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La ciudad da un salto de altura

H. JIMÉNEZ
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Cuarenta años después de la construcción de los últimos edificios de más de 15 plantas, la capital burgalesa vuelve a contemplar el crecimiento de un puñado de torres capaces de competir por ser el techo residencial urbano

Los arquitectos advierten que estas atalayas urbanas deben cuidar especialmente su estética para no estropear el paisaje. - Foto: Patricia

Son unos rascacielos de andar por casa, pero son nuestros rascacielos. Los edificios más altos de la ciudad marcan el paisaje para quienes viven o transitan junto a ellos y con el paso de los años se acaban convirtiendo en parte fundamental del horizonte. Hasta que vienen otros más jóvenes, más estilosos y casi tan fuertes como ellos a rivalizar en la atracción de miradas.

Durante cuatro décadas la capital burgalesa no había visto levantarse edificios tan altos como los que han surgido en los últimos meses. Nadie había sido capaz de hacerle sombra al Feygon, a las torres de Gamonal o al polígono Río Vena. Sin embargo, desde 2019 para acá tres gigantes se han aupado o están haciéndolo a hombros del acero y el hormigón: las Torres de Castilla, las Torres de Fuentes Blancas y el Edificio de la Luz se suman al skyline burgalés como nuevos protagonistas.

Todos ellos rondan los 50 metros de altura, formando un tridente de edificaciones capaz de competir cara a cara con sus antecesores levantados entre los años 60 y 70, cuando el crecimiento económico de la ciudad al calor del Polo industrial provocó una explosión inmobiliaria.

El Feygon, de 1960, seguirá siendo el rey, pero solo por unos centímetros frente a sus rivales.El Feygon, de 1960, seguirá siendo el rey, pero solo por unos centímetros frente a sus rivales.

¿Son buenos o malos estos edificios altos? «Depende», es la respuesta inmediata que ofrecen los profesionales. El presidente del Colegio de Arquitectos, Javier Achirica, sostiene que «la existencia de edificios con una altura superior a la media habitual no es malo para la ciudad» siempre que no perjudiquen a las construcciones ya existentes en cuestiones como el soleamiento  o las vistas. 

«Los que se están planteando actualmente y los proyectados en el bulevar me parecen adecuados». A su juicio, este tipo de mini rascacielos «presentan ventajas en cuanto a la densidad de vivienda, ya que al ocupar menor espacio se precisan de menos servicios urbanísticos para su desarrollo». Por el contrario, las tipologías de baja altura «requieren mayor extensión de terreno, y por tanto, de mayores infraestructuras, que a su vez implica un mayor gasto en mantenimiento». Las nuevas atalayas urbanas «pueden convertirse en hitos, y servir de ejes de circulaciones en la ciudad. Eso sí, precisan de una arquitectura de calidad en todos los sentidos, ya que su notoriedad visual no pasará desapercibida en una ciudad como la nuestra», concluye Achirica.

Las primeras construcciones en altura datan del desarrollismo y exactamente de 1960 es el Feygon, construido en el solar de la antigua plaza de toros de Los Vadillos, a caballo entre la plaza de España y la avenida del Cid. Fue en su momento el gran símbolo del Burgos que aún permanecía en el blanco y que empezaba a crecer con fuerza. Y ojo, que seguirá siendo el rey de las construcciones residenciales burgalesas porque pese al empuje de las nuevas generaciones el gigante de la plaza de España mantendrá su hegemonía con las 16 plantas y sus 51,5 metros de altura que lo coronan. 

Con las mismas plantas, aunque unos metros más bajo, aparecen los bloque más altos del polígono Río Vena. El antiguo Carrero Blanco se levantó a finales de los años 70 y transformó por completo la avenida de Cantabria, que hasta entonces era el final de la ciudad del que solo asomaba el caserío de la Barriada Illera (ahora De los Ríos). El polígono residencial permaneció muchos años casi aislado del resto de la ciudad, hasta que empezó a extenderse todo el entorno de la avenida de Castilla y León, pero ahora forma parte inexorable de la trama urbana y es imposible entender sus alrededores sin esa sucesión de espigados inmuebles que eran de ladrillo y se convirtieron en blanquísimos tras la aplicación de un intenso Área de Rehabilitación Urbana.

El carácter de atalaya urbana y referencia visual se repite también en las que toda la ciudad conoce como «las torres de Gamonal», levantadas en torno a 1975. Son cinco inmuebles a lo largo de la calle Severo Ochoa que, en su momento, también ejercieron de frontera exterior de la ciudad. A partir de las torres no había nada más que tierras de cultivo y una ribera, y sus 14 plantas y 49 metros se alzaban como una muralla discontinua. Ahora no separan la ciudad del campo, pero siguen siendo el límite entre Gamonal y los modernos barrios construidos al norte.

Del corazón a las afueras. Han tenido que pasar muchos años hasta que en 2019 la primera de las Torres de Castilla, entre la avenida de la Paz y la calle Anna Huntington (antes Manuel de la Cuesta), volviera a alcanzar los 49 metros de altura. La segunda de sus atalayas, ahora en construcción, tendrá la misma medida y marcará un punto de inflexión urbanística en pleno corazón de la ciudad en lugar de situarlo a las afueras.

Hacia el este, y con la vista puesta en Fuentes Blancas, este mismo año se ha terminado de construir la torre del mismo nombre, a la que próximamente acompañará la llamada Torre Cartuja que será más alta y se quedará a solo unos centímetros del Feygon.

Al final de la avenida de Castilla y León, dominando todo el entorno, el edificio de la Luz que también rondará los 50 metros de altura se estrenará previsiblemente en 2022 para dar vida al solar que fue de la fábrica de Quesos Angulo.

Todas ellas, cada una en su dimensión, son historia del crecimiento de Burgos en tanto que marcan una época, un estilo al albur de las tendencias arquitectónicas del momento. Los habitantes de sus plantas más altas pueden presumir de vistas privilegiadas y el resto de los burgaleses, que las contemplan desde abajo, deleitarse con ellas, asombrarse de sus alturas o criticarlas sin piedad: como todo lo que destaca, desde que el mundo es mundo, los edificios más altos siempre son objeto de crítica. Habrá quien los ame y quien los odie, pero todos son hijos de su tiempo y ayudan a entender la ciudad que se habita o se pasea que se está viniendo arriba como nunca en los últimos 40 años.