva de Abaj y apoya a las terapias de los recién llegados. María, por su parte, ayuda a las mujeres, novias, hijas -la gran mayoría de los afectados que van allí  son hombres- a resolver dudas: "Llegan desesperadas y destrozadas. Por eso intento darles ánimos, acogerlas, y decirles que yo estaba como ellas y que tengan confianza. Porque de esto se puede salir". 

 

RUBÉN GONZÁLEZ: "Aquel día solo tenía dos opciones:  desaparecer o poner sobre la mesa lo que me estaba pasando"

Rubén González. 39 años. En septiembre de 2017 volvió por tercera vez a empezar una terapia contra la ludopatía que padece. Hasta la fecha no ha recaído y ya no cree que lo haga: "El juego ha estado siempre en mi vida, desde pequeño; no recuerdo un momento en el que no apostara a las cartas o no participara en una porra vinculada al fútbol, por ejemplo. Soy un jugador de tragaperras y enseguida me fui a la deriva. Con 16 años me fundía la propina semanal en las máquinas".

Con el mismo aplomo con el que habla de su adicción explica que el juego le cambió hasta de forma de ser, que se volvió huraño, que buscaba estar solo: "Me desentendí de todo y ese fue el punto de inflexión: pasar de ser un jugador social , con los amigos... a quedarte solo para que nadie te vea. Me iba a Burgos desde el pueblo para que no me conociera nadie". Solo tenía 18 años. 
En el 2003 fue por primera vez a Abaj, la asociación de ayuda contra el juego patológico, aunque reconoce que lo hizo por la presión familiar "para maquillar un poco la situación y para contentar a mi pareja de la que me separé entre otras cosas por el juego". Porque como en todos los casos -se parecen muchísimo unos a otros- un día la situación se hizo insostenible y la familia la puso sobre la mesa. Rubén visitó a un psiquiatra que fue quien le recomendó ir a Abaj: "Allí vi gente mayor, que tenía deudas y no me vi reflejado, sabía que era ludópata pero no tenía deudas, no me reconocí en lo que vi ni acepté que lo que yo tenía era una enfermedad crónica, creía que podía controlarla y jugar sin compulsión". Aún así, estuvo casi cinco años sin jugar.

A esta época de abstinencia le siguió otra de similar duración en la que volvió a apostar y cada vez más. Empezó a jugarse las nóminas y a meterse en préstamos rápidos de altísimos intereses (de esos cuya publicidad es tan grande o más que la de los propios salones de juego) de tal manera que se asustó y volvió al tratamiento "aunque sin aceptar del todo que tenía un problema a pesar de las evidencias": "Todo tu tiempo lo empleas en pensar cómo y cuándo jugar y te vuelves completamente tóxico, ensucias las relaciones familiares, de amistad, de pareja...". Esa segunda vez tampoco funcionó y se dio de bruces con la realidad de su adicción de tal manera que acumuló una deuda de 60.000 euros y se desbordó: "Todo lo que había escuchado en la asociación y no me quería creer se fue cumpliendo: Al juego le pones remedio o acaba contigo".

Solo en este momento del relato Rubén pierde el aplomo y  rompe a llorar: "Pensé que no me iba a emocionar tanto al recordarlo pero aquel 30 de agosto solo tenía dos opciones: O desaparecer o poner sobre la mesa todo lo que me estaba pasando. Junté a mis hermanos, les conté todo y su respuesta fue que de esto tenía que salir, su apoyo fue incondicional". Por suerte, ya se han cumplido dos años de aquel momento y ahora se encuentra "estupendamente" aunque reconoce que los primeros seis meses de abstinencia fueron durísimos y llenos "de vergüenza, de sensación de fracaso y de que le has fallado a todo el mundo". Pero entendió, por fin, que era un adicto al juego y que la solución estaba en la terapia. Por eso dice que esta tercera vez es la definitiva.

 

CARMEN SUSILLA: "Mi hijo ya no era mi hijo y mi casa ya no era mi casa, era un desastre total"

La gran mayoría de las personas que acuden a Abaj porque tienen una adición al juego son hombres. El psicólogo David Burgos aún no puede decir a ciencia cierta si es porque los varones son más proclives a padecerla o porque las mujeres jugadoras aún no han salido del armario. Pero si cualquiera entra en una de las multitudinarias terapias que la asociación desarrolla (ya casi no caben en las salas que Cruz Roja le deja a la asociación, porque hay más de 200 pacientes) se dará cuenta de que hay muchas mujeres. Pero no son jugadoras. Son parejas, madres y hermanas de jugadores, que soportan vicariamente el horror de vivir con un enfermo que miente compulsivamente y se va dejando en las salas que llenan la ciudad no solo los ahorros de la familia sino la tranquilidad y la salud. Carmen Susilla es una de ellas. Es la madre de Roberto, el chico que en la primera página de este reportaje relata su bajada a los infiernos de las apuestas. La otra parte la cuenta ella.

"Durante un año entero estuve batallando con él, no le veía bien, sabía que pasaba algo que se me escapaba y él, como siempre ha sido muy cariñoso y muy embaucador me convencía de que todo estaba bien, de que no pasaba nada. Pero yo notaba que Roberto no era Roberto, que ya ni yo misma era yo ni mi casa era mi casa, aquello era un desastre total: Se había vuelto un mentiroso... ¿Cómo iba yo a saber que en vez de ir a clase se pasaba las mañanas en un salón de juego?", se lamenta.

Carmen ya arrastraba algún sobresalto importante en su vida. Como cuando le llamaron una noche para decirle que habían atropellado a su hijo. Roberto estaba de fiesta con los amigos en las Fallas de Valencia y un coche se lo llevó por delante fracturándole varios huesos y media boca. Aún tiene el susto en el cuerpo porque, además, a ella no le había convencido mucho que hiciera ese viaje pero al final, como casi siempre hacen las madres, claudicó.
Así que cuando se apercibió de que la cuenta en la que estaba depositada la indemnización por aquel siniestro se había quedado bajo cero, se le puso un nudo en el estómago: "La mayoría de nuestros días se iban en pedirle que dejara de jugar, que dejara los porros -porque también fumaba- y en que él me contestara o que era una exagerada o que sí, que lo iba a dejar, sabiendo perfectamente que me estaba mintiendo. No podía más, había días en los que se me hacía muy difícil levantarme, estaba desesperada y muy cansada de insistirle que teníamos que ponerle una solución a lo que estaba pasando".

A Carmen lo que más le preocupaban eran los porros -de los que, por cierto, Roberto se quitó a la vez que del juego- "porque el dinero casi era lo de menos". Su hija, que estaba viendo cómo se iba consumiendo de preocupación, decidió llamar a la asociación donde les atendieron de forma inmediata. "Allí sentimos que nos entendían". Ahora que las cosas van muy bien, que Roberto está en franca recuperación y que parece muy difícil que haya una marcha atrás, la madre se ocupa de escuchar a las mujeres que  llegan como ella estaba en septiembre de 2018 y de darles un mensaje de esperanza porque está convencida de que salir del juego es posible.